Continuamos exactamente donde la oscuridad se tragó la casa…
Daniel se quedó paralizado en medio de la penumbra absoluta, con el teléfono en la mano convertido en una linterna inútil de batería agonizante. porque la pantalla había empezado a parpadear, mostrando interferencia estática como si estuviera dentro de una tormenta eléctrica.
—¡Moni, ¿sigues ahí?! —gritó, pero del auricular solo salía un silbido agudo, intermitente, como radio mal sintonizada.
Entonces la estática se transformó en un susurro. Un susurro masculino, antiguo, que apenas podía descifrarse:
«…ya estoy dentro de ti… ya estoy dentro de tu casa…»
—¿QUIÉN ERES? —rugió Daniel, más por miedo que por valentía—. ¡¡DIME QUIÉN ERES!!
El susurro se convirtió en una risa seca, sin alegría, que hizo que la piel de Daniel se erizara completa.
«Yo era tú, hace mucho tiempo…»
La llamada se cortó. Daniel miró la pantalla muerta de su celular y sintió que el piso se movía bajo sus pies, aunque no se estaba moviendo nada. Solo su mente, buscando desesperadamente una explicación lógica que no encontraba.
—Solo es mi imaginación. Solo es una broma pesada. Solo es…
Un crujido. Del fondo del pasillo, proveniente de la pieza de su madre.
Pero su madre había muerto hace siete años.
La sombra que no se movía como la gente normal
Daniel encendió la linterna del teléfono de nuevo, maldiciendo en silencio que la batería estuviera al tres por ciento. El haz de luz apenas si alcanzaba a iluminar unos pasos frente a él, creando sombras retorcidas que danzaban contra las paredes.
—Mamá… ¿eres tú? —preguntó, con la voz apenas un susurro ronco.
Porque en ese momento, en su cabeza llena de miedo y confusión, la única explicación que le parecía remotamente posible era que el espíritu de su madre anduviera rondando. Después de todo, ella siempre le decía que nunca lo iba a dejar solo.
La puerta de la habitación estaba entreabierta. Daniel la empujó lentamente, con el brazo extendido, listo para echarse para atrás si veía algo inusual.
Y lo vio.
En el centro de la habitación, iluminada por la luz azulada de la Luna que entraba por la ventana, había una figura arrodillada. Una mujer, con un vestido blanco viejo, de esos que usaban las abuelas para dormir. Tenía la cabeza gacha, el cabello largo y revuelto tapándole el rostro.
—¿Mamá…? —repitió Daniel, esta vez con la voz más suave, más esperanzada.
La figura levantó lentamente la cabeza.
Y el rostro que miró hacia él no era el rostro de su madre. No era ningún rostro humano que Daniel hubiera visto jamás.
Era su propio rostro. Pálido, demacrado, con los ojos vacíos, negros como dos pozos profundos.
—¡Hijo de puta! —gritó Daniel, dando un salto hacia atrás que lo hizo chocar contra la pared del pasillo.
La figura se puso de pie con un movimiento brusco, desarticulado, como si sus huesos no estuvieran conectados correctamente. Y comenzó a caminar hacia él. Pero no caminaba. Flotaba. Sus pies rozaban el piso apenas, dejando tras de sí un rastro húmedo y brillante.
Las huellas. Las mismas huellas que Daniel había visto antes. Ahora sabía quién las había dejado.
—¡Quédate ahí! ¡No te acerques! —gritó Daniel, sosteniendo el teléfono frente a sí como si fuera un arma, aunque sabía que no servía de nada.
La criatura con su rostro se detuvo a unos tres metros de él. Inclinó la cabeza hacia un lado, como un perro observando algo curioso. Y abrió la boca.
—Soy lo que no pudiste ser —dijo la voz, la misma voz ronca y antigua de la llamada—. Soy el que llama desde adentro. Soy el que vive en los espejos. Soy tú… cuando te quedas demasiado tiempo en la oscuridad.
