Crónicas y testimonios que conmueven: historias reales de gente común, contadas hoy. Relatos que tocan el corazón y no puedes dejar de leer.
Blog

El plato de guiso que don Ramiro cocinó para su esposa muerta, y lo que hizo cuando el motociclista lo tiró al piso

24 min de lectura
Anciano cocinero con delantal azul sirviendo guiso de res en plato de barro en su comedor de carretera
Publicidad

Si ya viste cómo empezó todo esto y aun así quisiste llegar hasta el final, es porque algo te dijo que este anciano guardaba algo más que silencio. Acompáñame.

Publicidad

¿Qué se necesita para romperle el alma a un hombre que ya lo perdió casi todo? A veces basta con un plato de comida estrellado contra el suelo.

Don Ramiro tenía setenta y tres años y las manos curtidas como corteza de árbol viejo. Vivía solo desde hacía cuatro años, cuando doña Ernestina se le fue una madrugada de noviembre sin hacer ruido, como era ella.

Regentaba un pequeño comedor de carretera en las afueras de un pueblo cuyo nombre casi nadie recuerda. Un letrero de madera medio torcido anunciaba "El Sabor de Ernestina", y debajo, en letra más chica, "Guisos caseros desde 1981".

El lugar no era gran cosa. Seis mesas de fórmica, sillas desparejas, un ventilador de techo que giraba con un chirrido paciente.

Pero el olor que salía de aquella cocina a las once de la mañana era cosa seria. Ese olor a comino tostado, a chile guajillo remojado, a carne que se deshace sola después de horas de lumbre lenta.

Don Ramiro llegaba todos los días a las cinco de la mañana. Encendía la estufa, se amarraba el delantal azul que su mujer le había bordado con hilo blanco, y empezaba.

El guiso de res era su especialidad. No porque él lo hubiera inventado, sino porque era la receta que Ernestina había cocinado durante casi cuarenta años.

Nadie más la conocía. Ni sus hijas, que se habían ido a la ciudad hacía mucho. Ni los vecinos, que le rogaban la receta cada vez que probaban el plato.

"Esa receta se va conmigo", decía don Ramiro sonriendo, mientras revolvía la olla con una cuchara de palo que ya tenía la marca de sus dedos grabada.

Se la había aprendido de memoria sin que ella se la enseñara. La había visto cocinar miles de veces, en silencio, desde la orilla de la cocina.

Así era como él la recordaba mejor: de espaldas, moviendo la cintura al ritmo de la radio, tarareando algo de Juan Gabriel.

Cada vez que don Ramiro cocinaba ese guiso, era como si Ernestina volviera un ratito. Se paraba junto a la estufa, olía el vapor, cerraba los ojos.

Y por unos segundos, ella estaba ahí otra vez.

Esa mañana de martes había amanecido gris, con esa neblina espesa que baja de la sierra y se queda pegada al asfalto. Don Ramiro había llegado más temprano que de costumbre.

Publicidad

Había un cliente especial ese día. Un señor mayor de un pueblo vecino que venía cada año en esa fecha, desde hacía dos décadas, solo a comer el guiso.

"Es que me recuerda a mi madre, don Ramiro", le decía siempre, con los ojos brillantes.

Don Ramiro había puesto doble cuidado esa mañana. Había ido al mercado el día anterior a escoger la carne él mismo, pieza por pieza.

Había tostado los chiles en el comal hasta que la cocina entera olía a gloria. Había dejado que el guiso hirviera a fuego bajito durante cuatro horas, removiendo cada tanto con la cuchara de palo.

Cuando estuvo listo, lo probó. Y sonrió. Le había quedado igualito que a ella.

El rugido que rompió la mañana

A las once y veinte, cuando don Ramiro ya tenía tres mesas ocupadas y el plato especial esperando en la barra, se escuchó un rugido que hizo temblar los vidrios.

Eran las motos. Cinco, seis, siete motos que entraron al estacionamiento de tierra levantando una nube de polvo.

Los que estaban sentados dejaron de comer. Los que estaban de pie, se hicieron a un lado.

Bajaron ocho hombres y una mujer, todos con chamarras de cuero negro cubiertas de parches, cascos brillantes, botas altas. Hablaban fuerte, reían más fuerte.

Don Ramiro salió de la cocina secándose las manos en el delantal. Los miró con la misma calma con la que miraba todo.

