Continuamos con la historia justo en el momento en que el destino de María cambió para siempre…
El sonido fue seco, sordo y aterrador. El cuerpo de María golpeó el mármol una, dos, tres veces mientras rodaba sin control por la gran escalinata. Cada impacto parecía retumbar en los cimientos mismos de la mansión, como si las paredes estuvieran registrando el pecado que acababa de cometerse bajo su techo.
Patricia se quedó inmóvil en lo alto, con las manos aún extendidas, sintiendo todavía el calor de la adrenalina recorriendo sus venas. No había horror en su rostro, sino una extraña y retorcida satisfacción. Se asomó ligeramente por la barandilla de hierro forjado y observó el cuerpo de la joven yacer al pie de la estructura, inmóvil, como una muñeca de trapo rota.
—Te dije que guardaras silencio —susurró Patricia para sí misma, acomodándose un mechón de cabello que se había soltado durante el altercado.
Abajo, el silencio era absoluto, roto únicamente por el tictac de un reloj de pie que parecía contar los segundos de vida que le quedaban a la víctima. Pero ese silencio no duró mucho.
Desde el ala oeste de la casa, unos pasos rápidos y pesados comenzaron a escucharse. Carlos, que acababa de regresar de la oficina y se encontraba en el despacho revisando unos documentos, había escuchado el estruendo y el grito ahogado.
Patricia reaccionó al instante. Su mente, acostumbrada al engaño, trabajó a una velocidad asombrosa. Se llevó las manos a la boca, fingiendo una expresión de terror absoluto, y dejó escapar un grito agudo que rasgó la quietud de la mansión.
—¡Ayuda! ¡Por favor, alguien ayude a María! —gritó, bajando los primeros escalones con una rapidez fingida, como si estuviera desesperada por auxiliar a la joven.
Carlos llegó al vestíbulo justo cuando Patricia alcanzaba el cuerpo de María. El hombre se quedó paralizado, con el rostro pálido y el corazón latiéndole en la garganta. Ver a María, a quien consideraba casi como a una hija por los años de servicio leal, tirada en un charco de su propia sangre, lo golpeó como un mazazo.
—¡Dios mío! ¿Qué pasó? —exclamó Carlos, arrodillándose junto a la joven mientras buscaba desesperadamente un pulso en su cuello.
Patricia se dejó caer de rodillas al otro lado, cubriéndose la cara con las manos, sollozando con una actuación digna de un premio.
—¡Fue horrible, Carlos! —sollozó ella entre dientes—. Estábamos hablando… ella estaba limpiando la barandilla y de pronto… simplemente perdió el equilibrio. ¡Intenté agarrarla, te juro que intenté sostenerla, pero sus manos estaban mojadas y se me resbaló!
Carlos miró a su esposa. Sus ojos estaban llenos de lágrimas y confusión. Patricia era una mujer que él amaba, pero algo en su relato no terminaba de encajar en su mente. Conocía a María, sabía que era una mujer extremadamente cuidadosa y que jamás haría algo tan arriesgado como limpiar la barandilla de esa forma sin las precauciones necesarias.
—Llama a una ambulancia, Patricia. ¡Ahora mismo! —ordenó Carlos con firmeza.
Mientras Patricia se alejaba fingiendo buscar el teléfono, Carlos notó algo. El uniforme de María estaba rasgado a la altura de los hombros. No era una rasgadura de la caída; se veía como si alguien hubiera tironeado de la tela con violencia.
Además, María, en un último destello de consciencia antes de caer en un desmayo profundo, apretó la mano de Carlos. Sus labios se movieron imperceptiblemente, pero no salió ningún sonido. Solo una mirada de puro terror dirigida hacia la figura de Patricia, que ya regresaba al salón.
—Ya vienen en camino —dijo Patricia, tratando de sonar calmada—. Pobre muchacha, siempre le dije que tuviera cuidado con esos zapatos tan gastados que usa. Seguramente se resbaló por su propia negligencia.
Ese comentario, tan cargado de desprecio incluso en un momento de vida o muerte, encendió una chispa de duda en Carlos. Conocía ese tono en su esposa. Era el tono que usaba cuando quería culpar a alguien más de sus propios errores.
—Negligencia, ¿eh? —murmuró Carlos, sin dejar de presionar una herida en la frente de María para detener el sangrado—. Patricia, ella está muy mal. Si esto fue un accidente, ¿por qué parece que estaba luchando por su vida antes de caer?
Patricia se tensó. Su máscara de preocupación flaqueó por un segundo.
—¿Qué estás sugiriendo, Carlos? ¿Crees que yo miento? —preguntó ella, endureciendo la voz—. Estaba ahí mismo, lo vi con mis propios ojos. Se cayó sola. Fue un accidente trágico, nada más.
Carlos se puso de pie lentamente. Su mirada se desvió de su esposa hacia el techo, específicamente hacia una pequeña esquina donde una discreta lente oscura apuntaba directamente hacia la escalera.
Patricia, en su arrogancia y en su prisa por deshacerse de María, había olvidado un detalle crucial. Apenas una semana antes, Carlos, preocupado por una serie de robos en el vecindario, había instalado un sistema de cámaras de seguridad de última generación en toda la casa.
—Las cámaras, Patricia —dijo Carlos con una voz tan fría que hizo que la mujer retrocediera un paso—. Las cámaras de seguridad que instalé el lunes. Lo grabaron todo.
El color desapareció del rostro de Patricia. Su respiración se volvió errática y sus manos empezaron a temblar de verdad, pero esta vez no era por una actuación, sino por el miedo puro de ser descubierta.
—Carlos, querido… no es necesario llegar a eso —balbuceó ella, intentando acercarse a él—. Estaba muy nerviosa, tal vez no recordé exactamente cómo fue… el shock del momento, ya sabes…
—No te muevas —le advirtió Carlos, señalándola con el dedo mientras sacaba su teléfono celular para acceder a la aplicación del sistema de vigilancia—. Si es verdad lo que dices, el video te respaldará. Pero si me estás mintiendo…
Patricia sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Intentó pensar en una excusa, en una forma de borrar las grabaciones, pero ya era tarde. Carlos ya estaba deslizando el dedo por la pantalla de su teléfono, buscando el registro de los últimos diez minutos.
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