La escena quedó en suspenso y tú no ibas a quedarte sin conocer el desenlace. Aquí sigue.
Samuel miró fijamente la pantalla del teléfono y sintió que la sangre se le congelaba en las venas. Su taller, que siempre había sido su refugio, un lugar donde olía a grasa, a metal y a café recién colado, ahora parecía un ataúd.
La imagen que acababa de aparecer no podía ser real.
Pero lo era.
Rosa respiró hondo a su lado, con las manos temblando sobre la mesa de trabajo. Sus ojos, hinchados por las lágrimas, no podían apartarse del teléfono. Samuel quiso hablar, pero las palabras se le quedaron atoradas en la garganta como un hueso de pollo.
—¿Eso… eso es una foto de ahora? —preguntó ella con la voz quebrada.
Él asintió sin decir palabra.
La imagen mostraba el taller desde un ángulo imposible, como si alguien hubiera tomado la foto desde el rincón más oscuro del local. Allí estaban ellos dos, Samuel y Rosa, con las cabezas juntas revisando el teléfono. Pero justo a sus espaldas, a menos de un metro de distancia…
La silueta.
Alta, delgada, vestida con una camisa negra bien planchada. Su rostro estaba en penumbras, apenas se insinuaba un contorno pálido, una mandíbula marcada, unos ojos que parecían mirar directamente a la cámara. A ellos.
Pero estaban solos en el taller.
Samuel lo sabía con certeza. Había cerrado con llave la puerta principal desde que Rosa entró. El timbre no había sonado en toda la tarde. No había nadie más en el local. Y sin embargo, esa figura estaba allí, en la fotografía, como un testigo invisible que llevaba años esperando su momento.
—¿Quién es? —logró decir Samuel, sintiendo que su propia voz le sonaba ajena, distante.
Rosa negó con la cabeza, un gesto mecánico, casi inconsciente. Sus dedos se aferraban al borde de la mesa como si el suelo estuviera a punto de abrirse bajo sus pies.
—Yo… yo no sé. Nunca lo supe. No sé quién es.
—Pero dijiste que no es de tu familia.
—No. No es. Y eso es lo que me aterra.
Samuel tragó saliva. Necesitaba pensar con claridad, pero su cerebro solo encontraba preguntas sin respuesta. Las fotos que había visto antes seguían grabadas en su memoria: una boda en un jardín lleno de flores, un cumpleaños en una sala con globos, una comida familiar en un patio con techo de lámina. En todas, ahí estaba la figura alta de camisa negra, al fondo, como un maniquí olvidado. En todas.
—Tu padre desapareció el mismo día en que él aparece en las fotos, ¿verdad?
Rosa cerró los ojos. Le tomó unos segundos, pero al final asintió lentamente, como si cada movimiento le exigiera un esfuerzo descomunal.
—Yo tenía siete años. Recuerdo que papá se despidió de mí en la puerta de la casa, y no lo volví a ver. Nunca. Mi mamá pasó años buscándolo, preguntando, sufriendo en silencio. Yo crecí pensando que lo habían secuestrado, que estaba muerto, que nos había abandonado… pero nunca supe qué pasó.
—Y las fotos…
—Aparecieron después, en el álbum familiar. Nadie recordaba haberlas tomado. Nadie recordaba a ese hombre. Pero ahí estaba. En cada evento importante, en cada reunión, en cada momento que valía la pena recordar.
La voz de Rosa se apagó en un susurro. Samuel sintió un escalofrío que recorrió su columna vertebral, desde la nuca hasta el coxis.
—¿Y tu mamá? ¿Nunca vio a ese hombre en persona?
—Ella decía que a veces sentía que alguien la observaba desde la ventana, pero cuando salía a mirar, no había nadie. El psiquiatra le dijo que era estrés postraumático. La medicó durante años. Murió hace un tiempo sin saber la verdad.
Samuel soltó el teléfono, dejándolo sobre la mesa, como si estuviera hecho de cristal y fuera a estallar en cualquier momento. Era curioso lo lento que se movía el mundo cuando el miedo lo envolvía todo.
—Rosa, necesito que entiendas algo. Yo restauro estos aparatos para recuperar recuerdos. Es mi trabajo. Pero nunca, nunca he visto algo así. Esto no es un error de archivo ni una fotografía trucada. Esto es… otra cosa.
Ella miró la pantalla una vez más con esperanza y terror mezclados en sus ojos profundos.
—¿Entonces no puedes recuperar más datos? ¿No puedes encontrar alguna pista sobre mi padre?
Samuel tomó aire.
—Puedo intentarlo. Hay una carpeta que se llama «Sin nombre», está cifrada. Pero si la abro… no sé qué voy a encontrar.
—Yo quiero saber. Tengo que saber.
Él dudó, y en ese instante de duda, la luz del taller parpadeó.
Primero una vez.
Luego otra.
Los dos se miraron, sin articular palabra. El ambiente se volvió de golpe pesado, húmedo, como la brisa fría que se cuela por una ventana entreabierta en plena madrugada.
—Es el transformador de la calle —dijo Samuel, más para calmarse a sí mismo que para tranquilizarla a ella—. A veces falla con la lluvia.
Pero no había lluvia. El cielo estaba despejado y el sol de la tarde seguía pegando en la cortina metálica del taller.
Entonces el teléfono volvió a vibrar.
Esta vez, la vibración fue distinta. Más intensa. Más profunda. Como si el aparato estuviera recibiendo una señal que no pertenecía a este mundo.
Samuel lo tomó con manos temblorosas y leyó en voz alta el mensaje que aparecía en la pantalla:
«Buscas lo que no debes. Él lo sabía. Ahora tú también lo sabrás.»
Rosa lanzó un grito ahogado y dio un paso atrás, cubriéndose la boca con las manos.
—No… no, esto no puede estar pasando.
Samuel apretó la mandíbula. El miedo le ardía por dentro como ácido, pero la curiosidad, esa maldita curiosidad que lo había metido en problemas toda su vida, era todavía más fuerte.
—Hay que ver esta carpeta, Rosa. Hay que verla ahora. Antes de que sea demasiado tarde.
La mujer dudó, pero al final asintió.
Samuel siguió con la mirada al diseño de la carpeta «Sin nombre». Su código era extraño: una serie de ceros y unos que parecían formar la silueta de una persona. Algo en esa imagen le resultaba profundamente inquietante.
—Si algo sale mal —dijo ella en voz baja, tan quieta que apenas se escuchaba—, prométeme que vas a salir de aquí.
Samuel la miró y por primera vez le vio los ojos cansados, las ojeras profundas que había disimulado con maquillaje, las manos gastadas por años de trabajo duro. No era una mujer que viviera con miedo. Era una mujer que había aprendido a sobrevivir con él.
—Promételo, Samuel.
Tragó saliva.
—Lo prometo.
Pero sabía que era una mentira. No podía prometer nada cuando todo su mundo se estaba resquebrajando frente a sus ojos.
Cruzó los dedos sobre la pantalla, la temperatura bajó de golpe y las luces del taller se apagaron por completo.
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