La verdad que la policía encontró al amanecer
Daniel no supo cuánto tiempo pasó encerrado en el baño pequeño de visitas, con la puerta atrancada con una silla y las rodillas contra el pecho, escuchando cómo esa cosa rondaba afuera, raspando las paredes con uñas que él sabía imposibles de afilar.
Trató de recordar las oraciones que le enseñó su abuela. Trató de hacer la señal de la cruz una docena de veces. Nada parecía detener esa sensación de tener los ojos de la criatura clavados en él, incluso a través de la puerta.
Cuando los primeros rayos del sol se colaron por la rendija de la ventana del baño, todo se volvió silencio.
Los ruidos cesaron. El aire se calentó. Y Daniel, agotado y temblando, logró arrastrarse hasta la puerta principal y salir de esa casa maldita.
La luz del día lo golpeó como una bendición. Vio a sus vecinos saliendo a sus trabajos, al señor Martínez regando sus plantas, a los niños esperando el camión de la escuela. La vida normal continuaba afuera. Adentro, la pesadilla.
—¿Qué haces despierto a esta hora, mijo? —le preguntó la señora Rosa de la casa de enfrente, con su eterna curiosidad de vecina chismosa.
Daniel intentó sonreír. Le salió una mueca torcida.
—Nada, doña Rosa, andaba… andaba sin luz. Se me fueron los fusibles.
Ella lo observó con una mezcla de lástima y sospecha, pero no insistió. Y de inmediato, Daniel buscó a un amigo para que lo llevara a la comisaría del barrio. La policía lo recibió con caras de escepticismo. De hecho, más de uno en la mesa de guardia se sonrió con disimulo mientras él contaba su historia.
—¿Entendés lo increíble que suena lo que estás diciendo, joven? —dijo el oficial Martínez—. Un doble. Fantasmas. Llamadas de tu propio teléfono. Todo esto puede ser una pesadilla o una broma de algún conocido con mucha imaginación.
Daniel les mostró su teléfono muerto. Les mostró el papel arrugado en su bolsillo. Les mostró las marcas rojizas que llevaba en los brazos de haber estado apretando su propia piel mientras escuchaba las voces.
Finalmente, un oficial de mayor rango accedió a ir con él hasta la casa.
—Pero si no encuentro nada raro, usted me va a pagar el postre con el que iba a desayunar, ¿claro?
Lo que encontraron al entrar los dejó mudos a todos.
El interior de la casa de Daniel lucía perfectamente normal. Sin huellas de agua, sin papeles extraños, sin siluetas aberrantes. Pero en la puerta del estudio, alguien había pintado una gran X roja con lo que parecía ser… pintura de aceite.
Y al lado del letrero, con letra pequeña y firme:
«El que tiende su cama con demonios, amanece con sus dientes en la garganta.»
En ese momento, exactamente en ese momento, el teléfono del oficial comenzó a sonar. Su cara se descompuso cuando miró la pantalla.
—¿Cómo tiene mi número personal? ¿Quién está llamando? —murmuró mientras aceptaba la llamada con gesto confundido.
—Oficial —dijo una voz al otro lado, profunda y cristalina como un vaso roto—. Mire hacia adentro del espejo del vestidor. Ahí va a entender por qué su hija no contesta sus mensajes desde hace dos días.
El oficial miró a Daniel con los ojos desorbitados y corrió hacia el interior de la casa.
Y entonces, Daniel entendió que esto no se trataba de él. Que esta presencia, esa cosa que lo había estado aterrorizando, estaba buscando algo más: expandir su territorio a otros cuerpos. A otras almas.
—¡Tendrás que pasar por encima de mí! —le gritó Daniel a la casa vacía, con la voz rota por la rabia y el llanto.
Pero una risa seca, la misma risa seca de aquella llamada, resonó desde el fondo del pasillo, como respuesta burlona.
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