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Las pisadas en el techo no eran de este mundo: la advertencia que Mateo ignoró

5 min de lectura
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Continuamos exactamente donde la oscuridad se apoderó de la historia…

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Las tinieblas eran absolutas, espesas, como si el aire mismo se hubiera vuelto sólido. Mateo no podía ver su propia mano frente a su cara. El teléfono parpadeó y se apagó para siempre, negro, muerto entre sus dedos.

—No, no, no, por favor…

Su voz sonaba lejana, casi ajena. El silencio era tan denso que podía escuchar el latido de su propio corazón retumbando en sus oídos. Y entonces, un sonido nuevo. Crujidos. Como madera moviéndose. Como una puerta abriéndose.

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Y luego, una voz.

No era humana. No venía de ningún lugar específico. Era un susurro ronco, profundo, que parecía nacer de las mismas paredes.

—Mateo…

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El nombre resonó en su piel como mil agujas. Nadie de su vecindario sabía cómo se llamaba. Nadie. Su abuela siempre le pidió que no le contara a los vecinos de la casa, que no diera detalles de su vida, y él siempre cumplió.

—¿Quién anda ahí? —gritó Mateo, y su voz se quebró en mil pedazos.

—No debiste subir… —continuó la voz, arrastrando las palabras con un tono de lamento que lograba helarle el alma—: —pero ya es demasiado tarde.

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Un golpe seco lo paralizó. Luego otro. Y otro. Alguien o algo golpeaba las paredes del pasillo, avanzando lentamente hacia donde él estaba. Mateo se arrastró contra la esquina, buscando cualquier tipo de refugio, cuando sus manos tocaron algo que no había notado antes.

Una madera suelta.

Con fuerza desesperada, tiró de ella, y un panel se abrió revelando un hueco pequeño, del tamaño justo de una persona. Sin pensarlo dos veces, se metió dentro. Era un escondite construido intencionalmente, apenas más grande que un clóset estrecho.

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Al otro lado del panel, podía escuchar los golpes cada vez más fuertes, más cercanos. La voz susurrante repetía su nombre, imposiblemente. Pero algo había cambiado en el aire del escondite. Olía a papeles viejos, a libros, a algo dulce. A lavanda.

La lavanda, el aroma favorito de su abuela.

Mateo extendió la mano en la oscuridad y encontró una caja metálica. Abrirla era un desafío, pero lo logró, con uñas clavándose en los bordes. Dentro, un montón de cartas atadas con un listón rojo, un rosario de madera, y una foto.

No tenía encendedor, pero el teléfono muerto aún podía servirle de espejo para ver algo, aunque fuera apenas un brillo. Con desesperación, sacó el rosario y del otro lado, un estuche de fósforos viejos. Su abuela siempre fue de guardar cosas raras.

El fósforo prendió con un brillo pequeño, fugaz, pero suficiente. La foto mostraba a una mujer joven de pie junto a un hombre alto, vestido con un traje negro. Al reverso, escrita con la misma letra temblorosa de la nota, había una fecha y una sola palabra:

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«Regresa.»

Mateo sabía que su abuela nunca hablaba de su esposo. Nunca. Decía que el dolor era demasiado grande para ponerlo en palabras, y que algunas cosas era mejor dejarlas enterradas.

Con el fósforo consumiéndose, se dio cuenta de que detrás de la foto había otra nota, doblada varias veces. La desdobló con manos temblorosas mientras los golpes en el pasillo seguían aumentando en intensidad.

La nota decía:

«Nunca creí que estas palabras fueran necesarias, pero si las estás leyendo, significa que has subido. El dolor que viene de este segundo piso no es de este mundo. No es causado por algo físico. Es un eco, un recuerdo atrapado. Si puedes leer esto, aún tienes tiempo. Vuelve abajo, cierra la puerta de escaleras, y reza hasta que amanezca. Solo así estarás a salvo. — Tu abuela, quien te amó más que a nada.»

El fósforo murió. La oscuridad volvió a engullirlo, pero esta vez quería dormir en su pecho una llave distinta: un propósito. Tenía que bajar. Tenía que cruzar el pasillo. Tenía que llegar a la escalera y cerrar la puerta que los separaba.

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—Solo tienes que correr, Mateo —se dijo a sí mismo, con una voz apenas audible, aunque sonara a pura valentía falsa.

Sin embargo, los golpes se detuvieron de pronto. El silencio volvió a instalarse, más aterrador que los propios golpes. Y entonces, del otro lado del panel, escuchó algo que le heló la sangre por completo.

Un llanto.

Su abuela.

Llorando como lloraba ella cuando nadie la veía, en las noches cuando creía que estaba sola.

—Pero ella está muerta —susurró Mateo, y mientras lo decía, sintió la habitación entera enfriarse.

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El panel comenzó a ceder. El escondite no iba a protegerlo mucho más.

Justo cuando Mateo pensaba que no podría soportar un gramo más de miedo, un detalle le pareció extraño. Entre las cartas de la caja, sus dedos rozaron una llave vieja, oxidada, pero con una marca en relieve.

Era la llave del sótano de la casa.

Y al mismo tiempo, en el fondo de su memoria, la voz de su abuela resonó con una frase que ella solía decirle de niño:

—Si alguna vez tienes miedo, a donde no puedas ver, ahí está la salida.

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El sótano.

Tenía que llegar al sótano. Y esa era la cosa más difícil del mundo, porque bajaba por la escalera del pasillo… justo al lado de donde el llanto ahora se mezclaba con risas.

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