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La última súplica de la niña entre las llamas: «No nos vayamos, mi hermano sigue ahí»

7 min de lectura
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Continuamos en el momento exacto donde la escena se volvió inexplicable…

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Fernando Reyes no era un hombre que tuviera respuestas fáciles para todo, pero sí tenía una certeza forjada en veinte años de carrera: las voces no aparecen de la nada en una casa incendiada a menos que haya alguien real al otro lado. Y lo que acababa de escuchar era tan real como el calor que trocaba el oxígeno en brasas.

Julio, que seguía a un paso detrás con la pequeña Samanta aún en brazos, notó el vello de la nuca erizándose bajo el casco.

–Capitán, esa voz no viene de ningún altavoz ni de ninguna radio –dijo con la boca seca–. Y no suena a ningún niño que yo conozca.

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–Lo sé –respondió Fernando aspirando con fuerza el aire del regulador–. Suena… a alguien que conoce la casa.

Samanta, con su conejito abrazado contra el pecho, giró el rostro hacia el pasillo oscuro desde donde provenía el llamado. No mostró sorpresa ni miedo. Solo movió la cabeza lentamente, como quien reconoce a un viejo amigo que llegó tarde a una cita.

–Es mi hermanito –afirmó con una convicción que no admitía réplica–. Se esconde en el altillo del cuarto de al lado. Siempre juega ahí cuando mi mami no está.

–¿Altillo? –repitió Julio, frunciendo el ceño–. ¿La casa tiene altillo?

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Fernando sabía que no. Había revisado los planos estructurales antes de entrar: una planta baja con cocina, comedor y dos recámaras; un segundo nivel con tres cuartos y un baño. Nada de altillos.

Sin embargo, la voz volvió a rasgar el aire.

Estoy en el cuarto donde están los cuadros viejos. Debajo del piso que cruje. Apúrense, que el humo ya está subiendo.

Los dos bomberos se movieron al unísono hacia la habitación señalada. Era la última del pasillo, la que tenía las ventanas tapiadas con tablones desde hacía años. El capitán forzó la chapa con el hombro y la puerta cedió con un gemido de madera vieja.

El cuarto era un museo de sombras. Cajas de cartón apiladas junto a un ropero carcomido por la polilla. En una pared, tres retratos enmarcados. Todos de niños. Todos del mismo niño: un pequeño de unos siete años, con el cabello negro pegado a la frente y la sonrisa suficiente de quien se sabe querido.

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–Ese es mi hermanito –dijo Samanta señalando las fotografías–. La abuela lo hacía dormir aquí cuando venía de visita.

Fernando desvió la mirada hacia la fotografía. En el marco dorado, el niño sostenía el mismo peluche de conejo que la niña ahora abrazaba.

El corazón del capitán dio un vuelco.

–Julio, baja con la niña ahora mismo –ordenó con la voz tensa–. Lleva esto al exterior y no la sueltes por nada. Yo me quedo a revisar este cuarto.

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–Capitán, no es seguro– respondió Julio con la vista clavada en el piso que empezaba a humear–. Está cediendo.

–Te dije que bajes.

Julio dudó. Miró a Samanta, que no tenía miedo en los ojos, solo una paciencia extraña para su edad. Se ajustó la manta térmica alrededor del cuerpo pequeño, y obedeció.

Afuera, el reloj marcaba las 23:47. Los vecinos habían formado un semicírculo en la banqueta, tiritando en pijamas y sudaderas. Adriana fue una ráfaga en cuanto vio la silueta de Julio salir del humo con la niña en brazos.

–¡Samanta! ¡Ay, Dios, gracias! –corrió hacia ella y la arrancó de los brazos del bombero con el ímpetu del amor más animal–. Estás fría, mi amor. Estás bien. Gracias, gracias, Dios mío.

Samanta permitió el abrazo. Pero no sonrió. Con una calma desconcertante, levantó su cabeza del pecho materno y preguntó:

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–¿Mami, ya ayudaron a mi hermanito a salir?

Adriana detuvo el aire. Sintió que la tierra se movía bajo sus pies.

–Cariño, tú no tienes un hermanito –dijo con voz débil, como si dijera una verdad que le causaba dolor–. Eres mi única hija. Siempre lo has sido.

–Sí tengo –insistió la niña, y buscó sus ojos con una intensidad que no parecía de una criatura de cinco años–. El que sale en las fotos que la abuela guardaba en el cuarto de arriba. Se llama Sebastián y te quiere mucho. Siempre te acompaña. Aunque tú no lo veas, mami.

El silencio en la banqueta fue absoluto.

Un señor de un chaleco ya gris por el hollín se persignó y murmuró un padrenuestro. Los demás intercambiaron miradas de estremecimiento.

Adriana sintió que las rodillas perdían sus fuerzas y se dejó caer al suelo con Samanta aún en brazos.

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–¿Recuerdas cuando te dije que la casa era de mi abuela –tartamudeó–, que ella crió aquí a su único hijo? Esa historia, te la conté mil veces ¿verdad?

Samanta asintió.

–Mi abuela tuvo un hijo que se llamaba Sebastián –el pecho de la madre se sacudió con un sollozo ahogado–. Mi tío. Tu tío abuelo. Y él… él murió aquí cuando tenía siete años. En un incendio, hace más de cuarenta años. Nunca lo conocí, pero la abuela… la abuela decía que su espíritu nunca se fue del todo de esta casa.

Justo en ese instante, la radio del carro de bomberos escupió la voz rasposa y temblorosa de Fernando Reyes:

Base, base… estoy en el cuarto del fondo del segundo nivel. Hay un retrato en la pared de un tal Sebastián, aprox. siete años, años setenta. Parece que hay un acceso al piso que no está en los planos. Abriendo tabla floja… tengo…

Un ruido sordo cortó la transmisión. La señal se perdió.

–¡Fernando! ¡Fernando, conteste! –gritó la despachadora desde la central–. ¡Capitán Reyes, responda!

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Pero no hubo respuesta.

Adriana miró hacia la casa. Las llamas rugían por las ventanas del segundo piso, y la estructura entera emitía gemidos graves, como un animal herido de muerte.

En sus brazos, Samanta cerró los ojos y sonrió apacible.

–No te preocupes, mami –dijo con una voz que sonaba extrañamente tranquila–. El tío Sebastián ya está ayudando al bombero a volver. Él cuida bien a los que arriesgan su vida por los demás.

El capitán Reyes estaba parado ante un pequeño cuarto que jamás figuró en los planos. Un tablero de madera se había abierto bajo sus pies al piso de tierra, revelando una habitación de techos bajos. Había una cama metálica antigua, una lámpara de aceite, y en la pared de adobe, escritas con un lápiz infantil, las palabras:

“Mi nombre es Sebastián. No quiero arder más.”

Al fondo, sentado con las piernas cruzadas sobre el colchón desvencijado, un niño de cabello negro pegado a la frente lo miraba sin miedo.

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–Llegaste, capitán –dijo con la misma voz que todos habían escuchado en los pasillos–. Te estaba esperando. ¿Vamos a ver a mi sobrina antes de irme?

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