Estás en la parte 2: la historia continúa y el velo de mentiras se rasga por completo…
El mundo se detuvo. El sonido del viento entre los árboles desapareció, el llanto de la pequeña niña de Karina se volvió un eco lejano y la figura de Alejandro comenzó a desdibujarse ante mis ojos llenos de lágrimas. No podía ser. No era posible que el hombre con el que había compartido mi cama, mis secretos y mis sueños durante los últimos dos años fuera un extraño total. Un impostor.
—¡Eres un miserable! —el grito de mi padre retumbó en todo el jardín.
Vi a mi padre acercarse con el rostro encendido de furia. Sus pasos pesados hacían crujir la grava. Por un momento, pensé que iba a golpear a Alejandro allí mismo, frente a todos. Alejandro retrocedió, tropezando con el arco de rosas que tanto me había costado elegir. Algunas flores cayeron, marchitándose instantáneamente sobre su hombro.
—¡Papá, no! —alcancé a decir, pero no por defender a Alejandro, sino porque no quería que mi padre se manchara las manos con alguien tan insignificante.
Me giré hacia Alejandro, ignorando el caos que empezaba a desatarse entre las familias. Los invitados estaban de pie, algunos grabando con sus teléfonos, otros cubriéndose la boca con horror. La humillación era total, pero en ese momento, el orgullo me importaba poco. Lo que me dolía era el vacío en el pecho, el darnos cuenta de que mi vida entera había sido una construcción de humo.
—¿Por qué? —le pregunté, con una calma que me asustó a mí misma—. ¿Por qué llegar tan lejos? Podrías haberme dejado. Podrías haber sido honesto desde el primer día. ¿Por qué vestirme de blanco, traer a mi familia, gastar una fortuna en una mentira que sabías que iba a estallar?
Alejandro finalmente habló, y sus palabras fueron como sal en una herida abierta.
—Porque contigo era diferente, Mariana —dijo, intentando acercarse, intentando tocar mi brazo. Retrocedí como si su tacto fuera veneno—. Con Karina… las cosas se pusieron difíciles. Los niños, las deudas, la rutina… me sentía asfixiado. Cuando te conocí, sentí que podía empezar de cero. Que podía ser el hombre que siempre quise ser.
—No se empieza de cero construyendo sobre los cadáveres de otras personas, Alejandro —le dije, sintiendo cómo las lágrimas finalmente desbordaban mis ojos—. No puedes ser «el hombre que siempre quisiste ser» si ese hombre es un mentiroso y un cobarde que abandona a sus hijos emocionalmente para jugar a la casita con otra mujer.
Karina, que seguía firme en su lugar, intervino de nuevo. No parecía disfrutar del todo mi dolor, pero había una satisfacción fría en sus actos.
—No solo los abandonó emocionalmente, Mariana. La semana pasada sacó los ahorros de la cuenta de los niños. Los ahorros para su educación. ¿Sabes para qué los usó? —ella señaló el enorme pastel, las flores importadas y el cuarteto de cuerdas que ahora guardaba silencio—. Los usó para pagarte este anillo. Para pagarte esta farsa.
Miré el diamante en mi mano izquierda. La joya que yo creía un símbolo de amor eterno brillaba bajo el sol, pero ahora me parecía una piedra maldita. Era el dinero de esos niños. Era el futuro de dos criaturas inocentes que estaban allí paradas, viendo cómo su padre se desmoronaba.
—¡Toma tu anillo! —me lo arranqué con tanta fuerza que me lastimé el nudillo y se lo arrojé al pecho—. ¡Tómalo y devuélveles su dinero!
El anillo rebotó en su esmoquin y cayó entre el césped. Alejandro ni siquiera intentó recogerlo.
—Mariana, escúchame… podemos arreglarlo. Yo puedo divorciarme ahora de verdad. Podemos irnos lejos, empezar de nuevo en otra ciudad… —su desesperación era patética.
