Continuamos con la historia justo en el momento en que la balanza está a punto de inclinarse…
Elena apoyó el folder sobre su bolso y, con una caligrafía elegante y decidida, estampó su firma en cada una de las páginas que le indicaban.
Ricardo soltó un suspiro de alivio que sonó casi como un silbido de victoria. Arrebató los papeles de las manos de Elena como si temiera que ella se arrepintiera en el último segundo.
—¡Por fin! —exclamó él, mirando a Solange con una complicidad asquerosa—. ¿Viste, mi amor? Te dije que no tendría el valor de pelear. Es una mujer débil, siempre lo fue.
Solange aplaudió suavemente, sus uñas postizas haciendo un ruido seco.
—Felicidades, mi cielo. Ahora sí, el mundo es nuestro. Y usted, señora… bueno, buena suerte buscando un abogado de oficio, porque para uno de verdad no le va a alcanzar.
Elena no se movió. Se quedó allí, parada en medio de la acera, viendo cómo ellos guardaban los papeles en el maletín de piel de cocodrilo de Ricardo.
—Ricardo —dijo Elena, llamando su atención justo cuando él se disponía a darse la vuelta—. Hay algo que no te dije sobre ese documento.
Ricardo se detuvo, con una mano ya puesta sobre el hombro de Solange. Se giró con una mueca de fastidio, como quien atiende a un mendigo persistente.
—¿Qué pasa ahora? Ya firmaste. Ya no hay vuelta atrás. No intentes pedirme más dinero porque la respuesta es no.
Elena metió la mano en su bolso y sacó un pequeño sobre blanco, perfectamente sellado.
—No te voy a pedir dinero —dijo ella con una media sonrisa que desconcertó al hombre—. De hecho, lo que quiero es agradecerte.
—¿Agradecerme? —Ricardo soltó una carcajada estridente—. ¿Te volviste loca por el trauma?
—No —respondió Elena con suavidad—. Te agradezco tu arrogancia. Te agradezco que te sintieras tan seguro de tu poder que olvidaras que fui yo quien diseñó el sistema de seguridad contable de nuestra empresa.
El rostro de Ricardo perdió un poco de color. La mención de la contabilidad siempre era un tema delicado, especialmente con los movimientos «creativos» que había estado haciendo para ocultar fondos.
—¿De qué hablas? Eso fue hace años. Yo cambié todo —dijo él, aunque su voz ya no sonaba tan firme.
—Cambiaste las contraseñas, Ricardo, pero no cambiaste la estructura —continuó Elena, dando un paso hacia él—. Durante los últimos seis meses, mientras tú creías que yo estaba llorando en casa o tomando clases de yoga, estuve reuniéndome con un equipo de auditores forenses y con el Juez Martínez.
Solange soltó una risa nerviosa, mirando a Ricardo esperando que él dijera que era una broma.
—¿El Juez Martínez? ¿El de la corte de familia? —preguntó Ricardo, tragando saliva.
—Exactamente. Verás, Ricardo, tu «pequeña» estrategia de transferir activos a cuentas en el extranjero a nombre de los familiares de Solange no fue tan secreta como pensabas. Ni tampoco lo fue el hecho de que usaste fondos de la empresa para comprarle ese departamento de lujo en la zona norte.
Ricardo intentó interrumpirla, pero Elena levantó una mano, silenciándolo con una autoridad que él no le conocía.
—Lo que acabas de hacerme firmar no es solo una demanda de divorcio. Es la aceptación mutua de que el patrimonio se dividirá según lo que dicte la sentencia firme que el juez emitió esta mañana a las ocho.
—¿Qué sentencia? —gritó Ricardo, atrayendo la atención de más curiosos—. ¡No ha habido juicio!
—Hubo una audiencia de medidas cautelares basada en pruebas de fraude matrimonial y ocultamiento de bienes —explicó Elena, disfrutando cada palabra—. El juez dictaminó que, debido a tu intento de dolo y a las pruebas irrefutables de que el 90% del capital inicial de la empresa provenía de mi herencia familiar —la cual nunca entró en la sociedad conyugal legalmente—, la empresa y todas las propiedades registradas vuelven a mi nombre.
Ricardo soltó el maletín. El sonido del cuero golpeando el cemento fue como un disparo en el silencio que se había formado.
—¡Eso es mentira! ¡Estás mintiendo! —chilló Solange, perdiendo su compostura de modelo—. ¡Ricardo, dile que miente! ¡Dile que el departamento es mío!
—El departamento fue comprado con dinero malversado, querida —dijo Elena, mirando a la joven con una mezcla de lástima y desprecio—. El juez ordenó el embargo preventivo de todas las cuentas asociadas a tu nombre también, por complicidad en fraude.
Ricardo sacó su teléfono con manos temblorosas. Sus dedos golpeaban la pantalla con desesperación. Intentaba entrar en su aplicación bancaria, pero el sistema le devolvía una y otra vez el mismo mensaje en letras rojas: «Acceso denegado. Contacte con su sucursal».
—No puede ser… —susurró Ricardo, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies—. Todo mi dinero… mis tarjetas…
—Están bloqueadas, Ricardo —confirmó Elena—. Todo está bajo la administración de un interventor judicial hasta que se liquide la última deuda que le debes al fisco por esos movimientos extraños que hiciste.
Solange, al ver la cara de derrota absoluta de Ricardo, soltó su brazo como si quemara. Se alejó un paso, luego dos. Su mirada de adoración se transformó en una de puro asco.
—¿Me estás diciendo que no tienes dinero? —le espetó Solange a Ricardo—. ¿Me hiciste dejar mis proyectos por un hombre que está en la ruina?
—¡Cállate, Solange! —rugió Ricardo—. ¡Esto es un error! ¡Elena, vamos a hablar, somos adultos!
Elena se acomodó el abrigo, sintiéndose más ligera de lo que se había sentido en décadas.
—Ya hablamos lo suficiente, Ricardo. Ahora es el turno de los abogados. Ah, y por cierto…
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