Seguimos en esta parte dos, donde la verdad se afila como un cuchillo…
La escena que se desató en el vestíbulo de la mansión solo podía compararse con la calma que precede a una tormenta monstruosa. Los paramédicos llegaron con sus uniformes azules y sus maletines de emergencia, pero ningún equipo médico era capaz de sanar el daño que se estaba gestando en el corazón de aquella familia.
Un joven enfermero con acento venezolano se arrodilló junto a doña Remedios y comenzó a estabilizarla, mientras otro tomaba signos vitales con una eficiencia profesional que no dejaba espacio para el drama.
—Vamos a llevarla al hospital inmediatamente —indicó con urgencia—. Tiene una posible fractura en la pierna y trauma craneal leve, pero necesita atención especializada.
Andrés no se separó de su madre ni un instante. La tomó de la mano, apretándola suavemente, mientras la cargaban en la camilla.
—Mamá, voy a ir detrás de ti. No voy a dejar que te pase nada más.
Pero antes de que la puerta de la ambulancia se cerrara de golpe, la anciana lo miró con una intensidad que detenía los relojes. Sus dedos, frágiles y cubiertos de anillos de oro, se engancharon al borde de la camilla.
—Andrés, hijo mío… —su voz era apenas un suspiro—. Yo no te pediré que elijas entre tu mujer y yo. Pero sí te pido que veas la verdad con tus propios ojos. No con los del orgullo, ni los del deseo. Los tuyos.
Cuando la ambulancia se alejó con la sirena aullando, el vestíbulo quedó en silencio. Los sirvientes se dispersaron, murmurando entre ellos. Valeria permanecía de pie a un costado, mordiéndose las uñas, un hábito de ansiedad que siempre negaba tener. Su vestido rojo parecía absurdamente provocador en la quietud del escenario del crimen.
—Andrés… —dijo con una voz untuosa, acercándose a él con paso mesurado—. Cariño, tienes que escucharme. Yo juro que fue un accidente. Ella estaba alterada, hablando de la herencia y de sus amigos de la junta directiva. Me sujetó del brazo, y yo me asusté…
El joven se volvió hacia ella, y por primera vez en ocho años de matrimonio, la miró como quien observa una joya que podría ser una imitación barata.
—¿Qué dijiste exactamente? —preguntó, con una calma escalofriante—. ¿Qué fue lo que le dijiste antes de que cayera?
Las manos de Valeria comenzaron a temblar. Su frente lució un velo de sudor.
—Y… ¿qué debe importar eso? Estás convirtiendo una desgracia en un juicio, Andrés. Soy tu esposa, te he acompañado en todo, he cuidado de tu madre, he…
—¿La has cuidado? —la interrumpió él, con una risa amarga—. ¿Cuidar es dejar tirada en el suelo a una mujer de setenta y tres años mientras tú planeas qué decir?
Un crujido de zapatos sobre mármol anunció la llegada del mayordomo. Era un hombre mayor, de cabello plateado y porte digno, que se acercó sosteniendo un teléfono celular en la mano.
—Señor Andrés —dijo con voz grave—. He revisado el sistema de seguridad del vestíbulo. La cámara quedó grabando. También registró el audio, porque el modelo captura el sonido ambiente.
Valeria dio un paso atrás, y su rostro se blanqueó completamente. La máscara de la serenidad se estaba cayendo a pedazos.
—¿Qué dijiste? —preguntó, con voz ahogada—. ¿Audio? ¿Ese aparato viejo tiene audio?
El mayordomo asintió con calma, pero en sus ojos había una chispa de justicia.
—La instalé yo mismo. La señora Remedios pidió especialmente que se colocara en esa esquina, porque desde ahí se ve toda la escalera y el vestíbulo. Cuando se graba, captura las voces. Es una de las más modernas del mercado.
Andrés extendió la mano, y el mayordomo le entregó el teléfono.
La pantalla mostraba un video en pausa. En el cuadro, la imagen de doña Remedios al pie de las escaleras, justo antes de caer. Y detrás de ella, claramente visible, la silueta de Valeria con los brazos extendidos.
—Reprodúzcala —ordenó Andrés, sin apartar la vista de la pantalla.
