Estás en la parte 2: la historia continúa donde la dejamos…
—Mamá, eso no tiene sentido —dije, y mi voz sonó ronca, rota—. Esa casa estaba vacía cuando yo nací. Tú misma me contaste que la compraron años después, cuando ya era grandecito.
No respondió de inmediato. Podía escucharla respirar, pero también algo más: un murmullo de fondo, como una televisión encendida en otra habitación. O tal vez una radio. O tal vez… ¿una voz?
—¿Mamá? ¿Sigues ahí?
—Sí, hijo. Sigo aquí.
—¿Qué es ese ruido de fondo?
Pasó tanto tiempo que pensé que la llamada se había cortado. Pero no. Al final, su voz llegó clara, aunque apenas era un hilo:
—Es el radio de tu cuarto, Miguel.
Se me heló el estómago.
—No… no tengo radio encendida. No tengo radio.
—Lo sé —susurró ella—. Lo sé, hijo. Tu papá lo guardó en el clóset cuando dejamos de usarlo. Pero ahora mismo está encendido. Se encendió solo apenas empezamos esta conversación.
El pánico me apretó la garganta. Quería correr hacia el clóset. Quería abrirlo de golpe. Quería ver con mis propios ojos qué demonios estaba pasando. Pero mis piernas no respondían. Estaba clavado en el suelo como una estatua de sal.
—No vengas —dijo mi madre, como si me hubiera leído la mente—. No te muevas. Ni un paso.
—¿Pero cómo sabes tú que está encendido si estás en otra habitación?
Respiró hondo. Y entonces dijo algo que no he podido olvidar jamás:
—Porque lo oigo, Miguel. Lo oigo a través del teléfono. Desde tu cuarto. Y hay algo más…
—¿Qué?
—Alguien está silbando una canción de cuna —dijo, y su voz temblaba tanto que las palabras se partían en dos—. La misma canción que te cantaba tu abuela cuando eras pequeño.
El silencio se hizo eterno. Yo conocía esa canción. Todos en mi familia la conocían. Mi abuela la había aprendido de su madre, y su madre de la suya. Era una canción que se remontaba a generaciones, una canción que hablaba de un niño que esperaba en una ventana a que su madre regresara del mar.
—Esa canción no se escucha desde que ella murió —dije, sin darme cuenta de que estaba llorando.
—Cállate —me interrumpió mi madre—. Escucha.
Y entonces la oí. A través del teléfono, a través de los años, a través del miedo que me tenía congelado: una vocecita infantil, dulce, cristalina, que cantaba con una calma perturbadora:
—Miguel… falta la foto final…
—¿Lo escuchaste? —pregunté, con el teléfono apretado contra la oreja—. ¡Mamá, me llamó por mi nombre!
—No, hijo —respondió ella, y su voz de pronto sonó extrañamente serena—. No te llamó por tu nombre.
—¡¿Cómo que no?! ¡Acabo de escucharlo!
—Miguel, escúchame con calma —dijo—. Esa voz no está en tu cuarto. No está en mi cuarto. No está en ningún lugar de esta casa.
—¿Entonces de dónde sale?
—Del teléfono, Miguel. Esa voz vino de mi teléfono. En este momento hay una llamada entrante en mi línea. Y el identificador no muestra ningún número…
—¿Qué… qué muestra entonces?
El silencio más profundo que he escuchado en mi vida. Luego, un susurro:
—Muestra una foto. La tuya. La misma de la ventana. La que acabo de encontrar. Pero ya no es una foto… es un video, Miguel. Y en el video tú estás durmiendo. Y el niño… el niño está de pie, mirándote, a la orilla de tu cama.
Un escalofrío me recorrió la espalda. La habitación se sentía más oscura de lo que debería estar. La lámpara de mi mesita de noche parpadeó una vez.
—¿Y qué hace el niño? —pregunté, aunque deseaba no haberlo hecho.
—Te está esperando —dijo mi madre, y su voz ya no sonaba aterrada. Sonaba resignada—. Siempre te estuvo esperando, Miguel. Ahora entiendo todo.
—¿Entender qué?
—El niño de la foto no desapareció, hijo —su voz se suavizó—. Fue llevado. Llevado para que ocuparas su lugar. Esa fue la razón por la que tu padre y yo… —se detuvo, como si no pudiera terminar la frase.
—¿La razón por la que qué?! —grité, y el eco de mi voz retumbó en la pared vacía.
—La razón por la que nos cambiamos de casa cuando eras bebé —susurró—. La razón por la que nunca te dejamos mirar por esa ventana. La razón por la que ella… tu abuela… se llevó el secreto a su tumba. O eso creímos.
—Ya no puedo más, mamá. Dime la verdad completa.
La línea crujió. Se escuchó el ruido de la estática, y luego, como emergiendo de un túnel de agua, la voz de un niño:
—Miguel… ¿vas a dejar que siga esperando? —dijo, con esa dulzura aterradora—. Es tu turno en la ventana. La foto final está lista. Solo falta que cierres los ojos y te dejes llevar.
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