Muchos llegaron hasta aquí con el corazón apretado, pero tú decidiste quedarte hasta saber la verdad completa. Sigamos.
Miguel apretó la llave de latón contra su pecho y sintió el metal frío atravesar la tela de su camisa. Cuarenta y ocho horas. Eso era todo lo que le quedaba. Las palabras del desconocido embozado todavía retumbaban en su cabeza como un eco que no encontraba salida.
«Tu hermano continúa con vida. Pero tu tiempo corre.»
¿Su hermano vivo? ¿Cómo era posible si había visto su cuerpo, si había llorado sobre su ataúd, si había escuchado las oraciones en su funeral? Pero el anillo no estaba. Daniel jamás se quitaba ese anillo plateado. Ni para bañarse. Ni para dormir. Ni para nada.
Y ahora la tumba estaba vacía.
Miguel miró hacia el cementerio a sus espaldas. La luna apenas iluminaba las lápidas, proyectando sombras alargadas que parecían dedos acusadores. El hoyo abierto, el ataúd sin cuerpo, el silencio espeso de la madrugada. Todo confirmaba lo que su mente se negaba a aceptar: nada de lo que había vivido en los últimos días era real.
—¿Quién eres? —había gritado al embozado, pero el hombre ya se perdía entre las sombras de los cipreses, dejando solo esa llave y un ultimátum.
Miguel la observó bajo la luz de la luna. Tenía marcas extrañas, como jeroglíficos diminutos que no lograba descifrar, y una pátina que delataba décadas de uso. En su palma sudorosa se sentía pesada, cargada de secretos.
Un almacén abandonado. Cuarenta y ocho horas. ¿Qué demonios había allí?
A lo lejos, las luces de la ciudad parpadeaban como estrellas caídas. Miguel pensó en su madre, en cómo se había aferrado al ataúd durante el entierro gritando el nombre de Daniel con una desesperación que partía el alma. Pensó también en sus tíos, en los primos, en todos los que lo habían mirado con lástima cuando dijo haber visto a su hermano entre la multitud del mercado.
—Estás loco, Miguel —le había dicho su tía Rosa, secándose las lágrimas con un pañuelo gastado—. El dolor te está jugando una mala pasada.
Pero no estaba loco. Nunca lo había estado.
Metió la llave en su bolsillo y comenzó a caminar. Sus zapatos hacían crujir las hojas secas del sendero del cementerio, un sonido que le recordaba a los pasos de Daniel cuando jugaban de niños en el patio de la casa materna. Su hermano mayor, su protector, su ejemplo. El que siempre sabía qué decir y qué hacer.
—¿Dónde estás, hermano? —susurró al viento nocturno.
El viento no le respondió. Pero algo más le respondió: su teléfono vibró con un mensaje de un número desconocido.
«No vayas solo. Confía solo en lo que puedas tocar.»
Miguel se detuvo en seco. El teléfo en su mano temblaba, o quizás era él quien temblaba. Miró alrededor. El cementerio estaba desierto, pero alguien lo estaba observando. Podía sentirlo en la nuca, esa sensación primitiva de ser acechado.
—¿Quién eres? —su voz se quebró en la noche vacía.
Sin embargo, ya nada volvería a ser igual.
—
La ciudad que ya no reconocía
El almacén quedaba al otro lado de la ciudad, en una zona industrial que la gente evitaba después del anochecer. Miguel tomó un taxi, aunque durante todo el trayecto el conductor lo miró por el espejo retrovisor con una curiosidad incómoda.
—¿Seguro que quiere ir allí, joven? —preguntó el taxista, frenando en un semáforo—. Ese lugar está abandonado desde hace años. Dicen que no es buen sitio para andar de noche.
—Tengo que ir —respondió Miguel, sintiendo el peso de la llave contra su muslo—. Es una emergencia familiar.
El conductor se encogió de hombros y siguió manejando. Pero Miguel notó que sus manos apretaban el volante con más fuerza cuando tomaron la avenida desolada que llevaba al distrito industrial. Los postes de luz parpadeaban, algunos completamente fundidos, y los edificios grises pasaban como fantasmas de hormigón.
El taxi lo dejó a dos cuadras del almacén. El conductor se negó a acercarse más y arrancó con un rugido del motor, dejando a Miguel solo bajo una llovizna que comenzaba a caer. El agua mojaba su cabello, resbalaba por su cuello, pero él apenas lo notaba. Tenía los ojos fijos en la mole oscura que se alzaba al final de la calle.
El almacén tenía la fachada cubierta de grafitis gastados y las ventanas tapiadas con tablones podridos. Una reja oxidada protegía la entrada principal, pero la puerta de servicio estaba entreabierta, como esperando su llegada.
Miguel sintió que el corazón le golpeaba las costillas. Veinte años de edad, apenas saliendo de la adolescencia, y encarando algo que no comprendía. Pero lo que más le dolía era la ausencia. La ausencia de Daniel, de su risa, de sus consejos.
—No tengo miedo —se dijo a sí mismo, pero su voz sonó débil, como la de un niño pequeño.
Empujó la puerta de metal y esta cedió con un quejido largo. Adentro, la oscuridad era casi total. Solo un haz de luz entraba por un agujero en el techo, iluminando una escalera que bajaba hacia un sótano desconocido.
Y cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, lo vio.
Un destello plateado en el extremo más lejano del almacén. Y junto a él, una fotografía. Su fotografía.
—Bienvenido, Miguel —dijo una voz detrás de él.
—
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