Sé que no pudiste despegarte de la pantalla porque esta historia apenas comienza a mostrar sus verdaderas garras y el desenlace es algo que no verás venir.
«Mírate, Alejandro. Mírate por un segundo y dime qué ves, porque yo solo veo un mueble más en esta casa, uno que ni siquiera combina con la decoración», soltó Isabella con una voz tan gélida que pareció congelar el aire del lujoso salón.
Ella balanceaba una copa de vino tinto de trescientos dólares entre sus dedos perfectamente manicurados. Su vestido de seda esmeralda brillaba bajo las luces de cristal, haciéndola lucir como la reina que siempre pretendió ser. Frente a ella, Alejandro permanecía inmóvil en su silla de ruedas, con la mirada perdida en el gran ventanal que mostraba las luces de la ciudad, esas mismas luces que él mismo ayudó a encender con su imperio financiero.
Isabella soltó una carcajada seca, carente de cualquier rastro de humanidad. Se acercó a él, rodeando la silla de ruedas con pasos lentos y calculados, como un depredador que sabe que su presa no tiene a dónde ir.
«¿De verdad creíste que una mujer como yo, con el mundo a mis pies, iba a pasar el resto de su juventud cuidando a un hombre que ni siquiera puede sentir sus propias piernas?», continuó ella, inclinándose para que su aliento, con olor a uva y desprecio, le rozara el oído. «Fuiste un excelente negocio, querido. Una inversión a largo plazo que hoy, por fin, decido liquidar».
Alejandro no parpadeó. Sus manos, apoyadas sobre los reposabrazos de cuero, se cerraron ligeramente, pero su rostro permanecía como una máscara de piedra. Isabella tomó ese silencio como una victoria absoluta. Se sentó en el sofá de cuero italiano frente a él, cruzando las piernas con una elegancia que ahora resultaba grotesca.
«Mañana a primera hora, mis abogados presentarán la demanda. Pero no te preocupes, no me iré con las manos vacías. Ya me encargué de que todos esos fondos que creías protegidos en las cuentas de las Islas Caimán estén ahora bajo mi nombre. El ‘accidente’ que te dejó así fue lo mejor que pudo pasarle a mi cuenta bancaria», confesó, revelando por fin la profundidad de su traición.
El silencio que siguió fue denso, casi sólido. Se podía escuchar el tictac del reloj de péndulo en el vestíbulo, marcando los segundos de una vida que, según Isabella, acababa de terminar para Alejandro. Ella esperaba llanto, esperaba súplicas, tal vez un grito de dolor que alimentara su ego. Pero lo que obtuvo fue un suspiro profundo, un sonido que no provenía de la derrota, sino de un alivio largamente esperado.
Isabella frunció el ceño, molesta por la falta de reacción dramática. «¡¿Es que ni siquiera vas a decir nada?! ¡Te estoy diciendo que te dejé en la calle! ¡Que mientras tú te compadecías de ti mismo, yo me reía en los brazos de hombres que sí saben lo que es ser un varón!», gritó, perdiendo por un momento su compostura de alta sociedad.
Alejandro giró lentamente la cabeza para mirarla directamente a los ojos. Por primera vez en tres años, no había tristeza en su mirada, sino una claridad que hizo que Isabella sintiera un escalofrío involuntario.
«Dime una cosa, Isabella», dijo él con una voz firme, sin el temblor que ella estaba acostumbrada a escuchar. «¿Alguna vez, aunque fuera por un segundo, sentiste algo que no fuera codicia? ¿Hubo algún momento, en estos cinco años de matrimonio, donde la persona que está detrás de esa joya de Cartier tuviera un gramo de decencia?».
Ella se levantó, indignada. «La decencia no compra yates, Alejandro. La decencia no paga mis viajes a París. Me cansé de ser la enfermera de un hombre de hojalata. Disfruta de tu soledad y de tu silla, porque es lo único que te queda».
Isabella caminó hacia la puerta, lista para salir de esa casa y comenzar su vida como la viuda negra más rica del país, convencida de que había ganado la partida final. Pero justo cuando su mano tocó el pomo de la puerta de caoba, escuchó algo que la detuvo en seco.
Fue el sonido de algo pesado moviéndose. Un roce de cuero, un crujido de tela. Y luego, el sonido más imposible de todos: el impacto de dos zapatos de suela de cuero golpeando el piso de mármol con total seguridad.
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