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La noche se metió en la sala como una corriente de aire helado. Francis quedó parado en el umbral, con la mochila apretada contra el pecho, y frente a él se dibujaron tres siluetas.
La del centro era la más alta. Una sombra imponente, con los hombros anchos y una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda como una marca de guerra. Javier Luna.
Veinte años lo habían envejecido, pero sus ojos seguían siendo los mismos: ojos fríos, sin alma, capaces de congelar cualquier rastro de compasión.
—Francis —pronunció Javier, con una sonrisa torcida que asombraba por lo poco humana—. Por fin nos volvemos a encontrar.
Francis sostuvo la mirada. A pesar del miedo, algo en su interior se endureció.
—Si viniste por el dinero, aquí está —dijo, extendiendo la mochila—. Todo es tuyo. Solo pido que dejes en paz a mi familia.
Javier soltó una risa seca, sin alegría.
—¿Crees que es lo suficiente? ¿Crees que puedes comprarme?
—No estoy comprando nada. Solo te estoy dando lo que quieres para que te vayas.
Javier dio un paso al frente. Sus botas pesadas resonaron contra el piso de madera. Se detuvo a un metro de distancia de Francis y lo examinó con una mezcla de curiosidad y desprecio.
—¿Sabes cuánto perdí, Francis? —preguntó, con una calma que incomodaba—. ¿Sabes cuánto perdí la noche que me entregaste a la policía? Perdí mi empresa, perdí mi casa, perdí a mi mujer y a mis hijos. Perdí mi nombre en este pueblo, porque todo el mundo me señalaba como el ladrón.
—Tú robaste, Javier. Tú tomaste la decisión de tomarte el dinero de la empresa.
—¡Claro! —levantó la voz—. Porque tú eras el santo que nunca cometió un error. El que pagaba a tiempo, el que tenía la familia perfecta, el que se fue a trabajar peligrosamente lejos para volverse rico. Mírate en el espejo, Francis: eres igual de ladrón que yo, solo que tú lo haces legal.
Francis apretó la mandíbula. Sentía la sangre hervirle por dentro, pero se mantenía firme.
—Lo que hice fue denunciar un delito. Nunca fui tu juez ni tu verdugo.
—Eso me da igual —Javier alzó la mano y uno de sus hombres, un tipo flaco con el rostro lleno de tatuajes, sacó una pistola—. Porque ahora yo soy el juez, y tú ya has sido sentenciado.
La pistola apuntó directo a su frente.
Francis vio la escena en cámara lenta. Vio la luz que se reflejaba en el cañón del arma, vio la sonrisa macabra de Javier, vio el vacío en la mirada del sicario.
—¿Tienes alguna última palabra, Francis? —preguntó Javier, saboreando las palabras.
Francis tomó aire.
—Solo una: mis hijos jamás conocerán a un hombre que se rindió sin pelear.
—Eso es lo que dijo tu padre que se acabó rindiendo de igual forma —respondió Javier—. Al carajo con esto.
El sicario apretó el gatillo.
Pero antes de que el sonido del disparo llenara el aire, un grito atravesó la escena desde la sala.
—¡NO!
Laura apareció de la nada, con un objeto brillante en la mano. Un cuchillo de cocina.
Javier giró con lentitud y la vio parada en el pasillo, temblando con la hoja en el aire.
—¡Suéltalo, Laura! —ordenó—. No hagas tonterías.
—¡No lo vas a matar! —lloró ella—. ¡Prefiero morir antes que permitir eso!
—Eso se puede arreglar —dijo Javier, sin perder la calma—. Los dos pueden morir, así no se separan.
Uno de sus hombres avanzó hacia Laura.
En ese instante, Francis reaccionó. Se lanzó hacia adelante, estrellándose contra Javier, y ambos cayeron al suelo en una maraña de golpes y forcejeo. Francis era más fuerte de lo que parecía: los años de carga de ladrillos y cemento le habían dado una musculatura que nunca presumió.
—¡Laura, corre! —gritó mientras le clavaba las rodillas a Javier en el pecho.
El sicario reaccionó y disparó. El disparo pasó rozando la oreja de Francis y se incrustó en la pared del pasillo, destrozando el vidrio de un cuadro familiar.
Laura gritó y salió corriendo hacia la cocina.
En el forcejeo, Francis logró levantarse y dio un puñetazo seco en la mandíbula de Javier. El hombre mayor rodó por el suelo, con la cabeza estrellándose contra el marco de la puerta.
—¡Ese fue el golpe que debí darte hace veinte años! —gruñó Francis, con la sangre de una herida en la frente cayéndole por la cara.
Pero el sicario no estaba solo. El otro hombre, un corpulento pelón con tatuajes en el cuello, entró a la sala y se abalanzó sobre Francis, cogiéndolo por el cuello.
La fuerza bruta era abrumadora. Francis sintió que perdía el aire, que sus piernas flojeaban, que las manos del sicario comenzaban a cerrarse alrededor de su garganta.
—¡Te voy a ahorcar como al perro que eres! —masculló el sicario.
La luz comenzó a desvanecerse en los ojos de Francis. Veía destellos, sombras, las imágenes borrosas de su vida pasando rápidamente: la risa de sus hijos, el abrazo de su madre, el olor a tortillas recién hechas de la cocina de su infancia.
Después, una oscuridad que se tragaba todo.
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