Hiciste bien en no quedarte con la duda, porque lo que sucedió después de ese «no» fue algo que nadie en esa iglesia podrá olvidar jamás.
El destino suele tener un sentido del humor bastante retorcido, mostrándonos la verdadera cara de las personas justo cuando estamos más vulnerables.
Aquella tarde, el aire en la catedral se sentía pesado, cargado con el aroma de miles de rosas blancas que, irónicamente, ahora parecían adornar un funeral en lugar de una boda. Mateo estaba allí, de pie, con el corazón martilleando contra sus costillas, viendo cómo Valeria, la mujer por la que habría dado la vida, soltaba su mano como si quemara.
—No puedo hacerlo, Mateo —repitió ella, y esta vez su voz no tembló. Era una sentencia de muerte.
El silencio que siguió fue absoluto, roto únicamente por el murmullo ahogado de los invitados que se removían en los bancos de madera tallada. Mateo sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Sus ojos, llenos de una devoción que ahora parecía patética, buscaron una explicación en el rostro de su prometida.
—¿Valeria? ¿De qué estás hablando? —alcanzó a susurrar, su voz quebrándose en el aire frío—. Hace apenas una hora me dijiste que me amabas por encima de todo. Los anillos, los votos… todo está listo.
Fue entonces cuando doña Beatriz, la madre de Valeria, dio un paso al frente. No parecía sorprendida; al contrario, su rostro reflejaba una satisfacción maliciosa, como quien finalmente aplasta a un insecto que le molestaba. Se ajustó su collar de perlas auténticas y miró a Mateo con un desprecio que calaba hasta los huesos.
—Ya basta de este teatro, muchacho —espetó Beatriz, elevando la voz para asegurarse de que hasta la última fila la escuchara—. Mi hija finalmente ha recuperado el juicio. ¿Realmente pensaste que una mujer de su clase, educada en los mejores colegios y acostumbrada a lo mejor del mundo, iba a desperdiciar su vida al lado de un… de un don nadie como tú?
Mateo dio un paso hacia atrás, aturdido. Miró a los invitados, muchos de los cuales eran amigos de la familia de Valeria, y vio en sus rostros la misma mueca de superioridad.
—Beatriz, yo amo a su hija —dijo Mateo, tratando de mantener la compostura, aunque sus manos temblaban—. He trabajado doble turno, he ahorrado cada centavo para darle esta boda, para que no le faltara nada…
—¡Ese es precisamente el problema! —gritó Beatriz, soltando una carcajada estridente—. Tus «ahorros» no alcanzan ni para pagar las flores que estamos pisando. Eres un muerto de hambre, un cazafortunas que vio en mi hija un boleto de salida de su miseria. Mírate, ese traje que llevas puesto… ¿es alquilado, verdad? Se nota a leguas la falta de linaje.
Valeria no decía nada. Se limitaba a mirar sus uñas perfectamente manicuradas, evitando la mirada suplicante de Mateo. El joven se acercó a ella, ignorando los gestos de asco de su suegra.
—Vale, mírame —le pidió con voz rota—. Tú sabes quién soy. Sabes que lo que tenemos es real. No dejes que el dinero se interponga entre nosotros ahora. Podemos empezar desde abajo, no me importa el lujo, solo me importas tú.
Mateo se dejó caer sobre sus rodillas, justo allí, frente al altar. Fue un gesto de humillación total, un ruego desesperado que buscaba tocar una fibra de humanidad en la mujer que amaba. Las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas, manchando el suelo de mármol.
—Por favor, no me hagas esto —suplicó—. Te lo ruego.
Valeria finalmente levantó la vista, pero no había amor en sus ojos. Había fastidio. Una frialdad gélida que congeló los últimos restos de esperanza en el pecho de Mateo.
—Levántate, Mateo. Estás dando un espectáculo vergonzoso —dijo ella con una voz que él no reconoció—. Mi madre tiene razón. Me cansé de esperar que «progresaras». Me cansé de las cenas baratas y de tus promesas de un futuro brillante que nunca llega. Necesito seguridad, necesito un hombre que esté a mi nivel, no alguien a quien tenga que mantener oculto de mis amistades porque no sabe qué tenedor usar.
Beatriz se acercó y, con un gesto teatral, le arrebató a Valeria el ramo de flores para lanzarlo al suelo, justo frente a Mateo.
—Ya lo oíste. Lárgate de aquí antes de que llame a seguridad para que te saquen como la basura que eres. No tienes nada, no eres nadie, y hoy te aseguro que te quedarás en la calle, porque hasta el apartamento donde vives está a nombre de una de nuestras empresas subsidiarias. Mañana mismo estarás recogiendo tus trapos de la banqueta.
Mateo permaneció en el suelo unos segundos más, con la cabeza gacha. Los murmullos de los invitados se convirtieron en risas contenidas. «Pobre diablo», se escuchaba decir. «Qué atrevimiento el suyo, querer emparentar con los de la Vega».
El dolor era tan intenso que, por un momento, Mateo pensó que su corazón se detendría. Pero entonces, algo cambió. Una chispa de algo diferente al dolor comenzó a arder en su interior. Fue una comprensión súbita, una claridad que llega cuando el velo de la ilusión se desgarra por completo.
Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y, lentamente, se puso de pie. Ya no era el hombre que suplicaba. Sus hombros se enderezaron y su mirada, antes nublada por la tristeza, se volvió afilada como el cristal.
—Así que es eso —dijo Mateo, y su voz ahora tenía una resonancia que hizo que los murmullos cesaran de inmediato—. Todo se reduce a los números en una cuenta bancaria. Ni los momentos compartidos, ni las promesas, ni el apoyo que te di cuando tu padre murió y todos estos «amigos» te dieron la espalda… nada de eso vale si no hay ceros a la derecha.
Beatriz soltó una bufida de impaciencia.
—No trates de hacerte el mártir, muerto de hambre. El mundo se mueve con dinero, no con sentimientos baratos. Ahora, vete. Este hotel es demasiado elegante para alguien que ni siquiera puede pagar la cuenta del bar.
Mateo miró a su alrededor, observando las lujosas columnas de mármol, las lámparas de cristal de roca y el personal del hotel que observaba la escena desde las sombras. Una sonrisa amarga, casi imperceptible, se dibujó en sus labios.
—Tienen razón —dijo Mateo, ajustándose el saco—. El dinero parece ser lo único que entienden. Y ya que estamos hablando de este hotel… creo que es momento de que hablemos con propiedad.
Valeria frunció el ceño, confundida por el cambio repentino en la actitud de Mateo. Ya no veía al hombre derrotado, sino a alguien que parecía emanar un poder que ella no lograba comprender.
Sigue leyendo la continuación tocando el botón de abajo 👇