—¡No! —gritó Valeria, abalanzándose sobre él—. ¡No tienes derecho! ¡Eso es una violación de mi privacidad!
Él la detuvo con un brazo firme, sin mirarla siquiera. Enfrentó el teléfono con una voluntad férrea.
El video comenzó a reproducirse:
Se veía a Remedia subiendo lentamente por la escalera, cuando Valeria apareció detrás de ella, moviéndose como una pantera. Se inclinó hacia adelante y susurró algo al oído de la anciana. Las palabras, aunque silenciadas por la distancia, se captaron claro en el audio:
“Llegó el momento de borrarte de nuestra vida. Me quedaré con todo tu dinero. ¡No te soporto más!”
Y entonces, la mano de Valeria se levantó con brutalidad y empujó a la anciana con un golpe seco en la espalda, entre los omóplatos. La matriarca se estiró al vacío, sin equilibrio, su cuerpo cayendo por los escalones de mármol en un torbellino de lino y dolor.
Andrés vio caer a su madre una y otra vez en la misma reproducción. Su mandíbula se apretó, y sus ojos, que ya brillaban con lágrimas, se volvieron duros como los escalones mismos.
—¡Mentiste! —rugió, alzando la voz de manera descomunal, haciendo que un par de sirvientes asomaran desde la cocina—. ¡Mentiste delante de mi madre herida! ¡Delante de todos!
Valeria retrocedió hasta chocar contra la pared, con las manos temblorosas sobre la boca.
—Yo no… —balbuceó—. Yo… perdóname, Andrés, perdóname por favor. Me dejé llevar por la ira. Esa mujer me ha hecho la vida imposible todo este tiempo. Tú no sabes lo que es estar casada con alguien que nunca le pareces suficiente a su madre. Yo solo…
—¿Solo qué? —Escupió él—. ¿Solo querías matarla para quedarte con su dinero? ¿Y qué dinero, eh? ¿Acaso creíais que había una gran fortuna escondida?
—Sabemos que sí —dijo Valeria, recuperando algo de su audacia—. Todos sabemos que tu madre tiene una cuenta secreta en Suiza, y que piensa dejarte todo a ti… no a mí. Y eso no es justo, porque yo he sufrido sus desprecios desde el día en que nos casamos.
Andrés la miró fijamente, y en ese momento se dio cuenta de que estaba mirando a una desconocida completa. La mujer que había amado por casi una década, que había acompañado en cada cumpleaños y cada Navidad, era una persona a la que nunca había conocido realmente.
—No hay ninguna cuenta en Suiza —dijo él finalmente, con una risa amarga—. Mamá nunca tuvo dinero en bancos extranjeros. Toda la fortuna de la familia son estas tierras, la empresa, y unas propiedades que me dejó mi padre. Ella siempre ha sido transparente con todo. ¿Te enteraste de que iba a repartir sus bienes? ¿Que estaba planeando darnos su bendición y retirarse a un pueblo cercano para dejarnos el poder? —Su voz se fue cargando de intensidad—. ¡Iba a retirarse pronto, Valeria! ¡Me lo dijo el mes pasado! Quería que tú y yo tomáramos su lugar.
El silencio que invadió el vestíbulo fue sepulcral. Valeria abrió la boca varias veces, pero las palabras no le salían.
—Entonces… ¿no había un testamento secreto? —preguntó al fin, con la voz pequeña.
—No. El único testamento lo tenía en el despacho, y nos deja todo a nosotros. —La risa de Andrés ya no era amarga, sino casi demoníaca—. Ustedes iban a heredar todo, y solo necesitaban esperar. Pero mataste a la que te entregaba la herencia en bandeja de plata.
En ese momento, el mayordomo dio un paso al frente y aclaró su garganta, con una respetuosa tos.
—Señor, es momento de decidir qué haremos. ¿Llamo a la policía ahora o esperamos a que la señora se recupere para que pueda testificar?
Andrés miró el teléfono en sus manos, donde la grabación seguía en pausa, con la imagen de su madre apunto de caer. Respira hondo.
—Llama a la policía. Y avísale a mi abogado. —Miró a Valeria, que ahora lloraba desconsoladamente, con un desprecio que lo transformaba—. Invéntale historias al juez. Seguro que será muy entretenido.
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