Crónicas y testimonios que conmueven: historias reales de gente común, contadas hoy. Relatos que tocan el corazón y no puedes dejar de leer.
Blog

El padre que caminó 20 kilómetros para decirle a su hijo: “jamás te abandoné”

6 min de lectura
Publicidad

Estás en la parte dos: donde las palabras se convierten en verdad. Continúa leyendo.

Publicidad

Se sentaron en la entrada de una tienda de abarrotes que ya había cerrado. La reja metálica estaba fría, pero el joven había puesto su chaqueta sobre el piso para que el anciano no se mojara más de lo que ya estaba. Un gesto pequeño, sí, pero que para Don Ernesto valía más que todas las monedas que alguna vez había tenido en el bolsillo.

— Me llamo Andrés —dijo el muchacho, ofreciéndole una botella de agua que sacó de su mochila—. Y usted debe ser Don Ernesto, ¿verdad? Lo escuché decirlo.

Publicidad

El anciano asintió lentamente, tomando un sorbo de agua.

— ¿Por qué hace esto, Andrés? —preguntó, con la voz quebrada—. ¿Por qué un joven como usted pierde su tiempo con un viejo desconocido?

Andrés se encogió de hombros, pero sus ojos no rehuyeron la pregunta.

Publicidad

— Porque mi abuelo murió hace dos años —respondió—. Y la última vez que lo vi, no tuve el valor de abrazarlo. Pensé que habría tiempo. Pensé que lo haría mañana. Pero el mañana nunca llegó.

El silencio entre ambos fue denso, pero no incómodo. Era un silencio que unía más que mil palabras.

— ¿Quiere hablar de ello? —preguntó Andrés.

Publicidad

Don Ernesto miró las luces de la ciudad reflejadas en los charcos. Las miraba sin realmente verlas. Su mente estaba en otra parte, en otro tiempo, en otra vida.

— Hace veinticinco años —empezó, con voz lenta—, yo era un hombre joven. Bueno, más joven que ahora. Trabajaba en una fábrica textil, de esas que ya no existen, de las que se llevaron el progreso y se fueron. Tenía a mi esposa, Luisa, y a mi hijo, Roberto. El pequeño Robi, como le decía yo.

La voz se le quebró al pronunciar ese nombre. Un nombre que no había dicho en voz alta desde hacía mucho tiempo.

Publicidad

— Un día, la fábrica cerró. Me quedé sin trabajo. Y con deudas hasta el cuello. Luisa… Luisa nunca supo manejar la presión. Empezó a echarle la culpa a todo y a todos. Me culpaba a mí, culpaba al destino, culpaba incluso al niño, aunque nunca quiso admitirlo.

Don Ernesto cerró los ojos, como si solo así pudiera atravesar el tiempo y volver a aquellos días oscuros.

— Decidí que lo mejor era buscar trabajo en otra ciudad. Trabajar lejos, mandar dinero, y volver a casa cuando las cosas estuvieran mejor. Le prometí a Luisa que volvería. Le prometí a mi hijo que regresaría por él. Pero ella… ella me dijo que si me iba, no me esperaría. Que si cruzaba aquella puerta, para ella yo estaría muerto.

— ¿Y usted se fue? —preguntó Andrés, con voz apenas audible.

Publicidad

— Me fui —confesó el anciano, con lágrimas que ya no pudo contener—. Porque no había otra manera. Porque tenía que darle de comer a mi familia. Porque un padre… un padre hace lo que tiene que hacer, aunque le rompan el corazón en el intento.

Cuatro meses tardó en volver. Cuatro largos meses de trabajo agotador en obras de construcción, de dormir en cuartos compartidos con otros hombres que como él habían dejado a sus familias atrás para poder mantenerlas. Cuatro meses de ahorrar cada centavo, de comer pan con agua para poder mandarles un poco más.

Y cuando por fin juntó lo suficiente, cuando compró el pasaje de vuelta, cuando se paró frente a la puerta de su casa con un regalo para su hijo bajo el brazo… la puerta no se abrió.

Fue un vecino quien le contó la verdad.

Luisa se había ido. Había vendido la casa, había tomado al niño, se había mudado a otra ciudad. Le dijo a todo el que quiso escuchar que su marido la había abandonado, que no era un hombre de palabra, que se había fugado con otra mujer.

Publicidad

Lo buscó durante dos años. Dos años enteros de recorrer pueblos y ciudades, de preguntar en escuelas y hospitales, de gastar lo poco que ganaba en pasajes y en pistas falsas. Hasta que un día, un conocido le dijo que había visto a Luisa en esta ciudad.

Y aquí estaba. Veinticinco años después.

— ¿Y se mudó aquí para buscarlos? —preguntó Andrés, incrédulo.

— Sí —dijo Don Ernesto—. Me quedé aquí. Encontré trabajo en una panadería, alquilé un cuarto pequeño. Me quedé cerca, esperando el momento de acercarme a mi hijo. Pero Luisa se encargó de ponerle a Roberto en contra mía desde pequeño. Le contó tantas mentiras que, cuando por fin tuve el valor de hablarle, él me escupió en la cara y me dijo que yo había muerto para él.

Las lágrimas corrían por sus mejillas surcadas de arrugas. Ya no le daba vergüenza llorar.

Publicidad

— Hoy fue mi último intento —susurró—. Le escribí una carta contando toda la verdad. Diciéndole que jamás lo abandoné, que su madre me lo arrebató, que pasé años buscándolo. Pero él me cerró la puerta. Me miró con un odio tan profundo… que dudé si valía la pena siquiera dejar la carta.

— ¿Y qué cree que hará? —preguntó Andrés.

— No lo sé —dijo Don Ernesto, secándose el rostro con la manga de su chaqueta—. Quizá la tire a la basura. Quizá la lea. Quizá crea que es otra mentira. Ya no soy joven, Andrés. Esta fue mi última carta. Si mi hijo no me perdona ahora, ya no habrá otra oportunidad.

La lluvia seguía cayendo, pero Don Ernesto ya no la sentía. Sentía únicamente un vacío profundo dentro del pecho, un abismo que llevaba consigo tantos años que ya había olvidado cómo se sentía vivir sin él.

Fue entonces cuando una puerta se abrió al otro lado de la calle.

Publicidad

Descubre el desenlace final tocando el botón siguiente 👇

Publicidad

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *