Estamos en la parte 2: la historia continúa exactamente donde quedó la escena que acabaste de leer.
El zorro finalmente se dejó caer al suelo. Sus patas no lo sostenían más y el dolor en su costado se volvía insoportable. Pero antes de que su cabeza tocara el suelo, sintió el peso del patito acomodándose junto a él, acurrucándose contra su pecho.
—»Cuac…» —pió el pequeño, con una tranquilidad que sorprendió a todos los presentes.
La loba se acercó lentamente y se sentó frente al zorro. Sus ojos amarillos, viejos y sabios, lo observaron con una emoción que el zorro no podía descifrar.
—»Nunca creí que te vería haciendo esto —dijo con una media sonrisa—. Protegiendo a un patito.»
El zorro rió, aunque le dolió todo el cuerpo al hacerlo.
—»Yo tampoco lo creí —admitió—. Pero… no sé. No pude dejarlo solo.»
—»¿Sabes cuándo fue la última vez que vi a un zorro proteger a un pato?» —preguntó la loba, con la voz cargada de memoria.
El zorro negó con la cabeza.
—»Hace muchos años. Cuando yo era apenas una lobita —comenzó. Un zorro joven, de pelaje rojizo como el tuyo, apareció en la madriguera con un patito recién nacido. Igual que tú, venía herido y agotado. Igual que tú, había enfrentado a un depredador para protegerlo. Lo cuidó durante semanas hasta que el patito pudo volar. Luego lo vio partir, sabiendo que su misión había terminado. Y nunca volvió a ser el mismo.»
El zorro guardó silencio, reflexionando sobre las palabras de la loba. El patito, que se había quedado dormido sobre su pelaje, soltó un pequeño suspiro.
—»¿Y qué pasó con ese zorro?» —preguntó.
—»Se convirtió en un guardián —respondió la loba—. Pasó el resto de sus días protegiendo a los más débiles del bosque. No solo a los de su especie. Sino a todos los que necesitaban ayuda. Murió viejo y rodeado de criaturas que le debían la vida.»
El zorro miró al patito dormido sobre su pecho. Sintió el latido diminuto de su corazón contra las costillas. Y entendió que ese pequeño animal, tan frágil y tan insignificante, acababa de cambiar algo fundamental dentro de él.
—»¿Y tú qué harás ahora? —preguntó la loba—. Ese patito aún necesita cuidados. Necesita aprender a comer solo, a nadar, a volar…»
El zorro soltó un suspiro cansado.
—»Supongo que lo enseñaré —dijo—. Aunque no tengo la menor idea de cómo se hace eso.»
Las lobas rieron. La pequeña lobita, que hasta entonces había estado callada, dio un paso adelante y se sentó junto al zorro.
—»Yo sé nadar —dijo con orgullo—. Y sé cazar. Podría enseñarle algunas cosas… aunque no sé si un pato quiere aprender las mismas cosas que una loba aprende.»
—»Gracias —miró a la lobita con gratitud—. Cualquier ayuda es bienvenida.»
Los Días de Cuidado
Los días siguientes fueron una aventura constante. El zorro descubrió que cuidar a un patito era mucho más complicado de lo que había imaginado. El pequeño lloraba cuando tenía hambre. Lloraba cuando tenía frío. Lloraba cuando quería nadar y no lo dejaban ir al río. Lloraba cuando lo dejaban solo, aunque fuera por unos segundos.
A veces, el zorro se sentaba a observarlo y pensaba: «¿Por qué no me lo comí aquel primer día?» Y entonces, el patito hacía algo tan entrañable, como esconder la cabecita bajo el ala del zorro o emitir un suave ronroneo mientras dormía, que el zorro sentía que su corazón se estiraba como nunca antes lo había hecho.
La lobita cumplió su promesa. Cada tarde, bajaban juntos al río para que el patito aprendiera a nadar. Era todo un espectáculo verlo dar vueltas en el agua con sus patitas naranjas mientras el zorro, temblando de nerviosismo, corría de un lado a otro de la orilla con instrucciones contradictorias.
—»No te alejes, pequeño —decía—. Ven hacia acá. No, hacia el otro lado. ¡Cuidado con esa corriente!»
La lobita se reía, sentada sobre una roca, mientras observaba la escena.
—»Nunca pensé que vería a un zorro cuidando a un pato como si fuera su propio hijo —decía—. Es lo más extraño y hermoso que he visto en mi vida.»
Y el patito, por su parte, estaba creciendo. Cada día era un poquito más grande, un poquito más fuerte. Ya no era una bolita de plumas indefensa. Ahora podía correr, nadar y hasta volar por unos segundos. Pero cada vez que lo hacía, siempre regresaba junto al zorro. Siempre buscaba su calor, su protección, su compañía.
