Estás en la parte 2: la historia continúa…
Roberto cruzó el umbral de la puerta trasera del restaurante, pero no se dirigió a la camioneta de Mateo. Se detuvo en la penumbra del callejón, donde el olor a lluvia reciente y asfalto mojado llenaba el ambiente. A unos veinte metros, el motor de un sedán negro roncaba como un animal hambriento. Los faros se encendieron de golpe, cegándolo por un instante.
Dos hombres de gran estatura bajaron del vehículo. Vestían chaquetas de cuero y se movían con esa confianza brutal de quienes están acostumbrados a imponer su voluntad mediante el miedo. Detrás de ellos, saliendo de las sombras de un edificio contiguo, apareció Sandra.
Su rostro ya no mostraba la falsa molestia de la cena. Ahora tenía una expresión de triunfo absoluto. Se cruzó de brazos, dejando que el viento nocturno jugara con su cabello perfecto.
—Vaya, Roberto. Pensé que el mocoso del mesero te convencería de esconderte entre las bolsas de basura —dijo ella con una risa estridente que cortaba el silencio de la noche—. Pero siempre fuiste un orgulloso. Un orgulloso tonto.
Roberto permaneció inmóvil. Sus manos estaban metidas en los bolsillos de su abrigo. La lluvia empezó a caer suavemente, goteando desde el ala de su sombrero imaginario, dándole un aspecto de figura de película antigua, de esas donde el héroe sabe algo que los villanos ignoran.
—Sandra, todavía tienes una oportunidad —dijo Roberto con una calma que descolocó a los dos matones—. Detén esto ahora. Vuelve adentro, terminemos la cena y mañana firmaremos el divorcio de manera civilizada. Te daré lo que es justo, pero no permitas que esto pase de aquí.
La mujer soltó una carcajada que terminó en un gesto de asco.
—¿Lo que es justo? ¡Lo que es justo es que todo sea mío! He soportado diez años de tu aburrida vida, de tus cenas silenciosas y de tu estúpida bondad. Estos señores no están aquí para negociar, Roberto. Están aquí para asegurarse de que firmes la cesión total de bienes y el traspaso de las cuentas en las Islas Caimán. Y después… bueno, después podrás tomarte unas vacaciones permanentes.
Uno de los hombres, el que parecía el líder, se adelantó. Tenía una cicatriz que le cruzaba la mejilla y jugaba con una navaja automática, haciéndola chasquear rítmicamente.
—Ya oíste a la jefa, abuelo. No lo hagas difícil. Firma los papeles que están en el auto y quizás te dejemos caminar hasta el hospital por tu propia cuenta. Si te resistes, mi amigo aquí presente tiene órdenes de ser creativo con tus dedos.
Roberto bajó la cabeza un momento, como si estuviera reflexionando. En realidad, estaba contando. Estaba escuchando los sonidos de la ciudad, identificando los motores que se acercaban por la calle lateral.
—Es curioso —dijo Roberto, levantando la vista de nuevo—. Siempre pensé que si algún día me traicionabas, sería con alguien más inteligente. Estos dos parecen sacados de una audición de bajo presupuesto.
El matón de la cicatriz frunció el ceño y se lanzó hacia adelante, cerrando la distancia en tres zancadas. Estiró su mano para sujetar a Roberto por la solapa, pero en un movimiento tan rápido que los ojos de Sandra no pudieron seguir, Roberto atrapó la muñeca del hombre. Se escuchó un crujido seco, como el de una rama rompiéndose en invierno.
El grito de dolor del matón fue ahogado por la mano libre de Roberto, que presionó un punto nervioso en el cuello del atacante, dejándolo caer de rodillas, sin aire. El otro hombre, al ver a su compañero neutralizado en segundos, sacó una pistola de su cinturón.
—¡Quieto ahí, maldito! —gritó el segundo matón, con las manos temblorosas.
Sandra retrocedió, su rostro de triunfo transformándose en una máscara de confusión y pánico.
—¿Qué… qué estás haciendo, Roberto? ¿Quién eres tú? —tartamudeó ella.
Roberto no respondió. Simplemente se quedó ahí, frente al arma cargada, sin un ápice de miedo. En ese momento, las luces de cuatro camionetas negras de alta gama giraron en la esquina del callejón, bloqueando cualquier salida. De los vehículos bajaron hombres uniformados, pero no eran policías. Eran profesionales de seguridad privada, con el emblema de una empresa que Sandra reconoció de inmediato: la corporación que su esposo supuestamente solo «dirigía» desde una oficina aburrida.
—Se acabó el teatro, Sandra —dijo Roberto, mientras sus hombres rodeaban el lugar con una eficiencia quirúrgica—. Ustedes pensaron que yo era un hombre sumiso porque permitía que tus caprichos se cumplieran. Pero confundiste mi paciencia con debilidad. Confundiste mi amor con ceguera.
El hombre armado soltó su pistola al ver que doce cañones apuntaban directamente a su cabeza. Se puso las manos tras la nuca y se dejó caer al suelo. Sandra, acorralada contra la pared de ladrillos, empezó a temblar.
—Roberto, mi amor… esto es un malentendido… yo solo quería asustarte para que reaccionaras, para que volvieras a ser el hombre fuerte que conocí… —empezó a decir ella, con las lágrimas de cocodrilo asomando en sus ojos.
Roberto se acercó a ella. No había odio en su mirada, solo una decepción profunda y final. Sacó del bolsillo las llaves que Mateo le había dado y se las mostró.
—Este muchacho, un extraño que apenas gana el salario mínimo, estuvo dispuesto a arriesgar su trabajo y su seguridad para salvarme porque vio en mí a un ser humano. Tú, que dormiste a mi lado durante una década, estuviste dispuesta a venderme por unos ceros en una cuenta bancaria.
Roberto hizo una pausa y volvió a mirar a la cámara, a nosotros, que seguíamos cada segundo de esta tensión insoportable.
—¿Quieren ver qué pasa cuando una serpiente se da cuenta de que el nido que intentó destruir pertenece a un dragón? —preguntó con una sonrisa amarga—. Prepárense, porque la justicia es un plato que se sirve frío, pero esta noche, va a arder.
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