La curiosidad te trajo hasta aquí, y créeme: vas a querer llegar hasta el final. Hay momentos en la vida donde una simple decisión puede separar la realidad de la pesadilla, y Mateo estaba a punto de cruzarla sin saberlo.
Todo comenzó como una noche cualquiera en aquella casa de dos plantas que heredó de su abuela. Mateo siempre la consideró un refugio, un lugar donde el tiempo se detenía. Hasta esa madrugada.
El silencio era absoluto cuando algo lo arrancó del sueño. Pasos. Pesados. Arriba. En el techo.
—¿Qué demonios…? —murmuró, aún con la mente nublada.
Se quedó inmóvil, conteniendo la respiración, convencido de que había sido su imaginación. Pero entonces los pasos volvieron, más fuertes, como si algo enorme caminara directamente sobre su cabeza.
Eran las 1:36 de la mañana. No había viento. No había lluvia. Y en ese vecindario tranquilo, nadie tenía razón para estar en un techo a esa hora.
Mateo encendió la lámpara de noche y miró alrededor de su habitación, buscando cualquier explicación lógica. Un animal, quizá. Una rama golpeando la casa. Algo, lo que fuera.
Pero cuando los pasos se detuvieron justo encima de su posición y luego comenzaron a desplazarse en dirección a la escalera, algo en su pecho se apretó.
No era un animal. Los animales no caminan de dos piernas.
Se levantó de la cama con las piernas temblando. Su teléfono estaba en el buró y la linterna estaba lista, pero sus dedos apenas podían maniobrar. Tomó aire, trató de calmarse.
—Voy a subir, voy a ver qué es y ya —se dijo a sí mismo, repitiendo la frase como un mantra que jamás podría cumplir.
Subió las escaleras con cuidado, poniendo todo su peso en cada paso para no hacer ruido. El segundo piso llevaba años sin usarse, lleno de muebles viejos y cajas polvorientas que jamás tuvo valor de revisar.
Cuando llegó al último escalón, la puerta estaba abierta. Y eso era imposible, porque él nunca la abría. Nadie lo hacía.
La linterna del teléfono barría la oscuridad con temblor, revelando un pasillo lleno de polvo donde las huellas eran demasiado frescas. No de animales. De pies. Pies grandes.
El cuarto al fondo del pasillo tenía una puerta entreabierta, y aunque su cabeza le gritaba que bajara, que llamara a alguien, que huyera, sus pies avanzaron solos.
Y entonces la vio.
Una nota amarillenta pegada con cinta adhesiva en la pared del cuarto, escrita a mano, con letra temblorosa:
«Si oyes las pisadas, jamás subas al segundo piso.»
Mateo sintió que la sangre se le helaba. Agarró la nota con manos temblorosas, notando que era vieja, del tiempo de su abuela. Al reverso había más letras, pero estaban ilegibles, manchadas, como si quien la escribió hubiera llorado mientras redactaba.
El miedo no fue una ola: fue un tsunami.
Entonces los pasos volvieron. Pero esta vez no venían del techo. Venían de la escalera.
Del lado de abajo.
Bajando.
Directo hacia él.
Los pasos eran lentos, arrastrados, pesados, como si algo cargara consigo un peso imposible de arrastrar. Mateo retrocedió hasta la pared, con el teléfono apuntando hacia la oscuridad del pasillo. Pero no veía nada. Solo escuchaba.
Un nudo se formó en su garganta. Era el momento más aterrador de su vida, pero lo que venía después estaba a punto de ser peor.
Porque ese sonido, ese crujido de la madera, no era de una sola pisada.
Eran demasiadas pisadas. Como si no fuera una sola cosa, sino muchas.
Y en el cuarto donde estaba parado, las paredes comenzaron a moverse.
—Por favor, Dios mío… —susurró Mateo, más como una súplica desesperada que como una oración.
El polvo caía del techo. La nota que sostenía se humedecía con el sudor de sus manos. Y en el silencio más absoluto, su teléfono vibró.
Un mensaje.
De un número desconocido.
El corazón le latía a un ritmo frenético mientras desbloqueaba la pantalla. Las palabras brillaron en la oscuridad como una sentencia de muerte:
«Mira detrás de ti.»
Mateo sintió un aliento frío en la nuca, tan cercano, tan real, que el vello de todo su cuerpo se erizó al instante.
No quería voltear. No quería saber. Pero el miedo puede más que la voluntad, y su cuello giró despacio, casi a su pesar.
Detrás de él no había nada.
Pero su nombre se escuchó susurrado en su oído, con una voz que no era de este mundo.
Y entonces, las luces de toda la casa se apagaron.
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