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La noche en que mi hijo me salvó de algo que no era humano

6 min de lectura
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Continuamos donde quedó la escena, porque esta historia todavía no termina.

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La silueta en la ventana se mantuvo inmóvil mientras nosotros corríamos por la calle desierta, con los pies descalzos y el corazón desbocado. Las luces de las casas vecinas estaban apagadas, las calles vacías, como si el mundo entero hubiera decidido dormir y dejarnos solos con lo que acabábamos de vivir.

—No mires atrás, papá. No mires atrás —me repetía Daniel mientras corría a mi lado, su mano sudorosa aferrada a la mía.

Pero yo no podía dejar de mirar. Algo en mi interior me obligaba a voltear, a confirmar que lo que había visto era real y no un producto de mi imaginación. Y cada vez que volteaba, la silueta seguía ahí, ahora en la ventana de la sala, observándonos desde la oscuridad de nuestra propia casa.

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—¿Qué es esa cosa, Daniel? —logré preguntar cuando llegamos a la esquina, sin aliento—. ¿Qué sabes que no me has dicho?

Daniel se detuvo. Su rostro estaba pálido bajo la luz del poste de la calle, y sus ojos tenían una expresión que jamás había visto en un niño de su edad. Algo parecido a la resignación. Algo parecido al miedo que viene de saber algo terrible.

—No es la primera vez que pasa, papá.

Sus palabras me golpearon como un puñetazo. Me detuve en seco y lo tomé por los hombros.

—¿Qué quieres decir con que no es la primera vez?

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—Empezó hace dos semanas. Yo estaba en mi cuarto haciendo la tarea, escuchando música, cuando escuché que me llamaban desde la cocina. Era tu voz, papá. Tu voz exacta, diciendo mi nombre.

Sentí que la sangre se me iba de la cara.

—Yo nunca te llamé desde la cocina. Esa noche estaba trabajando tarde.

—Lo sé. Lo supe cuando salí al pasillo y vi que la cocina estaba vacía. Luego la voz me llamó desde el baño. Y desde la puerta principal. Y desde mi propio armario.

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—¿Y por qué no me dijiste nada, hijo?

—Pensé que me estaba volviendo loco. Pensé que había escuchado mal. Y luego… luego anoche escuché la misma voz llamándome desde tu cuarto. Y cuando abrí la puerta para ver si estabas ahí, vi… vi algo.

—¿Qué viste?

—Una sombra, papá. Una sombra con tu forma, sentada en tu cama. Me miró y me dijo… me dijo que pronto viviríamos juntos para siempre.

Un escalofrío recorrió mi espina dorsal. Habíamos vivido esa misma pesadilla, pero por separado. Y durante dos semanas, la criatura había estado jugando con nosotros, estudiándonos, aprendiendo nuestras voces, nuestros hábitos, nuestros miedos.

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—Tenemos que irnos de esta casa, Daniel. Ahora mismo. No podemos volver.

—¿Adónde vamos a ir?

—Al hotel de la plaza. Podemos caminar hasta allá. Está a veinte minutos.

Comenzamos a caminar, pero mis piernas apenas respondían. El agotamiento, el miedo, la confusión… todo caía sobre mí como una losa. Pero tenía que mantenerme fuerte por Daniel. Tenía que llevarlo a un lugar seguro.

—¿Crees que nos va a seguir? —preguntó él, apretando mi mano.

—No lo sé, hijo. Pero no voy a dejar que te haga daño. Te lo prometo.

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Avanzamos en silencio por las calles vacías, pasando por las casas de vecinos que jamás sabrían lo que habíamos vivido esa noche. Las luces de la calle parpadeaban a nuestro paso, y cada vez que una se apagaba, mi corazón daba un vuelco, esperando ver algo al final de la oscuridad.

Cuando llegamos al hotel, la recepcionista nos miró con extrañeza. Debíamos parecer un espectáculo: dos personas descalzas, pálidas, temblando de frío y de miedo.

—¿Ocurrió algo? —preguntó la mujer, con una mezcla de curiosidad y preocupación.

—Un problema en la casa —dije, sin entrar en detalles—. Necesito una habitación.

Ella asintió y me pasó las llaves. En el ascensor, Daniel me abrazó con fuerza.

—Papá, siento que algo nos está observando incluso aquí.

—Yo también lo siento, hijo. Yo también lo siento.

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La habitación era pequeña y fría, pero se sentía como un refugio. Cerré todas las cortinas, puse la cadena de seguridad en la puerta y me senté en el borde de la cama mientras Daniel se acostaba.

—¿Vas a dormir conmigo? —preguntó, con voz de niño asustado.

—Claro. Estaré aquí contigo toda la noche.

No pudimos dormir. Pasamos horas despiertos, hablando en voz baja, escuchando los sonidos del hotel, imaginando que cada crujido era esa criatura llegando por nosotros. Cuando amaneció, la luz del sol entró por las rendijas de las cortinas y por primera vez en horas respiramos tranquilos.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Daniel.

—Podemos irnos a casa de tu tía Rosa. Vive en otra ciudad. Nos quedaremos allá hasta que esto se resuelva.

—¿Crees que vamos a volver a casa algún día?

Miré sus ojos, llenos de miedo e incertidumbre, y sentí que mi corazón se rompía en pedazos. Hice lo único que me salió natural: lo abracé y lo dejé llorar.

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—Vamos a estar bien, Daniel. Pase lo que pase, vamos a estar bien. Y no voy a dejar que nada te quite tu paz, tu alegría, ni tu infancia. Te lo prometo.

Pero incluso mientras decía esas palabras, algo en mi interior me decía que la pesadilla no había terminado. Que la criatura no nos dejaría ir tan fácilmente.

Porque cuando una entidad de esas características pone su atención en alguien, no suelta así nomás.

Y mientras esperábamos que llegara la hora de tomar el autobús, noté algo que me dejó helado.

Daniel estaba mirando fijamente la puerta de la habitación, con los ojos muy abiertos.

—Papá —susurró—. Hay alguien escribiendo en la puerta.

Me acerqué despacio, sintiendo el corazón latiéndome en los oídos. Cuando miré la puerta, vi las palabras raspadas en la madera, como escritas con una uña o quizás con algo más afilado.

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Decían: PAPÁ, ¿NO QUIERES JUGAR CONMIGO?

Y debajo, en letras apenas legibles: AHORA JUGO PARA SIEMPRE.

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