—¿Escuchas lo que estás diciendo? —le dije, sintiendo una punzada de asco—. ¿De verdad crees que después de esto hay un «nosotros»? Has destruido a dos familias hoy. Has usado a tus hijos, has engañado a tu esposa y me has convertido en la «otra» frente a todas las personas que amo.
En ese momento, la madre de Alejandro, doña Elena, se acercó. Yo siempre la había visto como una mujer dulce, la suegra perfecta que me enviaba recetas y me llamaba «hija». Pero cuando llegó al altar, no me miró a mí. Miró a Karina con una frialdad que me dejó helada.
—Karina, ya tuviste tu momento de gloria. Vete de aquí con esos niños y deja que mi hijo resuelva su vida —dijo la señora, con una voz cargada de veneno.
Yo me quedé petrificada.
—¿Usted lo sabía? —le pregunté a doña Elena, sintiendo una nueva capa de traición—. ¿Usted sabía que ellos seguían casados? ¿Usted conocía a estos niños?
Doña Elena dudó por un segundo, pero luego levantó la barbilla con arrogancia.
—Mariana, querida, los hombres a veces cometen errores. Alejandro solo quería ser feliz contigo. Karina es una mujer resentida que no sabe soltar. No dejes que esto arruine tu día. El padre está aquí, los invitados están aquí… podemos firmar un compromiso simbólico hoy y legalizarlo después.
La audacia de sus palabras me dejó sin aliento. No era solo Alejandro. Era toda su familia. Me habían tendido una trampa, me habían envuelto en una red de complicidad para que Alejandro pudiera tener su «vida nueva» sin soltar los beneficios de la anterior.
—Ustedes están enfermos —susurré, mirando a la mujer que alguna vez llamé «mamá Elena»—. Todos ustedes son cómplices de esta basura.
Karina soltó una carcajada amarga.
—¿Ves, Mariana? Te lo dije. Para ellos, yo soy el problema por reclamar lo mío, y tú eres solo el trofeo nuevo que Alejandro quería lucir. Pero hay algo que doña Elena y Alejandro no te han dicho todavía. Algo que va mucho más allá de un acta de matrimonio o de unos ahorros robados.
Alejandro palideció aún más, si es que eso era posible. Intentó sujetar a Karina del brazo para sacarla de allí, pero mi padre y mi hermano intervinieron, poniéndose en medio.
—Deja que hable —ordenó mi padre, con una voz que no admitía réplicas.
Karina me miró directamente a los ojos, y por primera vez, vi una chispa de verdadera compasión en ella.
—Mariana, Alejandro no solo te mintió sobre nosotros. Te mintió sobre quién es él realmente. Él no es el exitoso arquitecto que te dijo. La empresa para la que supuestamente trabaja… fue liquidada hace dos años por fraude. El dinero que ha estado gastando, los lujos que te ha dado… no son suyos.
—¿De qué estás hablando? —pregunté, sintiendo que el abismo bajo mis pies se hacía infinito.
—La casa donde vives, Mariana… la que creías que él había comprado para los dos… está a nombre de mi padre. Y hay una orden de embargo que llega mañana. Alejandro te usó, Mariana. Te usó para pedir préstamos a tu nombre, usando tu historial crediticio impecable mientras tú estabas distraída con los preparativos de la boda.
El aire se me escapó por completo. Recordé los documentos que Alejandro me había pedido firmar hace unos meses. «Son para el seguro de la casa, mi amor», me había dicho con un beso en la frente. «Es para que todo esté a tu nombre por si algo me pasa». Yo, ciega de amor, firmé sin leer. Firmé mi propia sentencia de ruina financiera mientras él me sonreía.
Miré a Alejandro, buscando una negación, pero solo encontré el silencio de un criminal atrapado. Mi vida no solo estaba rota emocionalmente; estaba hipotecada a una mentira.
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