"Buenos días, ¿en qué les puedo servir?"

El que parecía el jefe era un tipo ancho de hombros, con barba rala y un tatuaje de serpiente que le subía por el cuello. Se llamaba Néstor, aunque don Ramiro no lo sabía todavía.

"¿Qué hay de comer, abuelo?", preguntó el hombre, dejándose caer en una silla que crujió bajo su peso.

"Hay guiso de res, es lo que tengo hoy. Está recién hecho."

"¿Guiso de res? ¿Y eso qué es, comida de pobres?"

Los demás rieron. Don Ramiro no dijo nada. Solo esperó.

"Bueno, tráeme eso entonces. Pero si no me gusta, no te lo pago."

Se sentó en otra mesa con los brazos cruzados, mirando al anciano con una sonrisa torcida.

Don Ramiro regresó a la cocina. Sirvió el guiso en el plato hondo de barro que usaba para las porciones especiales, el que tenía pintado un pajarito azul.

Le puso la carne encima, los chiles, el caldo espeso que brillaba bajo la luz. Le agregó el cilantro picado, la cebolla, el limón al lado.

Lo llevó a la mesa con las dos manos, como cargaba siempre los platos importantes.

"Aquí tiene, joven. Pruebe y me dice."

Néstor miró el plato. Metió la cuchara, la levantó, dejó caer el caldo. Lo probó con la punta de la lengua.

Y entonces hizo una mueca.

El plato en el suelo

"¿Qué es esta porquería?", dijo, y empujó el plato con el dorso de la mano.

Publicidad

El plato de barro voló. Cayó al piso. Se rompió en cuatro pedazos y el guiso se desparramó por las baldosas, hirviendo todavía.

El vapor subió del suelo como un fantasma. El olor a comino y a chile llenó el comedor entero.

Los clientes de las otras mesas se quedaron helados. Doña Cuca, que atendía las mesas desde hacía años, se llevó la mano a la boca.

Don Ramiro no se movió. Se quedó parado junto a la mesa, mirando el piso, viendo cómo el guiso se enfriaba entre los pedazos de barro.

"¿No me oíste, viejo? Te dije que esto es una porquería. Ni mi perro se comería esto."

Néstor se levantó de la silla. Era más alto de lo que parecía sentado. Se acercó a don Ramiro hasta quedarle casi encima.

"Y tú, ¿qué? ¿Te quedas ahí como un idiota viendo el piso?"

Don Ramiro levantó la vista. Despacio. Sus ojos eran dos pozos oscuros, sin brillo, sin rabia, sin nada.

"¿Quiere que le traiga otra cosa?", preguntó. La voz le salió baja y pareja.

"¿Otra cosa? ¿Me estás ofreciendo más de tu porquería?"

Néstor le puso la mano en el hombro y lo empujó. No fuerte, apenas. Pero don Ramiro era un hombre delgado y viejo, y el empujón lo hizo tambalear.

"¿Sabe qué?", siguió el motociclista. "Mejor vámonos. Este lugar me está dando asco."

Se dio la vuelta, y los demás lo siguieron. Pataleó el guiso del suelo al pasar, salpicando las botas de los que iban detrás.

La mujer rubia que venía con ellos se detuvo un segundo. Miró a don Ramiro. Pareció que iba a decir algo.

Pero Néstor la llamó desde la puerta, y ella se fue.

Las motos rugieron otra vez. La nube de polvo volvió a levantarse. Y después, el silencio.

El silencio después

Don Ramiro se quedó parado donde lo dejaron. Doña Cuca se acercó con un trapeador y una escoba.

"Déjeme a mí, don Ramiro. Usted vaya a sentarse."

El anciano no respondió. Se agachó trabajosamente, juntando los pedazos del plato con las manos.

El pajarito azul estaba partido en dos. Lo puso en el hueco de su mano y lo miró un rato.

"Don Ramiro…", insistió doña Cuca.

"Yo lo limpio", dijo él. "Este plato era de ella."

Doña Cuca se quedó quieta. Sabía lo que eso significaba. Ese plato era uno de los seis que doña Ernestina había comprado el año que abrieron el comedor.

Los había traído de un pueblo de Guanajuato, envueltos en periódico, en un viaje que habían hecho en camión porque no tenían carro.

Don Ramiro se levantó con los pedazos en la mano. Fue hasta el bote de basura. Los dejó caer.

