Continuamos con la historia justo donde la dejamos, con Mateo de pie frente a quienes lo humillaron, pero con una chispa diferente en sus ojos.
La tensión en la iglesia era casi palpable. Beatriz, acostumbrada a mandar y a que nadie la cuestionara, se sintió irritada por la repentina calma de Mateo. Para ella, esa tranquilidad era un acto de insolencia.
—¿Hablar con propiedad? —se burló Beatriz—. Lo único que tienes que hablar es con la puerta de salida. No sé qué delirios de grandeza tengas ahora, pero este es el Gran Plaza, el hotel más exclusivo de la ciudad. Una noche aquí cuesta más de lo que tú ganas en tres años.
Mateo no respondió de inmediato. Metió la mano en el bolsillo de su saco y sacó un teléfono móvil. No era el modelo antiguo y maltratado que Valeria le conocía, sino uno de última generación, sobrio y elegante. Marcó un número rápido mientras todos lo observaban con una mezcla de curiosidad y burla.
—¿Se volvió loco? —susurró una de las damas de honor—. ¿A quién va a llamar? ¿A su casero para pedirle una prórroga?
Mateo ignoró los comentarios. Al otro lado de la línea, alguien respondió al primer timbrazo.
—Soy yo —dijo Mateo con una autoridad que dejó a Valeria helada—. Activen el protocolo de seguridad nivel 1 en el salón principal y la capilla. Y traigan el maletín negro a mi ubicación de inmediato. Ahora mismo.
Colgó el teléfono y guardó el aparato con una parsimonia irritante. Beatriz soltó una carcajada que resonó en las bóvedas de la iglesia.
—¡Vaya! ¡El señorito está jugando a ser importante! —exclamó la mujer, volviéndose hacia los invitados para buscar su complicidad—. ¿Escucharon eso? «Protocolo de seguridad». Valeria, de la que te has salvado, hija mía. No solo es pobre, ¡está demente!
Valeria, sin embargo, no se estaba riendo. Había algo en la postura de Mateo, en la forma en que sus ojos ya no buscaban su aprobación, que le producía un escalofrío. Conocía a Mateo desde hacía dos años, o al menos eso creía ella. Siempre lo vio como un arquitecto junior, alguien con talento pero sin conexiones, un hombre que siempre vestía de forma sencilla y prefería los lugares tranquilos a los eventos sociales de la alta alcurnia.
—Mateo, ya basta —dijo Valeria con un tono de voz que intentaba ser firme pero que delataba su nerviosismo—. Toma lo que te queda de dignidad y vete. No empeores las cosas con estas mentiras.
—¿Mentiras, Valeria? —preguntó él, acercándose un paso. Ella retrocedió instintivamente—. Durante dos años te di todo lo que un hombre puede dar. Te di mi tiempo, mi lealtad y mi amor más sincero. Pero siempre supe que tu madre te susurraba al oído. Siempre supe que tu amor estaba condicionado por la apariencia.
—¡No te atrevas a hablarle así a mi hija! —intervino Beatriz, poniéndose entre ambos—. ¡Seguridad! ¿Dónde está la seguridad de este lugar? ¡Saquen a este hombre de aquí!
En ese preciso momento, las grandes puertas dobles de la capilla se abrieron de par en par. Pero no fueron los guardias habituales del hotel quienes entraron. Un grupo de seis hombres vestidos con trajes negros impecables, con auriculares en sus oídos y rostros de granito, marcharon por el pasillo central con una disciplina militar.
Al frente del grupo venía un hombre de mediana edad, con el cabello canoso y un aire de suma importancia. Beatriz lo reconoció de inmediato. Era el señor Ferrán, el director general de toda la cadena de hoteles Gran Plaza a nivel internacional. Ella lo había perseguido durante meses para conseguir un descuento en la boda, pero él nunca le había concedido ni cinco minutos.
—¡Señor Ferrán! —exclamó Beatriz, cambiando su expresión de odio por una sonrisa servil—. Qué bueno que llega. Este hombre está causando un disturbio en su hotel. Por favor, haga que sus hombres lo retiren para que podamos proceder a… bueno, a cancelar todo formalmente.
