Sé que te quedaste con el corazón en un hilo y esa curiosidad es la que nos permite entender el valor de la verdadera lealtad.
Julián sintió aquel roce gélido, pero extrañamente suave, sobre su antebrazo. Era una mano perfectamente manicurada, con uñas pintadas de un rojo tan intenso que parecía advertir un peligro inminente. El perfume de la mujer, una mezcla embriagadora de jazmín y sándalo caro, invadió su espacio personal, ese que hasta hace unos minutos compartía únicamente con su esposa, Elena.
Él no apartó la mirada de su vaso de whisky. El cristal tallado reflejaba las luces ámbar del bar, un lugar donde el lujo se respiraba en cada rincón, desde las alfombras persas hasta el suave jazz que acariciaba los oídos de los presentes. Julián, vestido con un traje a medida que delataba su éxito, parecía la presa perfecta para alguien como ella.
—Un hombre tan interesante no debería pasar ni un segundo mirando el fondo de un vaso vacío —susurró la mujer, cuya voz era como seda deslizándose sobre una herida abierta.
Ella se deslizó en el taburete que Elena acababa de dejar libre para ir a retocarse el maquillaje. No pidió permiso. No lo necesitaba, o al menos eso creía ella. Su mirada era un dardo cargado de intención, recorriendo los hombros anchos de Julián y deteniéndose, con una pizca de desdén, en la sencilla alianza de oro que adornaba su dedo anular.
—Mi vaso no está vacío —respondió Julián, con una voz profunda, casi monocorde, sin mirarla todavía—. Y aunque lo estuviera, hay ausencias que llenan mucho más que cualquier presencia oportunista.
La mujer soltó una risita cristalina, inclinándose un poco más hacia él. Su escote desafiaba las leyes de la gravedad y la decencia, pero Julián permanecía como una estatua de mármol.
—Vaya, además de guapo, filósofo —dijo ella, pasando un dedo por el borde de la copa de Julián—. Pero seamos honestos. He estado observándote desde que entraste. Eres un hombre que ha trabajado duro, se nota en la forma en que caminas. Y ese tipo de esfuerzo merece una recompensa… diferente. Tu esposa es… agradable, supongo. Pero parece un poco fuera de lugar en un sitio como este, ¿no crees?
Julián apretó el vaso. Los nudillos se le pusieron blancos. El insulto velado hacia Elena fue como un latigazo. Pero no explotó. Los hombres que han venido de la nada y lo han conquistado todo aprenden que el silencio suele ser el arma más letal.
—¿Fuera de lugar? —preguntó Julián, finalmente girando la cabeza para mirarla a los ojos. Eran unos ojos oscuros, cargados de una sabiduría que ella claramente no poseía.
—Mírala —continuó la mujer, señalando vagamente hacia el pasillo de los baños—. Su vestido es sencillo, no lleva joyas que deslumbren, y se nota que no frecuenta estos círculos. Tú, en cambio, eres el sol de esta habitación. Podrías tener a cualquier mujer que desees. Alguien que sepa estar a tu altura, que entienda de marcas, de viajes, de… placeres sin ataduras.
Julián soltó una pequeña exhalación que no llegó a ser risa. El ambiente en el bar parecía haberse congelado para él. Las conversaciones ajenas se volvieron un murmullo lejano. En su mente, una pregunta comenzaba a formularse, una que no iba dirigida solo a la mujer frente a él, sino a cualquiera que se atreviera a juzgar el valor de una persona por el brillo de sus accesorios.
—¿Crees que ella no está a mi altura? —preguntó Julián en un susurro cargado de una tensión eléctrica.
La mujer asintió con confianza, creyendo que finalmente había abierto una grieta en la armadura del hombre exitoso. Se acercó tanto que él podía sentir su aliento.
—Solo digo que un rey necesita una reina que brille tanto como su corona, no una campesina que lo acompañe por costumbre. Aprovecha que se ha ido. Ella no tiene por qué enterarse de lo que un hombre de tu calibre hace cuando las luces se bajan.
Julián dejó el vaso sobre la barra con una lentitud deliberada. El sonido del cristal contra la madera sonó como un disparo en su mente.
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