Estás en la parte 2: la historia continúa desde el momento exacto en que quedamos. El silencio en la habitación era tan pesado que Laura podía escuchar su propia sangre circulando, un torrente rápido y caliente que no se parecía en nada a la frialdad que la envolvía desde que el teléfono de Carlos había apagado la seguridad de su mundo.
La habitación parecía haberse encogido. Laura miró hacia la puerta del dormitorio, calculando la distancia. Podía correr. Podía salir de la casa y buscar ayuda. Pero sus piernas no le respondían y, además, una parte de ella necesitaba saber más.
—¿Una puerta al cielo? —repitió, incrédula—. ¿Y quién te crees tú para juzgar eso…
—No soy juez de nada —interrumpió la sombra—. Solo soy el eco de las noches en que él no está. El molde de su ausencia en este colchón. Y he visto, Laura, con estos ojos que no son ojos, lo que él hace al otro lado de esa puerta. Porque yo fui creada de sus pasos: cada vez que él caminaba fuera de esta casa, dejaba un pedacito de sí atrás. Y todas esas partes se sumaron aquí, tomaron forma, hasta que fui yo. Lo que ves. Lo que no debería ser.
Laura respiró hondo. El pánico estaba dando paso a un inesperado coraje. Quizá era porque había pasado demasiado tiempo siendo la esposa perfecta, paciente, que esperaba sin preguntar. O quizá era porque en el fondo, entre el miedo y la confusión, asomaba una rabia enorme que no podía ignorar.
—Muéstrame esa puerta.
La sombra sonrió —¿las sombras pueden sonreír?— y negó con la cabeza.
—No puedes cruzar. Los que cruzan no vuelven iguales. Mira a tu esposo: mira sus manos frías, mira sus ojos que buscan el cielo nocturno a cada instante incluso cuando mira hacia ti. Él ha cruzado demasiadas veces. ¿Quieres saber por qué tarda tanto en volver? Porque cada vez, regresar le cuesta más.
—Entonces, ¿no está con otra persona? ¿No hay una amante, una aventura?
—No hay nadie más. —La sombra se acercó, y ahora su voz se volvió casi maternal—. Hay un lugar donde las puertas de las casas son ventanas al infinito, donde el suelo es de nubes y las paredes son de cielo nocturno. Y tu esposo encontró cómo llegar. Y cada vez que cruza, se olvida un poquito más de este mundo. De ti. De su propia vida acá abajo.
Laura sintió que las lágrimas comenzaban a llenarle los ojos.
—¿Y por qué no me llevó? ¿Por qué no me lo dijo?
—Porque él sabía que si te llevaba, no podrías volver. Y porque en su corazón de hombre confundido, creyó que protegerte era mantenerte lejos de esa belleza que a él lo consume. Él te ama, Laura. Pero ama el cielo de una manera que necesita tu perdón para volver por completo.
Las palabras de la sombra se colaron en el pecho de Laura como un cuchillo caliente. Su esposo, Carlos, el hombre que conocía de diez años, que sostenía su mano en la mesa, que bailaba con ella en la cocina mientras el café se enfriaba… ¿un explorador del cielo nocturno? Era absurdo. Era hermoso y absurdo, y sin embargo, algo en su pecho le decía que era cierto.
—Los quiero ver. —Laura se levantó de la cama, y ahora temblaba pero no huía—. Llévame a esa puerta.
El umbral que nadie debería cruzar
La sombra titubeó. Un temblor recorrió su forma incierta, como si tocara la superficie de un pensamiento peligroso.
—Si cruzas, no volverás siendo la misma.
—Estoy harta de ser la misma —respondió Laura con una voz que la sorprendió hasta a ella—. Diez años de rutina, de esperar que llegara la noche para sentir el peso de su cuerpo al lado del mío. Y ahora resulta que mi esposo no anda con otra mujer, sino con el cielo. Si eso no es suficiente razón para seguir sus pasos, entonces no sé qué es.
La sombra asintió lentamente y alzó una mano. La luz de la luna pareció plegarse a su voluntad, y en la pared del fondo se dibujó un rectángulo que no existía antes. Una puerta de sombra, que palpitaba suavemente.
—Esa es la puerta, Laura. Pero escucha bien: cuando cruces, verás a Carlos en su otra vida. Y lo que veas romperá algo dentro de ti. La pregunta no es si tendrás el valor de cruzar. Es si tendrás el valor de mirar y aun así elegir quedarte.
Laura dio un paso y su pie se hundió en el umbral de sombra. El frío la subió desde los tobillos hasta el pecho, y cuando quiso retroceder, ya era tarde.
La noche la envolvió completa.
Y lo que vio al otro lado hizo que su corazón olvidara todos los latidos.
—
Ella estaba de pie sobre un campo de hierba infinita. El suelo era de tierra real, pero el cielo… el cielo era un océano boca abajo. Las estrellas colgaban tan bajas que podía tocarlas con las manos. Y en el centro de ese campo, rodeado de luz de luna, Carlos estaba de rodillas. No estaba solo. Junto a él había ancianos con túnicas que susurraban palabras antiguas, y en el centro de un círculo de piedras oscuras, algo que brillaba con una luz violeta palpitaba como un segundo corazón.
Laura lo vio claro de inmediato: Carlos no exploraba el cielo. Carlos estaba siendo absorbido por él.
Su esposo no levantaba la vista. Ni siquiera notaba su presencia. Las manos le temblaban, y en su rostro había una mezcla de éxtasis y agonía que Laura jamás había visto en diez años.
—¡Carlos! —gritó ella, pero de su garganta no salió ningún sonido.
El anciano que dirigía el ritual se volvió lentamente y la miró. Sus ojos eran dos pozos de noche infinita.
—Has llegado demasiado tarde, mujer —dijo, y su voz sonaba a trueno lejano—. Tu esposo ya ha firmado el pacto con la constelación. Ya entregó su corazón a la luna. No queda nada aquí abajo que puedas llevarte.
Laura sintió que la rabia y el dolor se fundían en un grito. Pero antes de que pudiera pronunciar una palabra, el círculo de luz violeta se expandió, y un viento imposible la empujó hacia atrás.
Hacia la puerta.
Hacia un mundo donde las estrellas estaban lejos y las mentiras dormían bajo las sábanas.
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