El señor Ferrán ni siquiera la miró. Pasó de largo, ignorando su mano extendida, y se detuvo exactamente frente a Mateo. Para horror de todos los presentes, el hombre más poderoso de la industria hotelera del país hizo una reverencia profunda.
—Señor Presidente —dijo Ferrán con voz clara y respetuosa—. Mil disculpas por la demora. No sabíamos que la situación había escalado de esta manera. Aquí tiene lo que pidió.
Uno de los guardaespaldas dio un paso al frente y le entregó a Mateo un maletín de cuero fino. Mateo lo abrió con calma, extrajo un par de lentes oscuros y una carpeta con documentos.
El silencio en la iglesia era tan denso que se podía escuchar el revoloteo de una mosca. Beatriz sentía que las piernas le fallaban, y Valeria se había puesto pálida como el mármol de las estatuas.
—¿»Señor Presidente»? —susurró Valeria, con la voz apenas audible—. Mateo… ¿qué es esto?
Mateo se puso los lentes y miró a Valeria, pero ya no había rastro del hombre que había llorado en el suelo hace unos minutos.
—Verás, Valeria… mi nombre completo es Mateo Alexander Rothschild. Soy el accionista mayoritario de este hotel y de otros cuarenta y dos alrededor del mundo. El «arquitecto junior» que conociste era solo una forma de asegurarme de que, por una vez en mi vida, alguien me amara por quién soy y no por lo que tengo en el banco.
Beatriz se llevó la mano al pecho, jadeando.
—¿Rothschild? ¿Como los dueños del consorcio bancario internacional? —balbuceó, sintiendo que el mundo se le venía abajo.
—Exactamente —respondió Mateo con una frialdad que cortaba el aire—. Quería una vida sencilla. Quería una mujer que estuviera conmigo en las buenas y en las malas. Por eso vivía en ese apartamento pequeño, por eso usaba ropa común. Quería construir un hogar real. Pero hoy me han demostrado que su amor tiene un precio, y lamentablemente para ustedes, mi billetera es mucho más grande que sus escrúpulos.
Beatriz, recuperando un poco el aliento por la pura ambición que siempre la había movido, intentó recomponerse. Se acercó a Mateo con una sonrisa temblorosa, tratando de borrar sus insultos previos.
—¡Mateo! ¡Querido! Pero… ¿por qué no nos dijiste? ¡Esto cambia todo! Valeria, hija, mira qué bromista es Mateo. Todo esto fue una prueba, ¿verdad? ¡Y la pasamos! Solo estábamos… asustadas por el futuro, ya sabes cómo somos las mujeres…
Mateo soltó una risa seca y carente de alegría.
—¿Una prueba que pasaron? No, Beatriz. Ustedes reprobaron de la forma más miserable posible. Me humillaste frente a mis propios empleados. Me llamaste «muerto de hambre» en el hotel que yo mismo mandé a construir. Y tú, Valeria… tú estabas dispuesta a tirar dos años de relación porque creíste que no podía darte la vida de lujos que crees merecer.
Valeria se acercó, intentando tomar la mano de Mateo, pero él se apartó como si ella fuera una extraña.
—Mateo, por favor… perdóname —dijo ella, y esta vez las lágrimas en sus ojos sí eran reales, aunque nacidas del arrepentimiento de haber perdido una fortuna—. Estaba confundida, mi madre me presionó… yo te amo, te lo juro.
—No, Valeria. Tú amas la idea de la seguridad que te da mi apellido —sentenció Mateo—. Pero ahora que saben la verdad, es hora de que yo también actúe como el hombre que dicen que necesito ser.
Mateo se volvió hacia el señor Ferrán, quien permanecía a su lado esperando órdenes.
—Ferrán, ¿cuál es el estado financiero de la familia De la Vega?
—Señor —respondió el director con eficiencia implacable—, como usted sabe, el consorcio de su familia es el principal acreedor de sus empresas textiles. Deben más de cinco millones de dólares en préstamos vencidos. De hecho, hoy mismo se vencía la prórroga que usted, de forma anónima, les había concedido.
Beatriz sintió que se le nublaba la vista. El «pobre muchacho» que acababa de pisotear era, literalmente, el dueño de sus vidas.
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