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El grito en el parque que cambió mi vida: El día que perseguí a un fantasma para salvar a mi hijo

6 min de lectura
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Estás en la parte 2: la historia continúa y la tensión aumenta…

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Roberto se pegó a la pared, sintiendo el frío del concreto húmedo contra su espalda. Sus sentidos estaban tan agudizados que podía oír el roce de su propia ropa. El pasillo olía a humedad, a olvido y a algo más… a un perfume familiar que su cerebro no terminaba de procesar. Era un aroma que lo transportaba a años atrás, a una vida que creía haber dejado enterrada en el baúl de los recuerdos dolorosos.

Dio un paso hacia la puerta. La luz que salía del interior era amarillenta, mortecina, proyectando sombras alargadas que bailaban en el suelo como espectros. Por el resquicio de la puerta, alcanzó a ver una pequeña figura sentada en una silla de madera vieja. Era Lucas. Estaba de espaldas, pero Roberto reconoció de inmediato sus rizos castaños y la forma en que movía los pies cuando estaba nervioso.

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El niño no estaba atado. Tampoco parecía estar gritando ahora. Había un silencio denso, cargado de una electricidad estática que hacía que a Roberto se le erizaran los vellos de la nuca.

Entonces, una voz profunda y rasposa rompió el silencio.

—No llores, pequeño. Aquí estás a salvo. Ellos no te encontrarán aquí.

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Roberto sintió un escalofrío que le recorrió toda la columna vertebral. Esa voz… No era la voz de un criminal común. Había una melancolía profunda en ella, una especie de ternura retorcida que le resultó aterradoramente reconocible.

Sin poder contenerse más, Roberto empujó la puerta con toda su fuerza. El impacto contra la pared resonó en todo el edificio vacío.

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—¡Suéltalo ya mismo! —gritó Roberto, irrumpiendo en la habitación con los ojos inyectados en sangre—. ¡Aléjate de mi hijo o juro por Dios que no saldrás vivo de aquí!

Lucas saltó de la silla y corrió hacia un rincón, asustado por la violencia de la entrada de su padre. El hombre, que estaba inclinado sobre una mesa vieja, se enderezó lentamente. No intentó huir. No sacó un arma. Simplemente se quedó allí, de espaldas, con los hombros caídos como si cargara con el peso de todo el mundo sobre ellos.

—Roberto… —dijo el hombre, pronunciando su nombre con una suavidad que desarmó por un instante la furia del padre—. Sabía que vendrías. Siempre fuiste el más rápido de los dos.

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Roberto se quedó petrificado. Sus manos, que antes estaban listas para atacar, empezaron a temblar violentamente. Aquella chaqueta oscura, aquella estatura, aquel tono de voz… El hombre se dio la vuelta despacio, revelando un rostro marcado por las cicatrices del tiempo y el sufrimiento. Tenía los ojos hundidos, pero el color de su iris era el mismo que el de Roberto. El mismo que el de Lucas.

—Dios mío… ¿Tú? —exhaló Roberto, sintiendo que el suelo se movía bajo sus pies—. ¿Esteban?

El hombre frente a él no era un extraño. Era su hermano mayor. El hermano al que habían dado por muerto hacía diez años en aquel accidente automovilístico donde el coche cayó al río y el cuerpo nunca fue recuperado. El hermano que Roberto había llorado hasta quedarse sin lágrimas, el que había dejado un hueco imposible de llenar en la familia.

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—¿Cómo es posible? —preguntó Roberto, retrocediendo un paso, sin saber si abrazarlo o salir corriendo con su hijo—. Te enterramos… Bueno, no te enterramos, pero hubo un funeral. Mamá murió creyendo que habías muerto tú primero.

Esteban bajó la mirada. Sus manos estaban sucias, sus uñas quebradas. Parecía un hombre que había vivido en las sombras, alimentándose de desperdicios y recuerdos.

—Era mejor así, Roberto. Después de lo que pasó… después de la deuda y de aquella gente que me buscaba… Si yo moría, ustedes estaban a salvo. Me convertí en un fantasma para protegerlos. He vivido observándolos desde las esquinas, desde los parques, viendo cómo crecías, cómo te casabas, cómo tenías a este hermoso niño.

Roberto miró a Lucas, que observaba la escena con los ojos muy abiertos, sin entender por qué su papá hablaba con el «señor de la chaqueta» como si lo conociera.

—¿Por qué hoy, Esteban? ¿Por qué llevarte a Lucas de esa manera? ¡Casi me matas del susto! —reprochó Roberto, sintiendo cómo la ira volvía a ganar terreno sobre la sorpresa.

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—Porque ellos volvieron —dijo Esteban, y por primera vez, el miedo real asomó en sus ojos—. Los que me buscaban hace diez años. Los vi en el parque, Roberto. Te estaban siguiendo a ti, no a mí. Pensaron que eras yo, o tal vez sabían quién eras y querían usar a Lucas para hacerme salir. No tuve tiempo de explicarte. Tenía que sacarlo de allí.

Roberto sintió que el aire se volvía pesado. ¿Alguien los seguía? ¿Su hermano estaba diciendo la verdad o era víctima de la locura tras años de soledad? Miró a su alrededor. La habitación estaba llena de recortes de periódicos viejos, fotos de la familia tomadas desde lejos… Esteban realmente los había estado vigilando durante una década.

—Tenemos que irnos de aquí —dijo Roberto, extendiendo la mano hacia Lucas—. Si lo que dices es cierto, este lugar no es seguro. Esteban, ven con nosotros. Vamos a la policía, aclaremos todo.

Esteban soltó una risa amarga que terminó en una tos seca.

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—No hay nada que aclarar para la ley, hermano. Yo estoy muerto para el sistema. Pero tienes razón, hay que salir. Pero no por la puerta principal. Ellos están afuera. Los vi llegar justo antes de que tú entraras.

En ese momento, el sonido de varios neumáticos derrapando sobre la grava afuera del edificio confirmó las palabras de Esteban. Se escucharon portazos y voces rudas que daban órdenes. Roberto sintió que el pánico lo invadía de nuevo, pero esta vez era diferente. Ya no estaba solo.

—Escúchame bien, Roberto —dijo Esteban, acercándose y poniendo sus manos sobre los hombros de su hermano—. Hay una salida por el sótano que da a las alcantarillas. Tienes que llevarte a Lucas por ahí. Yo los voy a distraer.

—¡No! ¡No te voy a perder otra vez! —gritó Roberto, agarrando la chaqueta de su hermano.

—Ya me perdiste hace mucho tiempo, Beto —respondió Esteban con una sonrisa triste, usando el apodo de la infancia—. Ahora, lo único que importa es que Lucas llegue a casa. Es mi última oportunidad de ser el hermano mayor que debí ser.

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Los pasos pesados empezaron a resonar en la escalera de metal. Eran muchos. Y venían rápido.

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