Continuamos con la historia donde la dejamos: la señal se rompió, el teléfono calló, y Andrés sintió un frío que le paralizó los huesos…
El aire en la sala se volvió denso, casi palpable. Andrés apretó los puños para detener el temblor de sus manos y se obligó a pensar con claridad. Su padre le había enseñado algo más que juegos de escondidas; le había enseñado que el miedo era un animal que se alimentaba de la inacción.
—¿Quién anda ahí? —preguntó con la voz más firme que pudo reunir, aunque sonaba a eco en la oscuridad.
El teléfono seguía en el suelo, con aquella oración cortada que se repetía como un disco rayado, hasta que finalmente la batería se agotó y el silencio se hizo absoluto.
Y con el silencio, llegó el otro sonido.
Un crujido. Paso tras paso sobre las tablas del pasillo que llevaba desde la cocina hasta la sala. No era un paso torpe, casual, no. Era un andar lento, deliberado, el que despliega alguien que disfruta sabiendo que lo escuchas acercarse.
Andrés retrocedió hasta tropezar con un sillón y, sin pensarlo dos veces, se agachó y metió la mano debajo del asiento. Allí, en el fondo de un cajón de herramientas que su padre insistió en dejar «por si acaso», encontró la caja metálica. La abrió con dedos torpes: linterna, cinta americana, un encendedor, y una navaja de montaña que su papá usaba en sus excursiones. La hoja estaba fría, y al rozarla, Andrés sintió que por primera vez en esa noche tenía algo a lo cual aferrarse.
El crujido se detuvo.
Desde el pasillo, brillando apenas con un tono lechoso y opaco, emergió una silueta baja, achaparrada. No medía más de un metro y medio, pero su presencia llenaba el espacio como si hubiera crecido hasta el techo. Los ojos de Andrés se ajustaron a la penumbra y, uno a uno, fueron descubriendo los detalles que jamás olvidaría.
Piel del color del barro seco. Dedos demasiado largos, con uñas negras y quebradas. Una boca que se abría en una sonrisa tan amplia que parecía partirse la cara en dos.
—¿Ya me reconoces? —preguntó con una voz que no era humana, un chorro de aire y madera que sonaba como si alguien respirara dentro de un tronco hueco—. Soy el que se esconde en los sótanos de los que se van. Y ahora que tu padre no está, yo soy el que se queda.
Andrés encendió la linterna y la dirigió directamente hacia la criatura. Lo que vio le provocó una náusea repentina y un terror que le subía desde el estómago.
La criatura llevaba puesta una chaqueta. La chaqueta de su padre. La vieja desteñida, la que llevaba siempre a sus caminatas de los domingos, la que estaba colgada en el clóset antes de que él saliera de viaje.
—¿Esta ropa? —dijo la criatura, leyendo su pensamiento con una precisión espeluznante—. No es ropa, hijito. Es una capa. De manera que las apariencias siempre engañan, ¿verdad? Ya te dije que soy lo que vuelve.
Los ojos de la cosa parpadearon en diagonal, uno después del otro, y Andrés comprendió algo que le rompió el último hilo de cordura que le quedaba:
Esto no era un juego de terror de los que lo asustaban en la infancia.
Esto era un cazador que se disfrazaba de recuerdo.
—¿Qué le hiciste a mi papá? —gritó Andrés, apuntando la navaja con la mano sudada—. ¿Dónde está?
La cosa rio. Una risa que no venía del pecho, sino del vientre, y que olía a tierra mojada y podredumbre.
—¿Tu papá? Tu papá sigue en su viaje, camino a casa, como cada año. Pero yo llegué primero. Porque yo siempre llego primero cuando alguien está solo. Es más fácil colarse por la puerta que no se cierra del todo, ¿entiendes?
Andrés entendía demasiado bien.
Desde que su madre murió, su padre había caído en una rutina de viajes de trabajo cada vez más largos. Y Andrés, a sus veintiséis años, había aprendido a vivir en esa soledad: las cenas frías frente a la televisión, las llamadas de los domingos que se hacían cada vez más cortas, las luces de la casa que él prendía con una excusa tras otra para no sentir el vacío.
Y era en esas rendijas emocionales, precisamente, por donde se filtraban las cosas oscuras.
—No vine a lastimarte, Andrésito —dijo la criatura, dando un paso hacia él—. Vine a hacerte compañía. Y nadie tiene que sentirse solo nunca más.
Entonces la criatura levantó el brazo, y en su mano había un viejo retrato. Era de su madre. María, joven, con el cabello recogido y aquella sonrisa llena de vida que siempre ilusionó a todos a su alrededor.
—Ella también me vio una vez —susurró la cosa—. Me vio por la ventana del patio, temblando en la noche. Y elegiste creerle cuando te dijo que era una pesadilla. Pobre Maricarmen.
Andrés sintió que el mundo se le derrumbaba en un solo segundo.
—¿Qué le hiciste? —repitió, esta vez con la voz quebrada en un hilo.
—Nada. Yo no hago nada. Yo solo aparezco. Las personas deciden el resto. Ella se apagó porque su corazón no aguantó saber que algo la esperaba, que algo la estaba esperando a ella. No fui yo. Fue el miedo.
Las lágrimas de Andrés cayeron al suelo, y por primera vez en toda su vida, sintió el peso completo de esos tres años de duelo silencioso, de esas noches en las que no quería abrir el clóset por miedo a lo que encontrara, de esas veces que veía reflejos en los espejos de la casa que no podía explicar.
Y justo en ese momento, cuando el llanto lo cegaba y sus fuerzas parecían agotarse, un nuevo sonido irrumpió desde afuera.
El sonido de un motor. Las luces de un auto entrando a la cochera. Y una voz familiar que gritaba desde el portón:
—¡Andrés! ¡Hijo! ¡Apártate de la ventana!
Al otro lado de la puerta, la voz del auto tenía un tono menos perfecto, más rasposo, más humano. Y Andrés, con el corazón desbocado, no supo si era real o si era otro truco de la criatura que seguía sonriendo frente a él.
—Mira nada más —dijo la cosa con un brillo perverso en los ojos—. Parece que la familia se está reuniendo esta noche.
Y sin previo aviso, su cuerpo de barro comenzó a deshacerse como si se secara al sol, goteando sobre la alfombra hasta reducirse a un charco de tierra y sombra.
La puerta principal se abrió de golpe, y la figura de su padre apareció en el umbral, despeinado, con la camisa arrugada y una expresión que Andrés no le había visto nunca: puro y terrible terror mezclado con alivio.
—¿Estás bien? —dijo, jadeando—. Dime que estás bien, hijo.
Andrés no respondió. Solo señaló el charco de barro que se deshacía en el suelo y que, poco a poco, se deformaba dibujando una última imagen antes de evaporarse: la silueta de una pequeña criatura sonriente, levantando la mano en un saludo burlón.
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