La escena quedó en suspenso y tú no ibas a quedarte sin conocer el desenlace. Aquí sigue la historia de una madre que estaba a punto de perderlo todo.
Doña Elena sentía que el aire se le escapaba de los pulmones. El frío de la pluma entre sus dedos era casi tan gélido como la mirada de Patricia, su nuera, quien la observaba desde el otro lado de la mesa de caoba.
En esa misma mesa, años atrás, Elena le servía el café a su hijo Alejandro antes de que él saliera a trabajar. Ahora, ese mueble parecía el altar de un sacrificio.
—Firme de una vez, doña Elena —insistió Patricia, cruzando los brazos con una impaciencia que no lograba ocultar—. No lo haga más difícil para las dos. Usted ya no puede mantener esta casa sola.
La anciana miró el documento. Las letras le bailaban frente a los ojos, nublados por las lágrimas que se negaban a caer.
—Es que no puedo creer que mi Alejandro se haya ido así, Patricia —sollozó la mujer, con la voz quebrada—. Él conocía ese camino de montaña como la palma de su mano. Él prometió volver para la cena.
Patricia soltó un suspiro cargado de fastidio, como si el dolor de su suegra fuera una molestia en su agenda. Se acomodó el cabello perfectamente peinado y se acercó un paso más, invadiendo el espacio personal de la anciana.
—La policía fue clara, señora. El barranco es profundo y el coche quedó destrozado. No hubo sobrevivientes. Si no firma ahora, el banco vendrá y la sacará a la calle sin un centavo.
Doña Elena acarició el borde de la mesa. En cada rincón de esa mansión habitaba un recuerdo. El olor a canela de los domingos, las risas de su hijo cuando era niño, el eco de los pasos de su esposo fallecido.
Entregar esa propiedad no era solo ceder cuatro paredes; era borrar la historia de su vida. Pero Patricia había sido implacable. Desde la supuesta noticia del accidente, tres días atrás, no la había dejado ni un segundo a solas.
—¿Y a dónde iré yo? —preguntó Elena con un hilo de voz, levantando la vista hacia la mujer que, se suponía, era su familia.
Patricia esbozó una sonrisa ensayada, una mueca que no llegaba a sus ojos calculadores.
—Ya le dije que le conseguí un lugar precioso. Una residencia donde la cuidarán día y noche. Allí tendrá gente de su edad, no estará aquí estorbando… digo, sufriendo por la soledad.
El abogado, un hombre de rostro inexpresivo que permanecía de pie junto a la ventana, consultó su reloj de oro. Parecía tener tanta prisa como Patricia por terminar con aquel trámite.
—Señora Elena, proceda por favor. El tiempo corre y los trámites sucesorios son complejos —dijo el hombre con una frialdad profesional que calaba los huesos.
Elena tomó el papel. Su mano temblaba tanto que el roce de la pluma hacía un sonido rítmico contra el papel bond.
«Perdóname, Alejandro», pensó la anciana. Sentía que al firmar estaba aceptando que su hijo nunca cruzaría esa puerta de nuevo. Sentía que estaba vendiendo su alma al diablo.
Patricia se inclinó sobre ella, casi rodeándola con su perfume caro y sofocante. Podía oler el triunfo de la mujer. Podía ver cómo sus ojos se fijaban en el espacio donde la firma debía quedar estampada.
—Eso es, suegra. Solo un trazo y todo este dolor se detendrá. Yo me encargaré de todo. Usted ya no tendrá que preocuparse por cuentas, por impuestos ni por nada.
La anciana apoyó la punta de la pluma. Una gota de tinta cayó, manchando el blanco impecable del documento como una lágrima negra.
En el exterior, el cielo se había tornado de un gris plomizo. El viento comenzó a soplar con fuerza, golpeando las ramas de los robles contra los ventanales de la mansión, creando un ambiente de película de terror.
Patricia no se inmutaba. Solo tenía ojos para el papel. Su ambición era un motor que no conocía la piedad. Había planeado esto desde el momento en que supo que Alejandro no regresaría de aquel viaje de negocios.
O al menos, eso era lo que ella creía.
—Firme… —susurró Patricia, casi como un hechizo.
Doña Elena cerró los ojos, pidiendo una señal, un milagro, algo que le diera la fuerza para negarse o la resignación para aceptar su destino.
En ese instante, un ruido sordo provino del pasillo principal. Un golpe seco, como si algo pesado hubiera caído al suelo.
Patricia se tensó. Su mirada se desvió hacia la puerta doble del comedor.
—¿Qué fue eso? —preguntó el abogado, frunciendo el ceño.
—Nada, debe ser el viento. Esta casa vieja siempre hace ruidos —respondió Patricia rápidamente, aunque un destello de nerviosismo cruzó sus facciones—. ¡Firme ya, Elena! ¡No pierda más tiempo!
Pero la anciana se detuvo. Había algo en ese sonido… una cadencia que le resultaba familiar. Su corazón, cansado y golpeado, comenzó a latir con una fuerza que creía perdida.
Sigue leyendo la continuación tocando el botón de abajo 👇