Publicidad

Se oyó el ruido del barro rompiéndose otra vez, ahora contra el fondo del bote.

Después volvió a la cocina. Se quitó el delantal. Lo dobló con cuidado, como hacía todas las noches antes de cerrar.

Lo puso encima de la mesa de trabajo, junto a la cuchara de palo.

Don Genaro, el cliente especial que había venido desde el pueblo vecino, se acercó a la puerta de la cocina.

"Don Ramiro, ¿está bien?"

"Sí, don Genaro. Discúlpeme, no le pude dar su plato hoy."

"No se preocupe por eso. ¿Quiere que le avise a alguien? A su hija, a alguien…"

Don Ramiro negó con la cabeza.

"No hace falta. Ya voy a cerrar."

Don Genaro se quedó un momento más, mirándolo. Después se fue, y los demás clientes también se fueron, uno por uno, en silencio.

Doña Cuca se quedó hasta el final, limpiando el piso. Cuando terminó, se acercó a don Ramiro.

"¿Quiere que me quede?"

"No, Cuca. Váyase a descansar. Mañana es otro día."

Doña Cuca se fue con el corazón apretado. Al salir, volteó a verlo una última vez. Don Ramiro estaba sentado en una de las sillas, solo, mirando la pared.

Y así se quedó un buen rato.

Lo que nadie vio

Lo que nadie vio fue lo que pasó después.

Después de que el último carro se fue del estacionamiento. Después de que el sol se puso y la neblina volvió a bajar de la sierra.

Don Ramiro se levantó de la silla. Cerró la puerta con llave. Apagó las luces de afuera.

Pero no se fue a su casa.

Se quedó ahí, en la oscuridad del comedor, con la única luz de la luna entrando por la ventana.

Abrió el cajón de la barra donde guardaba las cosas viejas. Los recibos, los lápices, las servilletas que a veces le mandaban los proveedores.

Y sacó una libreta.

Era una libreta de pasta café, pequeña, del tamaño de una mano. Tenía las esquinas dobladas y las páginas amarillentas.

Era de doña Ernestina. Era su cuaderno de recetas.

La letra era menuda, apretada, con esa caligrafía de las mujeres que aprendieron a escribir en la escuela rural.

Publicidad

Adentro, en la primera página, decía: "Para mi Ramiro, para que nunca se te olvide cómo se hacen las cosas ricas."

Don Ramiro tenía esa libreta desde el día que ella murió. No la había abierto nunca.

No porque no pudiera. Sino porque no había querido. Le dolía demasiado.

Pero esa noche la abrió.

La abrió y pasó las páginas despacio, con el dedo, tocando la tinta como si tocara la mano de ella.

Estaban todas las recetas. Las enchiladas, los tamales, el arroz rojo, las tortillas hechas a mano.

Y al final, en la última página, estaba la receta del guiso de res.

Estaba escrita con letra más cuidada, como si Ernestina hubiera querido que esa quedara perfecta. Y debajo, en la esquina, había una nota.

"Ramiro: si algún día alguien te hace algo malo, no le contestes. Cocina. Cocinar te ha salvado siempre."

Don Ramiro leyó esa línea tres veces. Después cerró la libreta. La apretó contra el pecho.

Y lloró.

Lloró como no había llorado desde el día del entierro, cuando sus hijas le pusieron la mano en el hombro y le dijeron "ya, papá, ya".

Lloró con la cabeza baja, con los hombros temblando, con los mocos cayéndole y sin limpiárselos.

Lloró por su Ernestina. Lloró por el plato roto. Lloró por el motociclista que nunca había conocido el amor de una mujer así.

Y cuando terminó de llorar, se limpió la cara con la manga. Se levantó. Guardó la libreta en el bolsillo del pantalón.

Encendió la luz de la cocina.

La noche más larga

Don Ramiro encendió la estufa a las once de la noche.

Se puso el delantal otra vez. El mismo delantal azul con el bordado blanco. Se amarró la cintura con doble nudo.

Sacó la carne de la hielera. Sacó los chiles. Sacó el comino, el orégano, la hoja de laurel que guardaba en un frasco.

Y empezó a cocinar.

Cocinó como no había cocinado en años. Sin apuro, sin tristeza, sin nada más en la cabeza que lo que estaba haciendo.

Tostó los chiles hasta que la cocina se llenó de humo. Los remojó. Los molió en el molcajete, uno por uno, con la misma paciencia de siempre.

