Continuamos con la historia justo en el momento en que el velo del engaño se cae por completo…
El silencio que siguió a las palabras de Elena fue más aterrador que cualquier grito. El impostor relajó los hombros, pero no de alivio, sino como un depredador que ya no necesita esconder sus garras porque sabe que tiene a su presa acorralada.
—Es una lástima, Elena —dijo el hombre, usando su nombre por primera vez, después de haberlo leído en el gafete que ella llevaba en el pecho—. Realmente hubiera sido más fácil para todos si simplemente hubieras seguido haciendo tu trabajo y mirando hacia otro lado.
Sin darle tiempo a reaccionar, el hombre empujó la camilla con una fuerza brutal, golpeando a Elena y apartándola del camino. La enfermera cayó al suelo, soltando el expediente vacío que se desparramó por el suelo como una confesión silenciosa de lo que estaba a punto de ocurrir.
—¡Seguridad! ¡Ayuda! —intentó gritar ella, pero el golpe contra la pared le había quitado el aliento por un momento.
El impostor no se dirigió hacia los elevadores que llevaban a los quirófanos. En lugar de eso, giró violentamente hacia la izquierda, hacia el Ala Oeste, una zona que estaba bajo una remodelación profunda y que permanecía cerrada al público y al personal médico durante las noches.
Elena se puso de pie como pudo. Sus rodillas temblaban, pero el pensamiento de Don Valeriano, aquel hombre que le recordaba a su propio padre, le dio la fuerza necesaria para correr tras ellos.
—¡Deténgase! ¡No puede entrar ahí! —vociferó Elena, mientras corría por el pasillo semioscuro.
El hombre ignoró sus gritos. Con una agilidad que no correspondía a un médico, abrió de una patada las puertas dobles de madera que daban acceso a la zona restringida. El chirrido de las ruedas de la camilla sobre el suelo lleno de polvo de construcción era un sonido desgarrador.
Elena entró tras él. El ambiente allí era distinto. No había olor a limpio, sino a humedad, cemento y olvido. Las luces de emergencia eran lo único que iluminaba el camino con un tono anaranjado y mortecino.
Vio cómo el falso médico metía la camilla en una habitación que antes funcionaba como depósito de insumos, pero que ahora estaba completamente a oscuras. No había equipos médicos allí, no había monitores, no había esperanza.
—¡Por favor, no le haga daño! —suplicó Elena al llegar a la puerta, apoyándose en el marco para no caerse—. Él no le ha hecho nada a nadie. Es solo un anciano enfermo.
El hombre se detuvo en el centro de la habitación. La única luz que entraba era la del pasillo, dibujando su silueta oscura sobre el cuerpo inmóvil de Don Valeriano. El impostor soltó la camilla y se llevó la mano al bolsillo de su bata blanca.
Elena pensó que sacaría un arma. Se preparó para lo peor, cerrando los ojos por un segundo. Pero lo que el hombre sacó fue un teléfono celular de alta gama.
Con una calma que resultaba insultante, el hombre encendió la cámara frontal. La luz de la pantalla iluminó su rostro, revelando una sonrisa torcida y llena de malicia. No parecía un asesino común; parecía alguien que estaba disfrutando de una victoria personal, de un acto de justicia poética que solo él comprendía.
—¿Estás viendo esto? —preguntó el hombre al teléfono, ignorando por completo a Elena—. Aquí está tu preciado tesoro. El gran hombre que todos respetan. Míralo bien, porque es la última vez que lo verás con vida.
Elena comprendió entonces que no se trataba de un robo de órganos ni de un simple asesinato. Era algo mucho más personal. Era una transmisión en vivo, un mensaje directo a alguien que estaba del otro lado de la pantalla, alguien por quien este hombre estaba dispuesto a arruinar su vida y acabar con otra.
—¡Usted no es un médico, es un monstruo! —gritó Elena, tratando de acercarse a la camilla para proteger al anciano.
El hombre la detuvo con un brazo extendido, manteniéndola a raya sin dejar de mirar la cámara.
—No, Elena. Yo solo soy el cobrador de una deuda que lleva treinta años pendiente —sentenció él con una frialdad que helaba los huesos—. Don Valeriano no es el santo que tú crees. Y hoy, su familia va a pagar por lo que él hizo en el pasado.
El impostor acercó el teléfono al rostro de Don Valeriano, quien empezó a agitarse levemente, como si en su estado de inconsciencia pudiera sentir el peligro que lo rodeaba. El hombre miró fijamente a la lente del celular, como si estuviera mirando a los ojos a quien observaba desde la distancia, y sentenció la suerte de su víctima con tres palabras que cambiaron todo.
—Es hora, papá.
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