Llegaste a la parte final de la historia, donde todo se vuelve verdad…
Samuel sintió que el corazón se le salía del pecho. Todo su cuerpo era un puño apretado, un espasmo de puro terror que le impedía moverse, pensar, respirar. La voz era real. No estaba en el teléfono, no era una grabación ni una alucinación. La voz salía de alguna parte, de alguien parado allí mismo, en la oscuridad.
—Rosa, quédate detrás de mí —dijo Samuel, arrastrando las palabras.
—No puedo moverme. Tengo las piernas trabadas.
—Mueve los pies. Muévelos ya.
Se oyeron pasos. Lentos, pesados, deliberados. Cada uno hacía crujir el piso del taller como si cargara con un mundo entero de dolor. Samuel retrocedió hasta chocar con la pared, tanteando con una mano buscando el interruptor de las luces, pero solo encontraba pintura descascarada y cemento frío.
—¿Quién eres? —gritó en dirección a la oscuridad, con la voz más firme de lo que creía capaz de lograr.
Silencio.
Una luz de emergencia se encendió en el fondo del taller, bañando el espacio con un resplandor ámbar y tenue. Samuel parpadeó mientras sus ojos se ajustaban a la penumbra y entonces lo vio.
Parado en la entrada trasera del taller, la puerta que Samuel siempre dejaba atrancada con una cadena y cuyo candado se abría únicamente con llave.
El hombre de la camisa negra.
Vestido igual que en las fotografías: camisa negra, pantalón oscuro, zapatos gastados. Tenía el porte de un empleado bancario, un antropólogo, pero sus ojos eran dos pozos sin fondo, negros, sin blancura apreciable. Su rostro tenía la textura de la porcelana vieja, surcada por millares de grietas diminutas que a Samuel le recordaron a una muñeca rota.
—No sabes cuánto he esperado este momento —dijo la entidad, con una voz que parecía venir desde el fondo de una caverna—. Te he observado durante años, Samuel. Te he observado trabajar en este taller, restaurando recuerdos de otros, mientras duermes, mientras piensas que estás solo.
Samuel apretó el teléfono contra su pecho. El aparato todavía emitía el video, mostrando al padre de Rosa en aquel cuarto sin ventanas.
—¿Qué hiciste con él? —preguntó Samuel, logrando mantener la mirada fija en la figura.
—Lo que hago con todos los que se cruzan en mi camino. Me aseguré de que no pudiera contar mi secreto. Al igual que tú no podrás contarlo.
—No tienes nada que temer de mí. Solo soy un mecánico de teléfonos.
—Exactamente. Y has visto demasiado. Has aprendido a descifrar lo que otros no saben descifrar. Esa es la condena de una vida demasiado curiosa.
Samuel sintió que Rosa se aferraba a su espalda, temblando como una hoja. El hombre de negro dio un paso hacia ellos. Huele a humedad, a tierra mojada, a madera vieja. Un olor denso que le llenaba la nariz y le daba ganas de vomitar.
—Dame el teléfono —dijo la entidad sosteniendo una mano—. No corresponde que un mortal guarde un objeto que pertenece al otro lado.
—No te lo voy a dar.
—Oh, pero no tienes que dámelo. Solo tengo que pedirlo con el corazón.
Samuel sintió que el teléfono se calentaba en sus manos. Rosa respiró hondo.
—No es verdad. Si pudiera tomarlo, ya lo habría hecho. Que no pueda hacerte soltarlo es tu ventaja.
La revelación cambio algo en el aire. La sombra se detuvo a tres metros de Samuel, y sus ojos negros se posaron en Rosa con una intensidad peligrosa.
—Eres más lista que tu padre, niña. ¿Qué lástima que hayas tardado tanto en venir?
—No es mi padre —respondió Rosa, con los labios temblorosos—. No lo es.
—Tu padre fue un error. Yo no estaba destinado a él, sino a ti. Lo que hago es elegir mis presas desde que nacen. Y tú, querida, fuiste elegida desde el día en que tu sangre fue de la misma naturaleza que la mía.
Rosa apretó la mandíbula. Un recuerdo le vino a la mente en un fogonazo: la cicatriz en su sien, el accidente banal en la escuela cuando tenía seis años. Pero algo en su interior le dijo que no había sido un accidente, sino un ritual.
—Lo que me hiciste cuando era niña… —susurró ella.
—Pero no pude completarlo. Tu madre te arrancó de mis manos justo a tiempo. Pobre mujer. Pagó un precio muy alto por haberme mirado. Se volvió inestable, enfermó. Yo me aseguré de que nunca volviera a estar despierta para contarlo.
