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La Última Vez Que Mi Hija Tocó un Trapeador en Esa Casa

7 min de lectura
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Estás en la parte 2 de la historia, justo donde la sala se convirtió en un campo de batalla.

El silencio se sostuvo por unos segundos que parecieron horas.

Valentina, con la cabeza gacha, siguió frotando el piso como si su vida dependiera de ello. Su pequeña figura de catorce años se veía aún más frágil desde donde estaba parado su padre, con el pecho subiendo y bajando a toda velocidad.

—Valentina, hija… levántate —la voz de Gerardo se quebró apenas al pronunciar esas palabras.

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Pero la niña no se movió.

Fue entonces cuando Rocío, con una lentitud que resultaba casi insultante, bajó los pies de la mesa y se incorporó apenas lo necesario para dirigirse a su esposo.

—Ay, Gerardo, no hagas un drama de esto —dijo con una sonrisa cínica que no alcanzaba sus ojos—. Estaba enseñándole a la niña a hacer las labores del hogar. ¿Qué tiene de malo? Una mujercita debe saber mantener su casa limpia.

Gerardo sintió que la sangre le hervía en las venas.

—¿Labores del hogar? —repitió, sintiendo cada sílaba como si fuera un trago amargo—. ¿Y esas dos? —señaló a Carla y Daniela, que seguían viendo la televisión como si estuvieran sordas—. ¿Ellas no necesitan aprender las mismas lecciones?

Rocío rió, una risa floja y nerviosa que llenó la estancia.

—Ay, mi amor, pero ellas ya saben hacer todo eso. Lo aprendieron desde pequeñas con su papá. Valentina es la que necesita ponerse al día.

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El corazón de Gerardo dio un vuelco.

Porque él conocía esa historia. Rocío siempre hablaba maravillas de su exmarido, un hombre que —según ella— había sido un padre ejemplar con sus hijas.

Pero Gerardo también sabía que Carla tenía diecinueve años y Daniela veintiuno.

Ambas eran adultas.

Ambas eran perfectamente capaces de tomar una escoba.

—Mentirosa —la palabra salió de los labios de Valentina casi en un susurro, pero se escuchó en toda la sala.

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—¿Qué dijiste, escuincle? —saltó Carla, apagando la televisión por fin.

—Dije… mentirosa —repitió Valentina, ahora más fuerte, levantando la cara con los ojos llenos de lágrimas pero la voz firme—. Porque a mis hermanastras nunca las has puesto a hacer nada. Ellas solo se la pasan en su cuarto con sus teléfonos mientras yo limpio, lavo, barro y cocino. Todos los días.

El aire se espesó.

Gerardo sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

—¿Qué? —preguntó, sintiendo que su propia voz le pertenecía a otro hombre—. ¿Desde cuándo haces todo eso, hija?

Valentina dejó caer la esponja al balde, y el agua salpicó el mármol recién fregado.

—Desde que se casaron, papá —respondió, y su voz se hizo pequeña, casi un hilo—. Todos los días, cuando te vas al trabajo, ella me despierta a las seis de la mañana para que prepare el desayuno para las cuatro. Cuando termino, me deja una lista de quehaceres. Si no los termino para cuando ellas se levantan, me quita la cena.

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Gerardo giró lentamente hacia su esposa.

Sus manos comenzaron a temblar.

—Rocío… dime que lo que acaba de decir mi hija es mentira.

La mujer se acomodó el cabello con una calma irritante, como si estuviera en una reunión social y no en una confrontación.

—Exagerada la niña, ya ves cómo son los chismes. Solo la estoy formando como una buena mujer. Cuando tú no estés, ella necesitará saber cuidar su casa.

—¡Mi hija no es tu sirvienta! —rugió Gerardo, y su grito fue tan fuerte que el candelabro de la sala vibró levemente.

Daniela, la menor de las hermanastras, se encogió en el sofá. Carla, en cambio, cruzó los brazos con descaro.

—Ay, padrastro, no se ponga así. Es solo trabajo de casa. A nosotras también nos tocaba hacerlo donde vivía nuestro papá.

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—¿Y por qué no lo hacen aquí? —disparó Gerardo con los dientes apretados.

El silencio que siguió fue ensordecedor.

Rocío abrió la boca para decir algo, pero Gerardo no le dio tiempo.

—Paren todo. Esto se acabó.

Caminó hacia Valentina, se arrodilló frente a ella con un esfuerzo que le costó la rodilla derecha, y tomó sus manos frías entre las suyas.

Eran manos de una niña. Manos chiquitas y suaves que nunca debieron conocer la aspereza de una esponja de cocina.

—¿Cuánto tiempo, Valentina? —susurró, buscando sus ojos—. ¿Cuánto tiempo llevas aguantando esto sin decirme nada?

La niña tragó saliva, y las lágrimas finalmente rodaron por sus mejillas.

—No quería verte triste, papá —dijo en un hilo de voz—. Extrañabas mucho a mamá y te veías feliz con ella. No quería arruinar las cosas.

Gerardo cerró los ojos con fuerza.

El dolor fue tan profundo que pensó que el pecho se le abriría en dos.

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Él, que se había desvivido por darle una madrastra que la cuidara, que se había esforzado por hacer que su hija no sintiera la ausencia de su madre, había metido un lobo dentro de su propia casa.

Lentamente, se puso de pie.

Sus ojos, ahora secos, se clavaron en Rocío.

—Rocío… quiero que empieces a hablar. Y quiero que sea verdad —dijo, y su voz sonó tan fría que hasta el aire pareció congelarse—. Porque voy a salir de esta habitación, voy a revisar el cuarto de Valentina, su ropa, sus cosas… y si encuentro algo que me confirme que mi hija ha estado viviendo como una criada mientras tus hijas viven como reinas… no habrá explicación que me detenga.

Ni una sola palabra más salió de la boca de nadie.

Ni siquiera el sonido de la televisión se atrevió a romper el silencio cuando Gerardo dio la espalda y caminó hacia el pasillo.

Su corazón latía con tal fuerza que podía escucharlo en sus oídos.

Cada paso hacia el cuarto de Valentina era un paso hacia una verdad que temía descubrir.

Y cuando abrió la puerta de esa habitación, la primera cosa que vio lo dejó paralizado.

En la cama, sobre la colcha rosa que él mismo le había comprado, había un bloc de notas.

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Abierto.

Escrito con la letra redonda y temblorosa de una niña de catorce años.

Lunes: limpiar baño completo, lavar ropa de Carla, coser botón de la camisa de Daniela.

Martes: cocinar desayuno para las cuatro, lavar platos, limpiar ventanas.

Miércoles: lavar ropa de la señora Rocío, planchar uniformes, sacudir muebles.

Y al final de cada día, una línea escrita con letra más grande, con una caligrafía apenas legible:

No llorar. Papá no debe saber.

Gerardo sintió que sus piernas flaqueaban.

Se agarró del marco de la puerta y respiró hondo varias veces porque creyó que iba a vomitar.

—¿Valentina? —llamó ronco.

Y en la sala, su hija respondió con la voz más decidida de toda su corta vida:

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—¡Ya voy, papá! ¡Todavía no termino de trapear el baño!

Esa frase lo rompió por completo.

Y fue justo ahí, en ese instante, que Gerardo supo exactamente qué era lo que tenía que hacer.

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