Continuamos donde la historia se puso más oscura…
La policía, un cuerpo de apenas tres efectivos dirigidos por el comandante Salas, era una institución del montón en un pueblo que nunca había necesitado más que resolver pleitos de borrachos y separar peleas de gallos. El secuestro de Valeria, la hija del hombre más rico de la región, los había tomado por sorpresa y ninguno sabía muy bien qué hacer.
Comandante Salas era un hombre medio, de esos que envejecen en el puesto sin aspirar a más. Tenía la barriga prominente, el bigote canoso y la mirada que siempre huía del conflicto. Pero esa noche, frente a doña Elena, algo en su interior se movió.
—Usted me está diciendo, doña Elena —dijo, frotándose la frente— que Juan Ramírez es el autor de todo esto. Que secuestró a su propia novia.
—Lo escuché con mis propios oídos, comandante. «Trabajo cumplido. Transfiera el pago». Esas fueron sus palabras. Y luego, cuando el padre llegó, lo vio llorar. Lo vio suplicar. Pero yo lo había visto comer vidrios antes de eso mismo.
Salas suspiró. Se rascó la cabeza.
—El padre ya me llamó esta tarde. Está dispuesto a pagar la fianza. Secuestro no es de nos… no es lo normal por aquí.
—Y usted, ¿qué piensa hacer?
El comandante la miró con ojos cansados.
—¿Qué quiere que haga? ¿Que lo detenga sin pruebas? Necesito más que el testimonio de una mujer.
Doña Elena le clavó una mirada de piedra.
—Soy la única persona en este pueblo que dijo que el señor Ramírez, el del almacén, estaba robando la caja fuerte y ustedes me ignoraron hasta que apareció el muerto. Si no me hubieran escuchado esa vez, el asesino hubiera escapado. ¿Cuántas veces más quiere que el pueblo pague por sus decisiones?
El comandante no respondió.
Pero esa noche no durmió.
—
Al día siguiente, la noticia del secuestro ya había recorrido el pueblo de boca en boca. En el mercado, en la iglesia, en la cantina. Cada quien daba su versión, cada quien opinaba, sobándose las manos nerviosas y mirando con sospecha a los forasteros.
Y en la casa de don Ricardo, mientras tanto, la desesperación tomaba formas distintas conforme avanzaban las horas. La madre de Valeria, doña Consuelo, una mujer delgada que jamás había sabido cómo era preocuparse por algo más que las comidas de los domingos, había caído en crisis. Lloraba por las esquinas de la sala, tiritando, rodeada de tías que rezaban el rosario en voz baja.
Don Ricardo no lloró. No le salían las lágrimas. Lo que le salía era esa furia fría de los hombres que no saben llorar.
—Tenemos que pagar el rescate —dijo, con el teléfono pegado a la oreja, hablando con el comandante Salas—. Pidieron diez millones de pesos. Los tengo. Pero quiero que mi hija vuelva a casa.
—Don Ricardo, tranquilo…
—¿Tranquilo usted me dice? ¡Me secuestraron a mi única hija, comandante! No me pida tranquilidad.
—Yo no le estoy pidiendo calma, le estoy pidiendo…
—Escuche —lo interrumpió el acaudalado padre—. Yo no soy un hombre que se queda de brazos cruzados. Tengo mis propios contactos. Tengo gente que me debe favores. Si la policía no sirve, me arreglo solo.
—No haga nada imprudente…
—Usted lo que debería hacer es investigar al novio de mi hija —lanzo don Ricardo con una calma inquietante—. Ese muchacho me pidió un préstamo hace dos meses. Se lo di. Me dijo que era para una inversión en ganado. Cuando pregunté por su negocio me dio largas. Ahora dígame, ¿un muchacho que no trabaja, que no tiene oficio y que anda con mi hija de la mano como novio, de dónde saca para pagar helados todos los días?