Doró la carne. Le puso la sal. Le puso el ajo picado fino, más fino de lo que él acostumbraba.

Cuando el guiso empezó a hervir, bajó el fuego y se sentó en el banquito junto a la estufa. Como hacía Ernestina.

Y ahí se quedó, velando la olla, hasta que salió el sol.

La mañana siguiente

A las seis de la mañana, don Ramiro abrió el comedor como todos los días.

Doña Cuca llegó a las siete, como siempre. Se sorprendió de encontrarlo ya ahí, con el delantal puesto, moviéndose como si nada hubiera pasado.

"Don Ramiro, ¿durmió?"

"Algo", dijo él. "¿Me ayuda a sacar las mesas afuera?"

"¿Afuera? ¿Para qué?"

"Vamos a poner una mesa en el estacionamiento."

Doña Cuca lo miró raro, pero no preguntó. Sacaron una mesa de las grandes, de las que usaban para las fiestas, y la pusieron justo en el centro del estacionamiento de tierra.

Publicidad

Don Ramiro la cubrió con un mantel blanco. Puso encima un plato hondo de barro, de los seis que quedaban.

Y en el plato sirvió el guiso que había cocinado toda la noche.

Le puso la carne encima. Los chiles. El caldo espeso que brillaba. El cilantro, la cebolla, el limón al lado.

Cuando terminó, se quedó parado junto a la mesa, mirando el plato. El viento de la mañana le movía el delantal.

A las nueve y media, se escuchó un rugido a lo lejos.

No eran las mismas motos. Era una sola. Una moto que venía por la carretera, despacio, como si buscara algo.

Doña Cuca se asomó por la ventana. "Don Ramiro, ahí viene uno de esos."

"Sí", dijo él. "Lo estaba esperando."

El que volvió

El que volvió no era Néstor.

Era uno de los que iban con él. Un muchacho joven, flaco, con cara de niño, que se bajó de la moto con las manos en los bolsillos.

Se acercó a la mesa del estacionamiento despacio. Miró el plato. Miró a don Ramiro.

"¿Es usted el del comedor?"

"Sí. ¿Qué se le ofrece?"

El muchacho se rascó la nuca. Parecía incómodo.

"Vengo de parte de Néstor."

Don Ramiro no dijo nada. Solo esperó.

"Anoche le dio por pensar en lo que hizo. No es que le importe, ¿eh? Pero dice que no quiere problemas. Que si usted le dice a la policía, él tiene cómo…"

"No voy a llamar a la policía."

El muchacho se quedó callado. Parecía no esperar eso.

"¿Entonces?"

"Entonces nada. Dígale que no le voy a hacer nada."

El muchacho miró el plato otra vez. El vapor subía despacio, con el olor a comino, a chile, a todo lo que había llenado la cocina esa noche larga.

"¿Y eso?", preguntó.

"Es guiso de res."

"¿Para quién es?"

Don Ramiro lo miró. Sus ojos seguían siendo dos pozos, pero ya no estaban vacíos. Había algo adentro. Algo pequeño, pero firme.

"Para él. Para Néstor."

El muchacho se rio, nervioso.

"¿Para él? ¿Después de lo que hizo?"

"Sí. Si quiere, se lo lleva. Está caliente todavía."

El muchacho lo pensó un rato. Después sacó el celular y llamó a alguien. Habló bajito, con la mano tapando la boca. Colgó.

"Voy a avisarle. Si quiere venir, viene. Si no, no."

"Está bien."

El muchacho se subió a la moto y se fue.

Lo que don Ramiro no dijo

Doña Cuca salió del comedor cuando el muchacho se perdió en la carretera.

"Don Ramiro, ¿qué está haciendo? ¿Por qué le va a dar de comer a ese hombre?"

Don Ramiro se sentó en una de las sillas de plástico que habían sacado. Se aflojó el delantal.

"Cuca, ¿usted se acuerda de mi Ernestina?"

"Claro que me acuerdo, don Ramiro."

Publicidad

"Ella me enseñó una cosa. Una vez, hace años, se metieron a robar a la casa. Yo me quería ir a los golpes con los ladrones. Y ella me detuvo."

Doña Cuca se sentó enfrente. No dijo nada.

