Sabemos que te quedaste con el alma en un hilo, así que aquí te traemos el resto de esta impactante verdad.
«¡Dime de una vez quién es ella, Juan, o te juro que este será el último día que veas mi cara!», gritó Elena, con la voz quebrada por un dolor que no cabía en su pecho.
El aire en la pequeña sala, que minutos antes olía a lavanda y a la cena que Elena preparaba con tanto esmero, se volvió pesado, casi irrespirable.
Juan, el hombre que apenas un instante atrás estaba de rodillas adorando el vientre de siete meses de su esposa, ahora parecía un desconocido.
Su rostro, usualmente cálido y lleno de promesas, se había transformado en una máscara de terror puro.
La palidez de su piel era tan extrema que Elena llegó a pensar, por un segundo fugaz, que se desmayaría ahí mismo.
Pero no fue él quien cayó.
En el umbral de la puerta, la otra mujer permanecía inmóvil, sosteniendo una pequeña maleta desgastada con una mano y protegiendo su propio vientre con la otra.
Era una imagen especular y macabra de la propia Elena.
La desconocida vestía un vestido de algodón sencillo, sus ojos estaban hinchados de tanto llorar y su respiración era errática.
«Juan… tú me dijiste que vivías solo, me dijiste que ella era tu hermana y que ya se iba de la ciudad», susurró la mujer de la puerta, con una voz tan pequeña que apenas se oía sobre el zumbido de los oídos de Elena.
Elena sintió un escalofrío que le recorrió toda la columna vertebral, un frío que calaba hasta los huesos a pesar del calor de la tarde.
¿Hermana? ¿Acaso ese era el nivel de la mentira que Juan había tejido a sus espaldas?
«¡Cállate, Mariana! ¡No digas estupideces!», rugió Juan, recuperando de golpe el habla, pero con una agresividad que Elena jamás le había conocido.
Elena dio un paso atrás, chocando con la mesa del comedor donde descansaban las fotos de su boda, esas donde ambos sonreían como si el mundo les perteneciera.
«No la calles, Juan. Déjala hablar», dijo Elena, tratando de que su voz no temblara, aunque por dentro sentía que sus cimientos se desmoronaban.
Miró a la mujer, a Mariana, y por un momento, en medio de la rabia, sintió una punzada de lástima.
Mariana también estaba embarazada. Su vientre se veía casi del mismo tamaño que el de Elena.
«¿Cuánto tiempo, Juan?», preguntó Elena, clavando sus ojos en los de su esposo, buscando un rastro de la decencia que creía que él poseía.
Juan empezó a balbucear, moviendo las manos de manera frenética, intentando acercarse a Elena, pero ella levantó una mano para frenarlo.
«No te me acerques. No te atrevas a tocarme con esas manos que han estado acariciando dos vidas al mismo tiempo», sentenció ella.
La vecina del 4B, doña Rosa, que siempre encontraba una excusa para estar en el pasillo, asomó la cabeza con los ojos como platos.
La escena era digna de una pesadilla, un espectáculo público que Elena jamás imaginó protagonizar.
«Amor, por favor, déjame explicarte… Mariana es solo alguien que conocí en un viaje de trabajo, ella… ella se confundió, esto es un malentendido», mentía Juan, con una desesperación patética.
Pero Mariana, al escuchar que la negaban de esa manera, estalló en un llanto amargo.
«¿Un malentendido? ¡Me llevaste a conocer a tu madre! ¡Me dijiste que nos casaríamos en cuanto naciera el niño!», gritó la joven desde la puerta.
El mundo de Elena se detuvo. Juan había llevado a esa mujer a la casa de su suegra, la misma mujer que cada domingo abrazaba a Elena y le decía que era la mejor nuera del mundo.
La traición no era solo de Juan; era una red de mentiras que parecía no tener fin.
Elena sintió que el suelo se movía bajo sus pies, un mareo repentino la obligó a aferrarse a la silla.
«Elena, mírame, ella está loca, solo quiere dinero», insistía Juan, intentando desesperadamente salvar su doble vida.
Pero ya era tarde. La verdad es como el agua, siempre encuentra una salida, por más pequeña que sea la grieta.
Y en esa sala, la grieta se había convertido en un océano que amenazaba con ahogarlos a todos.
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