Continuamos con la historia donde la dejamos… el plan ya estaba en marcha y no habría vuelta atrás.
A la mañana siguiente, me levanté antes que el sol.
Preparé el café, dejando que el aroma inundara la casa, esa casa que había construido con préstamos, horas extras y domingos sin descanso.
Mientras el agua hervía, miré la foto de nuestra boda que colgaba en la pared de la cocina.
Elena se veía tan pura, tan real. ¿En qué momento se convirtió en este ser capaz de conspirar con un extraño para destruirme?
Me di cuenta de que Marcos no era un «amigo de la infancia».
Había algo en la forma en que se miraban, una familiaridad que solo da el tiempo y el pecado.
Cuando Elena entró a la cocina, envuelta en su bata de seda —la que yo le regalé por nuestro tercer aniversario—, me abrazó por la espalda.
—¿Tan temprano te vas, mi trabajador favorito? —me susurró al oído.
—Tengo que conseguir ese dinero para las medicinas de Marcos, ¿no? —respondí, sin mirarla a los ojos mientras servía el café—. No quiero que se ponga peor de su supuesta dolencia en los pulmones.
—Eres un ángel, Roberto. Dios te lo va a pagar —dijo ella, y por poco me río en su cara.
—Oh, estoy seguro de que alguien me lo va a pagar, Elena. Muy pronto.
Me fui al trabajo, pero no a la bodega.
Fui directamente a la oficina de un viejo amigo, un abogado que se especializa en bienes raíces y, curiosamente, en divorcios por adulterio.
Le mostré el video. Le conté la historia.
—Roberto, esto es oro puro —me dijo, ajustándose los lentes—. Pero si quieres que se queden en la calle legalmente, necesitamos más. Necesitamos pruebas de que él no es quien dice ser.
Pasé el resto de la mañana investigando por mi cuenta.
Gracias a un contacto en la policía, descubrí la joya de la corona: Marcos no era ningún muerto de hambre.
Era un estafador con antecedentes, un hombre que se dedicaba a buscar mujeres casadas y aburridas para convencerlas de desplumar a sus maridos.
Y Elena había caído redondita… o quizás, ella era la que lo había buscado a él.
Regresé a casa al mediodía, fingiendo que me sentía mal.
Entré por la puerta trasera, la que siempre rechina, pero esta vez la abrí con un cuidado milimétrico que aprendí aceitando las bisagras en silencio meses atrás.
Lo que escuché en la habitación principal fue la confirmación de mi muerte emocional, pero el nacimiento de mi justicia.
—¿Cuándo le vas a decir lo del seguro de vida? —preguntó Marcos.
Se escuchaba el sonido de las sábanas moviéndose. Estaban en mi cama. En nuestra cama.
—En cuanto firme los papeles del nuevo préstamo para la supuesta inversión —respondió Elena—. Él confía tanto en mí que firma lo que sea sin leer. Dice que mi firma es su garantía.
—Pobre diablo —rió Marcos—. Cuando se dé cuenta de que la casa está a nombre de una sociedad que controlamos nosotros, va a ser tarde.
Me quedé apoyado contra la pared del pasillo, cerrando los ojos.
La sociedad. Eso era lo que ella estaba tramando.
Quería que yo firmara unos papeles supuestamente para «proteger» la casa de los impuestos, pero en realidad era para traspasarla.
Sentí una rabia volcánica, de esas que te hacen ver rojo, pero la contuve.
Bajé las escaleras en silencio y salí de la casa.
Caminé unas cuadras, respirando el aire frío de la tarde, y saqué mi teléfono.
Llamé a mi hermano mayor, que tiene una empresa de mudanzas, y a dos de mis mejores amigos de la infancia.
—Muchachos, necesito un favor —les dije—. Mañana a las seis de la tarde, cuando yo dé la señal, quiero que lleguen con el camión más grande que tengan.
—¿Te mudas, Beto? —preguntó mi hermano, extrañado.
—No, hermano. Voy a hacer una limpieza profunda de parásitos.
Esa noche, llegué a casa con un sobre amarillo.
Elena y Marcos estaban cenando —curiosamente, ella había preparado mi plato favorito: asado con papas—.
La ironía me pareció sublime. El condenado comiendo su última cena de lujo antes de la ejecución.
—Aquí está el dinero —dije, poniendo unos billetes sobre la mesa—. Y aquí están los papeles que me pediste, Elena. Los del «trámite» de la casa.
Los ojos de Elena brillaron con una codicia que ya no podía ocultar.
—¡Ay, Roberto! ¡Qué alivio! Esto nos va a dar tanta tranquilidad —dijo, lanzándose a mis brazos.
Marcos asintió con la cabeza, tratando de ocultar una sonrisa de triunfo.
—Eres un gran hombre, Roberto. Pocos como tú.
—Lo sé, Marcos. Lo sé muy bien. Por cierto, mañana tengo que salir de la ciudad por un trabajo especial. Me iré temprano y volveré tarde. Les dejo la casa para que… descansen.
—No te preocupes, amigo —dijo Marcos, sirviéndose más vino—. Nosotros cuidaremos muy bien de todo.
Subí a la habitación y empecé a empacar una maleta pequeña, fingiendo que era para mi viaje.
En realidad, estaba guardando mis documentos importantes, las joyas de mi madre y las fotos que realmente me importaban.
Desde la ventana, vi cómo ellos salían al jardín a celebrar en susurros.
No sabían que el sobre amarillo no contenía el traspaso de la casa.
Contenía una demanda de divorcio por adulterio, una orden de desalojo inmediata para «invitados no deseados» y la evidencia impresa de sus antecedentes penales.
Pero ellos no abrirían ese sobre hasta que yo lo dijera.
La noche fue larga. Los escuché reír en la habitación de invitados, creyéndose los dueños del mundo.
Yo solo miraba el reloj, contando los minutos para que el sol saliera.
Porque el día siguiente no sería solo el fin de mi matrimonio, sino el comienzo de su peor pesadilla.
Tenía todo listo: el camión, los testigos y una sorpresa final que Elena nunca esperaría de su «iluso marido».
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