"Me dijo: 'Ramiro, no gastes tu fuerza en pelear. Gástala en algo que valga la pena. Al que te hace mal, dale de comer. Y si se lo come, ya no te puede odiar. Y si no se lo come, ya no te puede olvidar'."

Doña Cuca se quedó callada un momento.

"¿Y cree que ese hombre va a venir?"

"No sé", dijo don Ramiro. "Pero el plato ahí va a estar. Y esa es la receta de ella. Y eso es lo único que tengo."

Se levantó y entró a la cocina. Doña Cuca lo siguió con la mirada.

El regreso

Néstor llegó a las doce y media.

Vino solo. En su moto, con el casco en la mano, sin la chamarra de cuero. Traía una camiseta gris y los brazos descubiertos.

Se estacionó en la orilla del terreno y se quedó ahí un rato, mirando la mesa puesta, el plato humeando todavía.

Don Ramiro salió del comedor. Se quedó parado en la puerta, sin acercarse.

Néstor caminó hasta la mesa. Se paró enfrente del plato.

"¿Qué es esto?", preguntó.

"Es guiso de res. La receta de mi esposa."

"¿Y por qué me lo tienes ahí?"

"Porque tú tiraste el mío al piso ayer. Y ese plato era de ella."

Néstor se quedó callado. Miró el plato. Miró a don Ramiro. Después miró el piso de tierra, donde todavía quedaban unas manchitas secas del guiso del día anterior.

"Yo no…", empezó, pero se detuvo.

Don Ramiro no dijo nada. Se quedó ahí, en la puerta, con las manos a los lados.

Néstor se sentó en la silla. Se quedó viendo el plato un rato largo.

Después tomó la cuchara.

La primera cucharada

Metió la cuchara en el caldo. La levantó. Sopló. Se la llevó a la boca.

Y se quedó quieto.

Doña Cuca, que miraba desde la ventana, dijo después que nunca en su vida había visto una cara cambiar tan rápido. Que primero fue la sorpresa. Después algo parecido al dolor. Y después, algo que no supo nombrar.

Néstor masticó despacio. Tragó. Se quedó viendo el plato.

"¿Qué le pusiste?", preguntó, con la voz más baja.

"Nada más. La receta de ella."

"¿Ella quién?"

"Mi esposa. Murió hace cuatro años."

Néstor dejó la cuchara en la orilla del plato. Se pasó la mano por la cara.

"Mi mamá hacía algo así", dijo. "Cuando yo era chico. Antes de que ella se fuera."

Don Ramiro no preguntó adónde se había ido. No hacía falta.

"Mi mamá cocinaba todos los domingos", siguió Néstor. "Y yo me sentaba en la cocina a verla. Y ella me daba a probar con la cuchara."

Se calló.

"Después se fue. Con un hombre. Y yo me quedé con mi papá, que no cocinaba. Que nunca cocinó. Y yo me crié comiendo lo que encontraba."

Don Ramiro caminó hasta la mesa. Se sentó en la silla de enfrente.

"Yo también me crié sin mi mamá", dijo. "Por eso aprendí a ver cocinar a mi Ernestina. Porque me hacía sentir que no estaba solo."

Néstor lo miró. Tenía los ojos brillantes, pero no lloraba. Era un hombre que había aprendido a no llorar hace mucho.

Publicidad

"¿Por qué me diste de comer?", preguntó. "Después de lo que hice."

"Porque mi Ernestina decía que al que te hace mal hay que darle de comer. Y que si se lo come, ya no te puede odiar."

Néstor se quedó viendo el plato. Después tomó la cuchara otra vez.

Lo que pasó después

Néstor terminó el plato entero.

No dijo nada mientras comía. Solo comía, despacio, como si cada cucharada le costara algo.

Cuando terminó, dejó la cuchara en el plato vacío. Se limpió la boca con el dorso de la mano.

"¿Cuánto te debo?", preguntó.

"Nada."

"¿Nada?"

"Ese plato era de ella. Ya no se puede reponer. Pero el guiso sí. Y ese ya te lo comiste."

Néstor se levantó. Sacó la cartera del bolsillo del pantalón. Dejó unos billetes en la mesa, aunque don Ramiro dijo que no.

"El plato de ayer", dijo Néstor. "Lo tiré porque me dio rabia."

"¿Rabia de qué?"

"De que usted tenía algo que yo no. De que usted cocinaba para alguien que ya no está. Y yo no tengo a nadie. Ni vivo ni muerto."

