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La silueta de camisa negra: el teléfono maldito que reveló una verdad aterradora

7 min de lectura
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Continuamos con la historia donde la dejamos, porque la noche más oscura merece tu atención…

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La oscuridad duró apenas unos segundos, pero a Samuel le parecieron horas. Podía sentir su propio latido en los oídos, un bombeo pesado que le marcaba el pulso como un tambor fúnebre. Rosa buscó su mano en la oscuridad y se la apretó con una fuerza que él no le habría supuesto.

—¿Estás bien? —preguntó ella, con la voz temblorosa.

—Sí… sí, solo que la luz…

Pero no terminó la frase. Porque en ese instante, las luces regresaron.

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No parpadearon como suele hacerlo un foco cansado. Encendieron de golpe, con una claridad blanquecina, exponiendo cada rincón del taller como si alguien hubiera alzado una cortina de súbito.

Y entonces, lo que vio en la pantalla lo hizo enmudecer.

La carpeta «Sin nombre» se había abierto sola. Desplegada frente a sus ojos había una galería de fotografías, una serie interminable de imágenes que parecían sacadas de los recuerdos más oscuros de la familia de Rosa. Pero el detalle que le heló la sangre era otro y lo notó en el rostro descompuesto de la joven justo después.

Una foto de Rosa cuando era una niña, de unos cinco años, abrazando a su padre en el jardín de una casa con la fachada roja. Atrás, en la sombra de los árboles, la figura alta con camisa negra.

Otra, en una reunión escolar de Rosa sosteniendo un trofeo de natación. La figura de camisa negra detrás de un poste, medio oculta, pero perfectamente presente.

En un bautizo. En una navidad. En una graduación. Siempre al fondo, siempre en penumbra, pero siempre.

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—Samuel… —murmuró Rosa con los ojos llenos de lágrimas—. ¿Qué significa esto? ¿Por qué está en todas partes? ¿Por qué siempre está cerca de mí?

Él no supo qué responder. No podía despegar la vista de la última imagen, una que hizo que el aire se le vaciara de los pulmones. Rosa tenía diez años, estaba cortando un pastel de cumpleaños, vestida con un vestido blanco. A su lado, orgulloso y sonriente, su padre. Y justo detrás de ellos, en un espejo al fondo del comedor, se reflejaba la figura de camisa negra.

Pero lo peor era lo que aparecía en su mano.

Un teléfono.

El mismo modelo antiguo que Samuel estaba restaurando.

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—Este teléfono… —dijo Samuel en un hilo de voz—. ¿De dónde lo sacaste?

Rosa se estremeció. Se reacomodó el cabello detrás de la oreja, un gesto nervioso que dejó ver una cicatriz pequeña, apenas visible, sobre su sien.

—Era de mi papá. Mi mamá lo guardó después de que desapareciera. Lo tuvo escondido en una caja de zapatos durante años. Cuando ella murió, lo encontré en sus cosas y decidí que llegaría el día de recuperar los recuerdos de familia.

—¿Y nunca lo abriste?

—Nunca. No tuve el valor. Hasta que un amigo me recomendó tu taller. Me dijo que eras el mejor.

Samuel se pasó la mano por la cara. Sentía la textura de la grasa y el sudor, los restos de un día de trabajo interrumpidos por lo absurdo e inexplicable.

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—Y esta es tu historia, ¿no? ¿La que me contaste cuando llegaste?

—Más o menos. Dejé algunos detalles fuera, pero la esencia era esa. No creía que fueran relevantes.

Lo eran, pensó Samuel. Lo eran tanto que le dolía la cabeza.

Se levantó de la silla con el teléfono en la mano, alejándose hacia la parte trasera del taller, donde tenía su mesa de trabajo con herramientas y chips sueltos. Necesitaba pensar con claridad y no podía hacerlo con Rosa mirándolo con esos ojos llenos de esperanza.

Pero algo se interpuso en su camino.

Cuando pasó frente al espejo del aseo —un espejo manchado que nunca había mirado dos veces— se detuvo en seco.

Su reflejo estaba alterado.

Su propia imagen, la misma de siempre, se veía más lenta, más pálida, como si alguien estuviera drenando la vida de su rostro. Y cuando parpadeó, por una fracción de segundo que duró una eternidad, su reflejo sonrió.

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Una sonrisa ancha. Mecánica.

Impulsiva.

Aprensiva.

Samuel retrocedió, tropezando con un cajón de herramientas, y el resonido del metal contra el metal le sacó un jadeo a Rosa.

—¿Qué pasa? —preguntó alarmada—. ¿Qué viste?

—Nada, nada… el reflejo… parece que estoy viendo cosas.

—No estás viendo cosas.

La voz había salido del teléfono. Las dos se quedaron paralizadas mientras el aparato, que seguía en el bolsillo de Samuel, comenzó a vibrar con una fuerza sobrenatural.

—¿Quién dijo eso? —susurró Rosa.

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—Dame el teléfono —ordenó Samuel, aunque sentía los dedos entumecidos—. Necesito verlo.

Pero cuando lo sacó del bolsillo, la pantalla ya no mostraba la galería ni la carpeta cifrada. Mostraba un video en vivo, con la fecha en la esquina inferior izquierda parpadeando en rojo intenso, unos números que no pertenecían a este año, sino a otro completamente distinto.

—¿Qué es eso? —preguntó Rosa acercándose lentamente.

Samuel apretó el teléfono antes de responderle.

—Es una cámara en vivo de algún lugar. Y la imagen no corresponde a esta época.

—¿Cómo?

—El video es del año en que desapareció tu padre. Del día exacto. La hora coincide con la última vez que lo viste.

Rosa no pudo evitar soltar un sollozo.

En la pantalla, una imagen borrosa se fue aclarando poco a poco. Apareció un hombre de cuarenta y cinco años, delgado, con una camisa de franela a cuadros y una barba sin recortar. Estaba sentado solo, en una habitación en penumbra, con la cabeza gacha y las manos esposadas.

El padre de Rosa.

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—¡Papá! —gritó Rosa, estirando la mano hacia el teléfono—. ¡Papá, soy yo!

Samuel le sostuvo el brazo con suavidad, evitando que tomara el aparato.

—Rosa, no es una llamada. Es una grabación. Un video antiguo. No puede escucharte.

—Pero está ahí… está vivo…

—No, Rosa. Tu padre no desapareció. Lo secuestraron. Lo estuvieron controlando en ese cuarto, ocurrió en ese video. Es… una prueba.

—¿Una prueba de qué?

Samuel miró el teléfono con un nudo en el estómago. En el fondo del video apenas se distinguía una sombra, una presencia imponente. La silueta de un hombre alto con camisa negra.

Y una voz, grave, monolítica que resonó en la pantalla:

—«Dile a ella que el siguiente es él».

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Rosa no tuvo tiempo de reaccionar. Las luces del taller colapsaron por completo. No fue un parpadeo ni un apagón de rutina. Fue la oscuridad absoluta, total, como si una mano gigante hubiera apagado todas las luces del mundo al mismo tiempo.

Y desde la sombra, en el rincón más profundo del taller, se escuchó una voz lúgubre que lo pronunció palabra por palabra:

—«El siguiente no es de su familia, Samuel. El siguiente eres tú».

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