Muchos se quedaron en la puerta, pero tú decidiste cruzar conmigo hasta el fondo. Sigamos.
Hay momentos en la vida donde una sola decisión divide todo en un antes y un después. Marcos nunca creyó en esas supersticiones de pueblo, en esas historias que las abuelas contaban para asustar a los niños. Pero esa noche, frente a la enorme reja oxidada de la mansión de los Roldán, sintió algo que jamás había experimentado: el peso físico del miedo. Y aún así, sus pies siguieron avanzando.
La linterna temblaba en su mano derecha. Sudor frío corría por su frente, pero Marcos era de esos hombres que necesitan ver para creer. Su primo le había apostado una cena bien cara a que no era capaz de pasar diez minutos dentro de ese caserón. El pueblo entero decía que la casa «abría» a la medianoche, pero nadie, absolutamente nadie, había tenido el valor de comprobarlo.
Marcos tragó saliva y empujó la puerta principal. El sonido de la madera vieja protestó antes de ceder con un gemido que retumbó en la única calle desierta.
—Solo diez minutos —murmuró para sí mismo, como quien busca un salvavidas en medio del océano—. Grabo un video y me largo.
El teléfono en su bolsillo vibraba con una grabación que comenzaba con su propia voz diciendo: «Puntual a medianoche, la puerta de esta mansión abandonada se abre…».
El eco de sus pasos rebotaba en las paredes descascaradas. El polvo flotaba en el aire como si la casa respirara. Cuadros de familias que ya no existían colgaban torcidos, con los ojos de los retratos pareciendo seguirlo. Marcos enfocaba cada rincón con su linterna, grabando todo para el desafío.
—Vamos, solo un recorrido rápido —se repitió, sintiendo cómo su voz sonaba más débil de lo que pretendía.
El primer piso no tenía nada fuera de lo común: sillones envueltos en sábanas grises, una chimenea apagada, escaleras que crujían con el peso de décadas de abandono. Pero fue al poner el pie en el primer escalón de madera cuando escuchó algo que le heló la sangre.
Un teléfono antiguo sonando en el segundo piso.
La melodía era vieja, de esas de disco de vinilo que solo había escuchado en películas antiguas. Marcos se detuvo. Miró hacia arriba, hacia la oscuridad absoluta que esperaba en el descansillo.
¿Quién puede tener un teléfono fijo funcionando en este lugar?
Su instinto le dijo que saliera corriendo, que esa apuesta no valía la pena. Pero la curiosidad —esa maldita curiosidad que ha condenado a tantos — lo empujó a subir los escalones de dos en dos, con el corazón martillándole en el pecho y la respiración acelerada.
Llegó al segundo piso. El teléfono estaba sobre una mesita de madera al final del pasillo. Un teléfono negro, de esos de disco, con el auricular descolgado. El sonido intermitente era lo único que rompía el silencio sepulcral.
Marcos se acercó lentamente, la linterna temblando en su mano. No lo contestes, le gritaba una vocecita en su cabeza. Esto no está bien.
Pero el teléfono seguía sonando, insistente, como si quien llamara supiera exactamente que él estaba ahí. Como si la llamada hubiera estado esperando a que él la escuchara.
Lo tomó. Levantó el auricular hasta su oído.
—¿Aló? —su voz salió quebrada, apenas un susurro.
Del otro lado de la línea, una voz grave, distorsionada, con una cadencia que no parecía humana, pronunció las palabras que cambiarían su vida para siempre:
—Entrar fue tu peor error. Mira hacia atrás.
El auricular cayó de sus manos, rebotando en el piso con un ruido seco. Marcos giró en cámara lenta.
No había nadie.
El pasillo estaba vacío. Solo la luz pálida de la luna filtrándose por las cortinas rotas creando sombras danzantes. Pero sobre la mesa, exactamente donde no había habido nada segundos antes, descansaba una fotografía instantánea.
Nueva. Brillante. Recién impresa por una cámara que nadie estaba sosteniendo.
Marcos la tomó con manos temblorosas. Al verla, su corazón dejó de latir por un instante.
La imagen lo mostraba a él mismo cruzando la puerta principal de la mansión. La puerta metálica, las luces de la calle, la posición exacta del cuerpo. Era una foto tomada apenas hacía dos minutos.
Pero estaba fechada con una hora imposible: medianoche en punto.
El pánico comenzó a apoderarse de él. Dejó caer la fotografía en el piso polvoriento y corrió hacia las escaleras, resbalando, tropezando, con el único deseo de tocar la salida. Pero al llegar al primer piso, un sonido lo detuvo en seco.
Su teléfono personal estaba sonando.
Lo sacó del bolsillo con manos convulsas. La pantalla iluminaba su rostro pálido, y lo que vio hizo que el aire se le escapara de los pulmones.
En la pantalla aparecía el nombre: DISPERSIÓN.
Y en lugar del número de su mejor amigo o de su tía, se leía un número que él conocía de memoria. Un número que jamás se le olvidaría.
Su propio número.
— Esto no puede estar pasando —susurró, sin atreverse a tocar la pantalla en la que aparecía el nombre: DISPERSIÓN. Era el número de su propio celular.
El timbre continuaba sonando, cada vez más insistente. La pantalla parpadeaba.
Y entonces, del fondo del pasillo, frente a él, la última puerta del primer piso comenzó a abrirse sola.
— No. No. No —repitió Marcos, presionando la pantalla con torpeza, desbloqueándola, aceptando la llamada sin pensarlo.
— ¿Aló? —dijo su propia voz al otro lado del teléfono.
El mundo se detuvo. La voz que salía del altavoz era idéntica a la suya. No una imitación, no una grabación distorsionada. Era él.
— Quien está aquí no eres tú —decía la voz, sonando lejana, como si hablara desde el fondo de un túnel—. Y lo que está detrás de ti no es tu pasado. Cuando descubras qué hay en el primer piso, sabrás lo que yo ya sé.
Marcos sintió cómo cada fibra de su cuerpo le decía que no volteara. Pero la puerta del fondo crujió, abriéndose hacia una oscuridad absoluta, tan densa que ni la linterna del teléfono podía penetrarla.
Y por primera vez en su vida, Marcos comprendió lo que significaba el verdadero terror.
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