Don Ramiro lo miró. No dijo nada.

"Discúlpeme, viejo", dijo Néstor. Y se fue.

Se subió a la moto. Se puso el casco. Arrancó.

Antes de irse, volteó a ver a don Ramiro una última vez.

Y don Ramiro levantó la mano. No para despedirse. Para decir algo sin palabras. Algo que Néstor entendió, porque asintió con la cabeza antes de perderse en la carretera.

Esa noche

Don Ramiro cerró el comedor a las ocho, como siempre.

Se quitó el delantal. Lo dobló. Lo puso en el cajón.

Antes de irse, sacó la libreta del bolsillo. La abrió en la última página.

Leyó otra vez la nota de Ernestina. "Cocinar te ha salvado siempre."

Sonrió. Era la primera vez que sonreía en todo el día.

Guardó la libreta. Apagó la luz. Salió.

Cerró con llave y caminó hasta su casa, a tres cuadras del comedor. La neblina había vuelto a bajar de la sierra.

Al día siguiente, cuando abrió el comedor a las seis de la mañana, había algo en la puerta.

Un plato de barro nuevo. De los hondos, con pajarito pintado. No era igual al que se había roto, pero se parecía.

No tenía nota. No decía quién lo había dejado.

Don Ramiro lo levantó. Lo miró un rato bajo la luz de la mañana.

Lo llevó a la cocina. Lo lavó. Lo puso en el estante, junto a los otros cinco.

Y después encendió la estufa. Porque era martes, y había que cocinar.

Lo que don Ramiro aprendió

La historia del plato roto se regó por el pueblo en unos días. La contó doña Cuca en el mercado. La contó don Genaro en su pueblo. La contó alguien más en otro pueblo, y en otro.

Y así llegó hasta acá, hasta esta página, hasta tus ojos.

Pero lo que casi nadie cuenta es lo que don Ramiro entendió esa noche, mientras velaba la olla.

Entendió que el plato no era de Ernestina. El plato era un plato. Lo que era de ella era lo que había adentro.

Y eso no se rompe cuando alguien lo tira al piso. Eso se reproduce cada vez que alguien lo cocina.

Por eso don Ramiro no le gritó a Néstor. No lo maldijo. No lo denunció.

Porque no estaba defendiendo un plato. Estaba defendiendo una receta. Y una receta no se pierde si alguien más la aprende.

Publicidad

A veces, cuando cierra el comedor y se queda solo, don Ramiro se sienta en el banquito de la cocina.

Mira la olla. Mira el fuego. Y le habla a Ernestina.

"¿Viste?", le dice. "No le contesté. Le cociné."

Y en el vapor del guiso, en el olor a comino y a chile, en el silencio de la cocina vacía, don Ramiro jura que a veces escucha su voz.

"Bien hecho, Ramiro. Bien hecho."

Una última cosa

Si algún día pasas por esa carretera, por ese pueblo cuyo nombre casi nadie recuerda, busca el letrero torcido.

"El Sabor de Ernestina", dice. "Guisos caseros desde 1981."

Entra. Siéntate en una de las mesas de fórmica. Pide el guiso de res.

Don Ramiro te lo va a traer en un plato hondo de barro, con el pajarito azul pintado en la orilla.

Y cuando lo pruebes, vas a entender por qué un anciano de setenta y tres años se quedó parado, en silencio, viendo cómo su plato se rompía en el piso.

No estaba aguantando una humillación. Estaba esperando.

Esperando a que el hombre que le tiró el plato tuviera hambre. Porque el hambre, al final, es lo único que nos hace a todos iguales.

Y porque, como decía Ernestina, al que te hace mal hay que darle de comer. Y si se lo come, ya no te puede odiar.

Y si no se lo come, ya no te puede olvidar.

Eso es lo que don Ramiro sabía. Y eso es lo que cocinó esa noche larga, en la cocina vacía, con la libreta de su esposa apretada contra el pecho.

Ahora cada vez que alguien le pregunta por qué no se vengó de Néstor, don Ramiro sonríe.

"Porque la venganza se sirve fría", dice. "Pero el guiso, calientito."

Y se va a la cocina a seguir cocinando. Porque es martes. Y en El Sabor de Ernestina, todos los días hay algo que hacer.

Porque el amor, cuando se cocina con paciencia, no se rompe nunca. Ni siquiera cuando alguien lo tira al piso.

Publicidad

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *