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Una llamada a medianoche: lo que Andrés vio junto a la ventana lo dejó sin aliento

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Llegaste a la parte final de la historia, y aquí se revela por fin qué era aquella cosa de barro y sombra…

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El padre de Andrés, don Emiliano Mendoza, se quedó parado en el umbral con las llaves aún en la mano, blanco como el papel. Miró el charco de tierra, luego a su hijo, luego la puerta entreabierta detrás de la cual se veía el jardín oscuro de la casa.

—Lo siento —dijo, y su voz se quebró como no se quebraba desde la muerte de su esposa—. Lo siento tanto, hijo.

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Andrés no entendía nada. Entre la adrenalina, las lágrimas, el miedo y la furia, solo pudo dejar caer la navaja y la linterna al suelo y dejarse caer de rodillas, con la cabeza entre las manos.

—No puede ser que eso haya pasado —susurró—. No puede ser.

Don Emiliano cerró la puerta con varias vueltas de seguro, fue a la cocina, sirvió dos vasos de agua y se sentó en el sillón frente a su hijo. Se tomó unos segundos antes de hablar, y cuando lo hizo, su voz era la de un hombre que carga con años de secretos a cuestas.

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—Cuando tu mamá se enfermó —empezó—, ella me hizo prometerte que lo que viera, no debía asustarte. Yo nunca entendí exactamente qué fue lo que vio. Ella decía que eran «los hombrecitos». Así los llamaba. Los hombrecitos de barro. Me hizo repetirte que no son personas, que no son ánimas, que no vienen a hacer bien ni a hacer mal. Vienen a quedarse en los lugares donde hay un hueco.

—¿Un hueco? —repitió Andrés sin levantar la cabeza.

—El hueco que deja la gente cuando se va. El hueco de la ausencia, hijo. Ellos se alimentan de las casas donde alguien se fue y no se despidió del todo. Tu mamá los vio antes de irse. Y por eso no tuve el valor nunca… nunca de dejar la casa sola, de hablarte de ella, de mirarme al espejo de este cuarto sin sentir que estaba ahí.

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Andrés alzó la vista. Su padre parecía diez años más viejo, con los ojos humedecidos y el cuerpo encogido.

—Entonces, ¿siempre supiste lo que era? —preguntó.

—Yo sabía que había algo. Pero no sabía que era tan astuto. Las voces, los ruidos, la puerta que se golpeaba sola… los escuché desde la muerte de tu madre. Me callaba cada vez, para no asustarte. Y cuando empezó este viaje, dejé la casa sola por primera vez. Nunca debí hacerlo.

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Andrés se levantó lentamente, con las piernas aún temblorosas, y sin decir una palabra, caminó hacia el fondo del pasillo. Se detuvo frente a la puerta de la habitación de sus padres, aquella que él no cruzaba desde el entierro de su madre, como si un cordón invisible se lo impidiera. Con el corazón yendo a mil, empujó la puerta.

El cuarto estaba perfectamente limpio, pero había algo más que polvo en el aire. Andrés lo sintió de inmediato: una presencia, una vibración, un peso invisible apoyado sobre los muebles, como si alguien estuviera sentado en la mecedora de la abuela junto a la ventana.

—Mamacita… —murmuró Andrés, y al pronunciar esa palabra, el viento nocturno se coló por la rendija de la ventana y movió las cortinas.

Pero al lado de la cama había una fotografía. La foto de los tres: su padre, su madre y él, tomada en la playa cuando era un niño. En esa foto, detrás de la familia, distante, entre las rocas de la orilla, había una diminuta figura de barro, sonriente, como si saludara a la cámara.

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Andrés se agarró del marco de la puerta, sintiendo un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. La foto había estado colgada allí tantos años, y nadie, nunca, se había percatado de esa figura.

—Es que nunca nos fuimos del todo de ese lugar —dijo su padre, apareciendo detrás de él con la voz apagada—. Ni tu madre ni yo. Y los hombrecitos saben dónde están esas huellas.

Andrés se giró, y por primera vez en toda la noche, miró a su padre directamente a los ojos. No con miedo, no con rabia, sino con una compasión que le sorprendió a sí mismo.

—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó.

Su padre respiró hondo y, con un gesto que le recordó a cuando era niño y lo abrazaba tras una pesadilla, puso una mano sobre su hombro.

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—Los hombrecitos tienen miedo a una sola cosa —dijo—: a que los miren sin miedo. Cuando tu madre los enfrentó, se volvieron mansas. Los miró a los ojos, les dijo «ustedes también cansaos estarán» y les ofreció un vaso de agua. Nunca volvieron mientras ella los atendió así.

Andrés soltó una risa entrecortada, entre lágrimas y asombro. Sonó tan absurdo, tan surrealista, tan humano, que el terror de la noche empezó a disolverse como el barro aquel se había disuelto en el suelo.

—Entonces… —dijo Andrés, tragando saliva—. ¿Les ofrecemos agua?

Su padre sonrió cansado.

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—Eso hicimos una vez. Puede que funcione otra vez. Pero necesito que me ayudes, hijo. Necesito que no te encierres más en ojito, ni pongas música fuerte para no oír los ruidos. Necesito que aprendas a quedarte. Que aprendas a mirar la casa como un lugar vivo, no como un hueco.

Y esa noche, mientras el padre y el hijo se sentaban en la cocina con dos vasos de agua sobre la mesa, con las ventanas abiertas de par en par y las luces encendidas, el silencio que reinaba en la casa ya no tenía el mismo peso.

La luna brilló completa, la brisa entró fresca, y en algún lugar del jardín, entre el pasto crecido, las pequeñas figuras de barro se alejaron caminando en hilera, desvaneciéndose en la noche.

Javier, el hijo que había heredado la casa, no vio aquella escena, claro. Se despertó a la mañana siguiente con el olor de café recién hecho y con el sonido de la risa de su padre por primera vez en años.

Pero sé que tú, que leíste hasta aquí, cuando vuelvas a mirar una foto antigua, con una casa vacía o un clóset que no abres desde que alguien se fue, recordarás a los hombrecitos de barro.

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Y quizá, cuando los sientas cerca, solo tengas que mirarlos sin miedo y ofrecerles un vaso de agua.

Porque los monstruos, a veces, solo tienen hambre de compañía.

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