La rabia de Rosa hizo que la sombra retrocediera un paso. Fue mínimo, pero Samuel lo notó.
—Somos más aterradores cuando estamos furiosos que cuando tenemos miedo —susurró él, en voz baja.
Entonces Samuel abrió el teléfono y comenzó a borrar los archivos, contenido tras contenido de todo lo que era sobrenatural. La galería, la carpeta, el video, los mensajes. Un a uno.
—¡Detente! —gritó la entidad en un sonido que hizo vibrar el polvo del techo, que estuvo a punto de hacer estallar los vidrios.
—No puedes odiar que alguien vea tu juego si no tienes el control de la información. Cada vez que elimino un rastro, pierdes una ventaja. Sin los archivos, no tienes dónde señalar.
Rosa comprendió en un instante. Tomó la mano libre de Samuel y trazó una cruz en su palma con un movimiento rápido, un simple gesto, pero simbólico. Se masculló en voz baja una oración de infancia, completa con cada palabra, cada sílaba.
La entidad lanzó un rugido que provenía de algún lugar más profundo que un simple cuerpo. El aire se volvió vórtice por unos segundos, y la puerta trasera del taller se abrió de golpe, azotando contra la pared.
El viento se llevó el olor a humedad, reemplazándolo por el aire limpio de la tarde del barrio. Los sonidos de la calle, los autos, la música de una casa vecina, regresaron poco a poco.
La oscuridad se desplomó como una cortina pesada, dejando al descubierto el rincón del taller, vacío ya de todo.
La puerta trasera quedó temblando en su marco con un crujido suave.
Samuel cayó de rodillas, extenuado, con esfuerzo de respirar. Rosa se agachó junto a él, sosteniéndole la cabeza con las manos temblorosas.
—Lo logramos —dijo ella en un susurro—. Lo logramos, ¿verdad?
—Creo que… sí —respondió Samuel, mirando el teléfono en sus manos, ahora completamente en blanco, como si nunca hubiera contenido nada.
—Pero… mi papá.
Samuel cerró los ojos. No quería darle las noticias, pero tenía que hacerlo.
—Rosa, el video era viejo. Muy viejo. Tu padre… eso sucedió hace mucho tiempo. No hay forma de saber dónde termina su historia.
Rosa guardó silencio un momento, dejando que la realidad se asentara en su pecho, como ya había hecho tantas veces antes.
—No importa —dijo al fin, con los ojos brillantes—. No importa si no puedo saber qué fue de él. Ya aprendí a vivir con eso. Lo que importa es que no puede hacernos daño ahora.
Samuel miró sus manos temblorosas y sintió un agotamiento que no conocía. En un reflejo insólito, supo que la historia había terminado. Pero una pequeña duda le carcomía el pecho.
«El siguiente eres tú. El siguiente eres tú.»
Lo que no le dijo a Rosa era que la entidad lo había marcado de alguna manera, que la voz no se había ido todavía. Que en el silencio de la calle, un susurro le llegaba a los oídos, como arena que se cuela por la grieta de una ventana:
«Te veré pronto. Cuando menos lo esperes.»
En ese momento, tomó la decisión silenciosa de no encender nunca más un teléfono de un desconocido. De no mirar los recuerdos de otros. De no excavar en el pasado sin un propósito claro.
—¿Qué haces ahora? —preguntó Rosa en voz baja.
—Vivir. Creo que eso es lo que nos queda.
Ella sonrió, por primera vez en horas, una sonrisa pequeña, agotada, pero real.
—Yo también. Y prometo no volver a abrir ninguna carpeta que no me pertenezca sin prepararme para lo que pueda encontrar.
—Eso —dijo Samuel, devolviéndole a penas una sonrisa cansada—, será un muy buen comienzo.
El sol de la tarde entró por la cortina metálica y alumbró el taller como si nada hubiera pasado. En la calle, los niños jugaban al fútbol. Una señora barría la acera. La vida seguía, sin enterarse de que en ese lugar se había librado una batalla que no tendría monumento.
Pero Samuel sabía que, en algún rincón, invisible a los ojos, la silueta de camisa negra aún esperaba.
Por eso, cuando salió a la calle y sintió la brisa cálida en el rostro, no miró hacia atrás. Ni una sola vez.
Y en la quietud del teléfono que guardaba en el cajón de su taller, una luz diminuta parpadeó tres veces.
Como una señal de que la historia no había terminado.
Como un aviso de que la próxima llamada podría ser suya.




