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La última llamada desde mi propia casa: lo que encontré en la oscuridad no era de este mundo

7 min de lectura
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Sé que llegaste hasta aquí porque el corazón te palpitaba y necesitabas saber qué pasó después de aquél grito ahogado en la penumbra. Bien, ahora vamos a entrar juntos a esa casa… y te advierto, nada volverá a ser igual para ti tampoco.

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«¡¿Quién está ahí?! ¡Ya salí policía!», gritó Daniel con la voz quebrada, apuntando la linterna del teléfono hacia el pasillo, aunque sus manos temblaban tanto que el haz de luz bailaba como un borracho sobre las paredes.

Pero no había nadie.

Solo el silencio. Un silencio denso, pesado, como de hospital o de tumba recién cerrada. La clase de silencio que no se siente en una casa normal a las dos de la madrugada.

Daniel respiró hondo y se apoyó contra el marco de la puerta de su habitación. El corazón le golpeaba el pecho con tanta fuerza que podía sentirlo en la garganta, en las orejas, en las sienes.

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—Cálmate, pendejo. Solo fue el viento —se dijo a sí mismo, pero ni él se creyó sus propias palabras.

Porque el viento no deja huellas húmedas en el suelo. Y el viento no marca una X con agua en la puerta de la sala.

Las huellas que no deberían existir

Daniel miró hacia abajo una vez más, como si necesitara confirmar que no estaba soñando. Tres huellas. Exactamente tres. Como si alguien hubiera caminado descalzo sobre un charco de agua y hubiera entrado directo hacia su recámara.

No hacia la puerta principal. No hacia la cocina. Directo hacia donde él dormía.

—¿Qué chingados…? —murmuró, y sintió que la temperatura de la casa caía varios grados de golpe.

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Tal vez era su imaginación. Tal vez el susto le estaba jugando una broma pesada. Pero el aire alrededor suyo se volvió frío, punzante, como cuando entras a un congelador con los brazos mojados.

Daniel se quedó inmóvil durante lo que sintieron horas, aunque en realidad pasaron apenas segundos. Tenía dos opciones: salir corriendo hacia la puerta principal o seguir a las huellas hasta saber qué demonios estaba pasando en su casa.

Suena estúpido, lo sé. Pero Daniel era de esas personas que necesitan respuestas. Que no pueden dejar una duda mordiéndoles la cabeza. Ya había visto suficientes películas de terror como para saber que la regla número uno es salir de ahí, pero el orgullo y la confusión siempre ganan.

—¡Ya sé que estás ahí! ¡Te escuché! —volvió a gritar, esta vez más fuerte, con la intención de ahuyentar al intruso.

Nada.

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El pasillo seguía vacío. El agua de las huellas comenzaba a evaporarse lentamente, dejando apenas un rastro brillante sobre la madera oscura. Era extraño. ¿Cuánto tiempo tenía de haber pasado esa persona para que el agua todavía estuviera fresca?

Entonces, antes de que pudiera decidir qué hacer, el teléfono de Daniel vibró en su mano. Un escalofrío le recorrió la espalda cuando leyó la pantalla:

Llamada entrante: Hermana (Celular)

—¿Moni? ¿Qué pasó? ¿Estás bien? —contestó Daniel, aliviado por escuchar una voz humana, cualquier voz humana, aunque fuera a las dos de la mañana.

Pero lo que escuchó al otro lado de la línea le hizo helar la sangre en las venas.

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—¡Daniel! ¡Daniel, por favor, dime que no estás en la casa! ¡Respóndeme! —gritaba su hermana Mónica, con un pánico que jamás le había escuchado en la voz.

—Sí estoy, ¿qué pasa? ¿Por qué me llamas a esta hora?

—¡Alguien me llamó desde tu número! —la voz de Mónica se quebró entre hipidos y lágrimas—. ¡Hace cinco minutos! ¡Y no eras tú! Se oían pasos caminando por el piso de madera, y una respiración muy fuerte, y luego… ¡luego una voz que no conocía me dijo que no volviera a buscarte!

