Continuamos con la historia donde la dejamos, en el momento exacto en que la verdad estalló en mil pedazos…
El silencio que siguió a las palabras de Mariana fue más ruidoso que cualquier grito.
Juan intentó cerrar la puerta para dejar a la mujer afuera, para borrar el problema de su vista, pero Mariana puso el pie con valentía.
«¡No me vas a echar como a un perro, Juan! ¡Llevo a tu hijo aquí dentro y no tengo a dónde ir!», exclamó ella, rompiendo en un sollozo que conmovió hasta a las paredes.
Elena sentía que su corazón latía con una fuerza antinatural, como si quisiera escaparse de su pecho.
Miró a Juan, el hombre con el que había compartido cinco años de su vida, el hombre que cada noche le leía cuentos al bebé que aún no nacía.
¿Quién era él realmente? ¿Un actor de primera clase? ¿Un sociópata capaz de dividir su alma en dos hogares?
«Dime la verdad, Juan. Una sola vez en tu miserable vida, dime la verdad», pidió Elena, con una calma que le asustaba a ella misma.
Juan se desplomó en el sofá, cubriéndose la cara con las manos. Los hombros le temblaban.
«Empezó hace un año… en aquel proyecto en la costa», confesó por fin, con la voz ahogada.
«No supe cómo pararlo. Ella se enamoró, y yo… yo me sentía poderoso teniendo dos vidas. Pero a ti te amo, Elena. Tú eres mi esposa, ella fue solo… un error que creció demasiado».
«¿Un error?», gritó Mariana desde la entrada, entrando por fin a la sala. «¡Me dijiste que ella era el error! ¡Que te habías casado por obligación!».
Elena escuchaba las versiones cruzadas y sentía ganas de vomitar. Cada palabra era un puñal que se clavaba en su confianza.
Recordó todas las veces que Juan llegaba tarde alegando reuniones interminables.
Recordó las llamadas que contestaba en el balcón, hablando en voz baja, diciendo que era «el jefe».
Todo ese tiempo, mientras ella decoraba el cuarto del bebé y elegía la ropita de algodón más suave, él estaba construyendo otro cuarto en otra ciudad.
«¿Cómo pudiste?», susurró Elena. «Besabas mi vientre esta mañana… me juraste que seríamos la familia más feliz del mundo».
«Y lo seremos, Elena. Puedo arreglarlo. Le daré dinero a ella, me haré cargo del niño, pero mi vida es contigo», suplicó Juan, intentando arrodillarse frente a su esposa.
En ese momento, Elena sintió un dolor agudo en el bajo vientre. No era un dolor emocional, era físico, real, desgarrador.
Se llevó las manos a la barriga y dejó escapar un gemido ahogado.
«¿Elena? ¿Qué tienes?», preguntó Juan, el pánico ahora cambiando de dirección.
«¡No me toques!», gritó ella, pero las fuerzas empezaron a fallarle.
La vista se le nubló. Las figuras de Juan y Mariana empezaron a distorsionarse, convirtiéndose en sombras borrosas.
El estrés de la confrontación, la magnitud del engaño y el impacto de ver su vida destruida en diez minutos fueron demasiado para su cuerpo.
«¡Llamen a una ambulancia!», fue lo último que escuchó decir a Mariana, quien a pesar de ser «la otra», reaccionó con más humanidad que el propio Juan.
Elena sintió cómo sus rodillas cedían. El frío suelo de baldosas fue lo último que percibió antes de que la oscuridad total la reclamara.
Juan gritaba su nombre, pero su voz sonaba lejana, como si viniera desde el fondo de un pozo profundo.
Mientras Elena yacía inconsciente, el caos se apoderó del apartamento.
Doña Rosa entró corriendo, apartando a Juan de un empujón. «¡Apártate, desgraciado! ¡Mira lo que has causado!», le gritó la anciana.
Mariana, temblando, marcó el número de emergencias, mientras Juan solo atinaba a caminar en círculos, jalándose el cabello, dándose cuenta de que su castillo de naipes no solo se había caído, sino que estaba aplastando lo que más quería.
La sirena de la ambulancia empezó a escucharse a lo lejos, rompiendo la paz del vecindario, anunciando que nada volvería a ser igual.
La traición de Juan no solo había roto un matrimonio, estaba poniendo en peligro la vida de dos seres inocentes que no pidieron nacer en medio de tal telaraña de engaños.
En el hospital, las horas pasaron como siglos. Juan estaba sentado en la sala de espera, con la mirada perdida.
A unos metros, Mariana también esperaba, sola, con su maleta a los pies, dándose cuenta de que el hombre que le prometió el cielo le había dado un infierno compartido.
Nadie hablaba. El silencio era denso, cargado de un resentimiento que se podía cortar con un cuchillo.
De pronto, las puertas de la unidad de cuidados intensivos se abrieron y un médico con rostro cansado salió buscando a los familiares.
Juan se puso en pie de un salto, pero sus piernas no respondieron bien y tropezó.
«¿Cómo está mi esposa? ¿Cómo está mi hijo?», preguntó con la voz quebrada.
El médico lo miró de arriba abajo, con una expresión que Juan no pudo descifrar.
«La situación es crítica», empezó el doctor, y Juan sintió que el mundo se le venía encima una vez más.
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