Lo que empezaste a leer allá afuera no era el final, era apenas el principio de una tormenta. Y aquí, en esta historia, la tormenta recién comienza a rugir.
El reloj marcaba las 7:43 de la noche cuando el motor de la camioneta se apagó en la entrada del fraccionamiento Las Palmas.
Don Gerardo —porque así lo conocían todos en el barrio— bajó del vehículo con el cuello de la camisa sudado y el maletín colgando del hombro derecho. El tráfico había sido una pesadilla desde la salida de la fábrica, y solo quería llegar, quitarse los zapatos y abrazar a su hija.
Pero cuando la llave giró en la cerradura de la puerta principal, algo en el aire le dijo que esa noche no sería como las demás.
El silencio de la sala era extraño, cargado de una tensión que se podía cortar con un cuchillo.
Y entonces la vio.
Valentina, su única hija, la niña de sus ojos, la que había criado solo después de que su madre partiera al cielo cuando ella tenía apenas seis años… estaba de rodillas.
Con una esponja en la mano derecha y un balde de agua jabonosa a su lado, Valentina frotaba los pisos de mármol con una furia contenida, con los ojos brillantes y el labio inferior tembloroso.
—¿¡Qué está pasando aquí!? —la voz de Gerardo retumbó en toda la casa, rebotando contra las paredes recién pintadas.
Pero no hubo respuesta. Al menos no de parte de su hija.
Porque en el sofá de cuero blanco que él mismo había pagado, estaban las tres.
Rocío, su nueva esposa —la mujer con la que se había casado apenas seis meses atrás—, tenía los pies descansando sobre la mesa de centro, con su teléfono celular en una mano y un vaso de agua en la otra.
A su lado, Carla y Daniela, las dos hijas que Rocío había traído al matrimonio, miraban la televisión como si el mundo no existiera más allá de esa pantalla.
Ninguna de las tres se movió cuando él entró.
Ni un músculo.
Ni por accidente.
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