Daniel se quedó mudo. Literalmente sin habla.

—Eso es imposible —dijo finalmente, mirando su teléfono con los ojos desorbitados—. Estoy aquí contigo, hablando contigo. Si te llamó alguien, fue una broma de mal gusto.

—¡No fue ninguna broma, Daniel! ¡Escuché la voz de un hombre mayor, ronca, como de alguien que estuviera ahogándose! ¡Y me dijo que si venía a tu casa… que me iba a encontrar algo que no quería ver! ¡¡Sal de ahí!! ¡¡AHORA MISMO!!

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La verdad que cruzó la línea telefónica

En ese momento, Daniel sintió que la realidad se le doblaba como papel mojado.

Alguien había llamado a su hermana desde su número. Desde su propio celular, que estaba en su mano. Con una voz desconocida. Con un mensaje amenazante contra su propia hermana.

—Moni, escúchame, voy a salir ya. Pero necesito que te calmes y que llames a la policía, ¿ok? No cuelgues, quédate conmigo en la línea…

—¡No cuelgues! —suplicó ella—. ¡Pero date prisa, por favor!

Daniel echó a andar hacia la puerta principal, con el teléfono pegado a la oreja, iluminando el camino con la linterna. Pero su pie derecho se detuvo en seco cuando el haz de luz rozó el espejo del recibidor.

Dentro del espejo, justo detrás de su reflejo, una silueta oscura se mantenía de pie, observándolo fijamente.

—Oh, Dios… —susurró Daniel, sintiendo que sus rodillas se aflojaban.

Se giró de golpe, esperando encontrar a alguien ahí, listo para defenderse. Pero delante del espejo no había absolutamente nada. Solo la pared vacía y las paredes desnudas del recibidor.

—¿Daniel? ¿Qué pasó? ¿Qué viste? —preguntó Mónica al otro lado, desesperada.

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—Nada… nada, creo que vi un gato —mintió Daniel, pero su voz temblaba demasiado para que su hermana le creyera.

—¡Daniel, no te mientas! ¡Yo sé cómo suena cuando estás asustado! ¡Escuché lo que dijiste!

—Moni, en serio, ya voy para afuera…

Pero cuando extendió la mano hacia la manija de la puerta principal, algo llamó su atención en el suelo.

Un papel.

Un papel blanco, doblado en cuatro partes, deslizado por debajo de la puerta. Como si alguien lo hubiera empujado desde afuera hacia adentro.

Daniel lo recogió con mano temblorosa, abriéndolo con dedos torpes mientras sostenía el teléfono con la otra mano.

Escrito con letras rojas, apuradas, casi violentas, decía:

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«No debiste despertarte…»

Daniel soltó el papel como si quemara. Sus ojos recorrieron la puerta principal, el pasillo, la sala oscura más allá. ¿Quién había escrito eso? ¿Cuándo? La puerta estaba cerrada con seguro, con cadena, con todo. Nadie pudo haber entrado.

Nadie pudo.

Eso pensaba él hasta que su teléfono, sin que él pudiera evitarlo, marcó espontáneamente un número, mientras una respiración ronca empezó a escucharse por el auricular.

—¿Aló? —preguntó Daniel, con un hilo de voz.

La respiración continuó por un segundo. Dos. Tres.

Y entonces, una voz que parecía salida del fondo de un pozo, seco y antiguo, le dijo:

—No debiste responder, hijo. Ahora ya sabes que no estás solo.

Daniel miró la pantalla de su teléfono y casi se desmaya.

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El número que aparecía en la llamada en curso era el suyo propio.

Su propio número, llamándose desde su propio teléfono.

—¿Qué carajo…? —alcanzó a decir antes de que la llamada se cortara y las luces de toda la casa, absolutamente todas, se apagaran de golpe.

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