El zorro ya no se sorprendía por eso. Aceptaba el cariño del patito como algo natural, como si siempre hubiera estado destinado a cuidarlo.
Hasta que llegó el otoño.
El Tiempo de Partir
El aire se volvió más frío. Las hojas comenzaron a cambiar de color y los días a acortarse. Los pájaros empezaron a reunirse en bandadas, preparándose para la migración. Y una noche, mientras el zorro y el patito compartían la madriguera improvisada cerca del río, el pequeño alzó la cabeza y escuchó un sonido lejano.
—»¿Qué es eso? —preguntó, con una curiosidad que el zorro nunca antes había visto en él.»
El zorro también escuchó. Eran los gritos de las aves migratorias. De los patos salvajes que cruzaban el cielo en formación perfecta, llamándose unos a otros para mantenerse juntos en el viaje hacia el sur.
El patito se levantó de un salto y salió de la madriguera. Miró al cielo, con sus ojitos brillando bajo la luz de la luna, y emitió un sonido que el zorro no le había escuchado nunca. Un sonido profundo, ancestral, que venía de lo más profundo de su instinto.
—»Es… es mi gente, ¿verdad? —preguntó el patito, volviendo la cabeza hacia el zorro—. Son como yo. ¿Verdad?»
El zorro se acercó y se sentó junto a él. Miró las siluetas que cruzaban el cielo nocturno y sintió un nudo en la garganta.
—»Sí —dijo con voz grave—. Son como tú.»
El patito guardó silencio. Era un momento que ambos sabían que llegaría. Esa conexión, tan improbable y tan hermosa, no podía durar para siempre. El patito pertenecía al aire, al agua, a los cielos abiertos. El zorro pertenecía al bosque, a la tierra, a los senderos ocultos.
—»¿Tengo que irme, verdad?» —preguntó el patito con voz pequeña, mirándolo fijamente.
El zorro sintió que su corazón se partía en dos. Pero sabía que no podía mentir para retenerlo.
—»Tienes que irte —dijo—. Pero no porque quieras separarte de mí, sino porque es parte de lo que eres. Está en tu sangre. En tu naturaleza. Y es hermosa. ¿Entiendes?»
El patito lo miró con los ojos empañados.
—»Yo no quiero irme —dijo, y su voz sonó finalmente como la de un animal joven que todavía tiene miedo al mundo—. Me da miedo estar solo.»
El zorro lo tomó suavemente con su hocico y apoyó el mentón sobre la cabeza del patito. Permanecieron así por un largo tiempo, sintiendo el latido del otro, sabiendo que ese momento era más valioso que cualquier tesoro del bosque.
—»No estarás solo —le dijo al fin—. Porque yo estuve contigo, y todo lo que vivimos juntos es parte de ti. Y cuando el viento sople fuerte y las estrellas brillen en el cielo, yo estaré aquí, pensando en ti. Y tú estarás allá, pensando en mí. Y de alguna manera, siempre estaremos juntos.»
La Partida
A la mañana siguiente, una bandada de patos se posó en el río. Habían volado toda la noche, buscando un lugar para descansar, y encontraron aquel remanso de aguas tranquilas.
El patito los observó desde la orilla, escondido entre los juncos. Los vio nadar, graznar, picotear las plantas del fondo. Y supo que era hora. Que su familia estaba ahí, del otro lado del agua, esperándolo sin saber que existía.
El zorro apareció a su lado, silencioso como siempre.
—»Ve —le dijo, con la voz apenas más que un susurro—. No tengas miedo. Te llevas conmigo lo mejor que tengo. Y eso te protegerá donde quiera que vayas.»
El patito lo miró por última vez. Sus ojos se fijaron en los del zorro, en esas pupilas oscuras que habían sido su brújula, su refugio, su hogar. Y luego, sin decir nada más, se lanzó al agua.
Nadó hacia la bandada con una firmeza que no sentía. El corazón le latía fuerte, pero siguió adelante. Cuando llegó hasta ellos, los patos lo recibieron con curiosidad al principio, y luego con afecto. Lo rodearon, lo examinaron, y finalmente lo aceptaron como uno de los suyos.
Antes de partir, el patito (ya casi convertido en pato adulto) volvió la cabeza hacia la orilla. El zorro seguía allí, de pie, silencioso, mirándolo. Y por un momento eterno, las miradas de los dos se encontraron.
—»Cuac» —dijo el pato, con una voz que llevaba todo el gracias que no sabía expresar con palabras.
—»Cuida mucho de ti, pequeño —respondió el zorro, aunque sabía que no podría escucharlo—. Y recuerda, siempre estaré aquí.»
La bandada alzó el vuelo. El pato, por un segundo, se detuvo. Pero luego abrió sus alas y remontó el aire, alcanzando a los demás.
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