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La Mansión de Medianoche: La Llamada Que Nunca Debiste Contestar

7 min de lectura
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La historia continúa justo donde el miedo te detuvo…

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El pasillo frente a él se había convertido en un túnel de negrura absoluta. La luz de la linterna, aquella que había sido su compañera desde que cruzó la puerta, ahora titilaba débilmente, como si la casa misma consumiera la electricidad. Marcos parpadeó varias veces, seguro de que sus ojos le estaban jugando una broma pesada.

Esa puerta no había estado ahí antes.

Recorrió mentalmente el primer piso camino a la entrada. El diseño de la mansión de los Roldán incluía una sala, un comedor y una cocina al fondo, pero jamás había visto una puerta, mucho menos una al final de un pasillo que se extendía más de lo que la estructura de la casa debería permitir.

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En la arquitectura de la casa, el espacio físico no cuadraba. Era como si la puerta hubiera creado su propio corredor.

—Tranquilo, tranquilo —se dijo a sí mismo, respirando con dificultad—. Esto es producto del nerviosismo. Debe ser otra habitación de almacenamiento.

Pero no podía creerlo. Su propio número, su propia voz, una fotografía imposible. Nada de esto podía ser un juego de su mente.

Rompiendo sus propios planes, su mejor amigo, Fernanda, le preguntó por qué no le contestaba el teléfono. En su WhatsApp flotaba un mensaje sin leer: «¿Ya entraste? ¿Qué se siente? No te olvides de mandarme el video.»

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El video. Marcos alzó el teléfono. La grabación seguía activa, el foco seguía encendido. La pantalla mostraba su rostro pálido y el corridor que se abría detrás de él.

Sin pensarlo, movió el teléfono para capturar la oscuridad que se extendía desde el final del pasillo.

Las sombras se movían. No el típico parpadeo de un video con mala iluminación, sino un movimiento orgánico, como si la oscuridad estuviera respirando y cambiando de lugar.

Marcos tragó saliva con dificultad.

Con la linterna de su celular apuntando hacia el fondo, dio un paso hacia la puerta abierta. Luego otro. Cada paso lo acercaba más al umbral de lo desconocido.

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¿Y si hay alguien ahí adentro? ¿Y si necesitó ayuda?

Era una excusa débil, pero era lo único que mantenía sus piernas avanzando. No podía decirse a sí mismo que estaba entrando por pura curiosidad, porque eso lo haría cómplice de su propio destino.

Al llegar al umbral, el aire cambió. Lo que antes era una casa con un nombre heredado del pueblo se convirtió en algo más profundo, más frío. El aroma a madera vieja y polvo se mezcló con algo extraño: el olor a tierra húmeda.

Y entonces escuchó una melodía.

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Una canción de cuna.

Saliendo del fondo de la habitación, ondeando en el aire como si alguien la cantara en un eterno loop. Marcos conocía esa melodía. Era la que le cantaba su abuela cuando era niño y tenía miedo de los truenos. La misma que lo arrullaba cuando tenía pesadillas.

Nadie más podía saber esa canción.

— ¿Abuela? —llamó, sintiéndose ridículo, pero con la voz quebrando a la vez.

La melodía se detuvo en seco.

Y desde la oscuridad, una voz suave pero tensa respondió:

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— ¡Marcos! ¿Entonces sí entraste? ¡Te lo había advertido!

Era la voz de Mariano, su amigo de toda la vida. Mariano era el que había hecho la apuesta inicial, pero siempre lo hacía todo con un tono de broma que jamás se tomaba en serio. Sin embargo, ahora su voz sonaba quebrada, como si hubiera estado llorando.

— ¿Mariano? ¿Dónde estás? ¿Por qué tienes mi teléfono?

No eran solo las palabras. El teléfono que sostenía en la mano ahora parecía tener vida propia. La pantalla se iluminaba sola, mostrando una llamada entrante.

El identificador del número: MISMO NÚMERO.

— ¡Mariano! —gritó otra vez, dando un paso hacia la oscuridad de la habitación.

La oscuridad se disipó lentamente, revelando una escena que congeló cada músculo de su cuerpo.

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En el centro de la habitación, bajo una pálida luz de vela, estaba parado Mariano. O lo que parecía ser Mariano. Los ojos vacíos, la postura rígida, la piel pálida como la luna. En sus manos sostenía una fotografía vieja, con los bordes doblados y una esquina quemada.

— Tú no terminaste todo lo que empezaste —dijo la figura, moviendo los labios lentamente, con una cadencia artificial—. Ahora tienes que llegar al fondo. Y al fondo solo se llega con la verdad.

De un tirón, la figura extendió la fotografía hacia Marcos. Él, con las manos temblando sin control, la tomó.

La fotografía era un retrato antiguo de la familia Roldán. Todos ellos, los que habían vivido y muerto en esta casa según las leyendas del pueblo. Pero había algo que no cuadraba.

En el centro de la foto, en vez de la matriarca de la familia, se veía una silueta borrosa, un hueco donde debería haber estado alguien.

Definitivamente, esa figura no estaba.

Marcos alzó la mirada, buscando una explicación en la figura que se hacía llamar Mariano. Pero esta se había desvanecido, dejando un polvo fino flotando en el aire.

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El teléfono comenzó a vibrar una vez más. La voz, ahora más clara, más cercana, habló:

— Mira el reloj, Marcos. Mira qué hora es.

Marcos levantó la muñeca, encendiendo el reloj digital que había heredado de su padre. Las cifras brillaban con un rojo acusador.

12:07 AM.

— Solo habían pasado siete minutos desde que entré… —se dijo, pero la voz al otro lado cortó:

— Han pasado siete minutos desde que la puerta se abrió. Han pasado sesenta y siete años desde que la puerta se abrió por última vez. Y ahora, solo tienes hasta la próxima medianoche para terminar lo que ellos dejaron sin terminar. Encuentra la vela azul en el primer piso, debajo de la escalera, donde nadie la vio cuando todo estos años pasaban.

La llamada se cortó. Marcos sintió un pequeño golpe en el pecho, como si hubiera recibido una descarga eléctrica suave. Al mirar hacia abajo, la fotografía de la familia Roldán seguía en su mano, pero ahora una mancha azul aparecía en una esquina, brillando débilmente como un moho fluorescente.

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No sabía lo que significaba. No sabía quién lo estaba guiando. Pero toda su racionalidad, todo su sentido común, todas las palabras que le había escuchado a su abuela sobre no meterse donde no lo llaman, chocaban contra una realidad que ya no podía negar: algo en esta casa lo había estado esperando.

Y quizás, solo quizás, esa «algo» era la razón por la que las historias del pueblo nunca se habían borrado.

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