—Eso no significa que sea un secuestrador…
—Significa que es un sospechoso mucho más cercano que cualquiera de los hombres que usted está buscando. Y si usted no lo quiere ver, yo sí.
La llamada terminó sin respuestas claras. Pero don Ricardo ya había tomado una decisión.
Esa misma tarde, después de que Juan se marchara de la casa simulando angustia y jurando que iba a buscar a Valeria él mismo, un hombre corpulento de tatuajes en el cuello se presentó en el zaguán. Don Ricardo no dijo más de tres palabras. Un apretón de manos y el hombre se fue.
Dos horas después, el más puro estilo del hampa rural entró en acción: los chacales, que no entienden de finesse, ya estaban buscando pistas. Y una de las piezas que pronto cayó, con su propia confesión temblando en los labios, apuntaba directamente hacia Juan.
—
Mientras tanto, a unos cuantos kilómetros del pueblo, en una cabaña abandonada en medio de unos matorrales secos, Valeria esperaba con las manos atadas y un temblor que no podía controlar.
Tenía veintitrés años. Había estudiado contabilidad en la ciudad, había vuelto al pueblo para ayudar a su padre con los negocios. Era de esas jóvenes que no se detienen a preguntar cuántos muros han de cruzar: creía en la justicia, en el amor, en las segundas oportunidades. Y hacía un año, se había enamorado de Juan.
Él era distinto a los demás. Sonreía con facilidad. Hablaba bonito. Le decía mi cielo, mi vida, mi razón. Cuando la abrazaba, el mundo entero se quedaba quieto.
—Todo va a estar bien —le murmuró un guardia que le llevó agua—. Solo haz lo que te dicen y verás a tu papá pronto.
—¿Y mi novio? —preguntó ella con la voz rota—. ¿Sabe él que estoy aquí?
El guardia, un muchacho lampiño y de ojos vacíos, la miró como quien mira a una hormiga.
—Tu novio —dijo con una risa desagradable— es el que te mandó aquí.
Aquella noche, Valeria ya no durmió. Se quedó despierta, mirando el techo podrido, destrozando su mente entre recuerdos y sospechas. Y dentro de su corazón, un viento seco empezó a barrer los sueños de amor que tenía más adentro que la sangre.
A la mañana siguiente, la policía llegó a la cabaña.
No fue un asalto brillante, sino un operativo torpe pero efectivo, coordinado gracias a una llamada anónima. Cuando entraron, encontraron a Valeria en cuclillas, con las muñecas moradas de las ataduras, liberaron una especie de animal salvaje herido que agradecía por la puerta antes de preguntar por qué.
Pero lo que realmente cambió la partida ocurrió dos días después, en el mercado.
Juan apareció tratando de actuar normalmente, comprando fruta como si nada hubiera pasado, cuando sintió una mano en el hombro.
—Se acabó el juego —murmuró don Ricardo, que lo había estado siguiendo—. Traicione a mi hija otra vez y verá lo que es bueno.
Juan intentó sonreír. Pero fue una sonrisa falsa, como la de un perro pateado que intenta lamerse las heridas. Los ojos del padre brillaron con una oscuridad absoluta, y en ese momento, por primera vez, Juan sintió que la máscara se le caía.
El teléfono sonó en su bolsillo. Cuando contestó, la voz de Valeria le dijo, fría y cortante como un cuchillo:
—¿Quieres verme? Ven al río. Esta noche.
Y cortó.
Juan se quedó parado en medio del mercado, con el teléfono en la mano, el alma vibrando de nervios y la sonrisa muerta en los labios.
—¿Y bien, Juan? —preguntó doña Elena, apareciendo detrás de él—. ¿Vas a hacerte el valiente de nuevo o esta vez vas a dar la cara?
Juan apretó los dedos alrededor del teléfono y, mirando al horizonte que despedía una luz rojiza, caminó sin responder hacia el río.
—
Descubre el desenlace final tocando el botón siguiente 👇




