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El valor de una promesa: El joven que desafió a la muerte por el amor de su madre

5 min de lectura
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Continuamos con la historia justo en el momento en que el destino del joven pendía de un hilo frente a la fuerza bruta…

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El segundo golpe no fue tan fácil de esquivar. La Bestia lanzó un derechazo demoledor que impactó en el costado de Julián.

El sonido de una costilla crujiendo fue audible para los que estaban en primera fila.

Julián voló un par de metros y rodó por el suelo, golpeándose contra una de las columnas de hierro del almacén.

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El dolor fue una explosión blanca en su cerebro. Por un momento, el mundo se quedó en silencio.

—¡Levántate! —gritó alguien entre la multitud, pero la mayoría solo reía.

El Cuervo se acercó al borde del círculo improvisado, con una sonrisa de suficiencia.

—Te lo dije, muchacho. Tu madre se quedará esperando en casa, y hoy recibirá un cuerpo en lugar de un maletín.

Julián escupió sangre. El sabor metálico le recordó las veces que su madre se privó de comer para darle a él un trozo de pan.

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«Levántate, Julián», se dijo a sí mismo. «Ella te necesita».

Con un esfuerzo sobrehumano, apoyó las manos en el suelo. Sus brazos temblaban violentamente.

La Bestia se detuvo, esperando, disfrutando de la agonía de su oponente. No tenía prisa; el jefe le pagaba por dar un espectáculo, no por terminar rápido.

Julián se puso de pie, encorvado, sujetándose el costado con una mano. Su respiración era un silbido agónico.

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—¿Todavía quieres el dinero? —se burló El Cuervo—. Ríndete ahora, pídeme perdón de rodillas y quizás te deje ir con vida. Solo te costará un ojo o un par de dedos por haberme hecho perder el tiempo.

Julián levantó la cabeza. Una de sus cejas estaba partida y la sangre le corría por el ojo, pero su mirada seguía siendo la misma.

—El dinero… será para ella —susurró.

La Bestia, furiosa por la terquedad del chico, se lanzó de nuevo al ataque. Lanzó una lluvia de golpes que Julián apenas lograba desviar.

El joven era rápido, se movía como una sombra, pero cada movimiento le costaba un dolor insoportable en el costado roto.

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De repente, Julián vio una apertura. La Bestia era lenta al recuperar su guardia después de un gancho largo.

Fue solo un segundo, una ventana mínima de oportunidad.

Julián no usó el puño. Usó todo su peso y se lanzó contra las rodillas del gigante.

El impacto fue seco. La Bestia, sorprendida, tambaleó. No cayó, pero su equilibrio se vio comprometido.

La multitud enmudeció. Nadie había logrado tocar a La Bestia en meses.

El gigante rugió, humillado. Su rostro se transformó en una máscara de odio puro. Ya no era una pelea, era una ejecución.

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Agarró a Julián por el cuello con una sola mano y lo levantó del suelo como si fuera una muñeca de trapo.

Los pies de Julián patalearon en el aire mientras el aire dejaba de llegar a sus pulmones.

—¡Termínalo! —ordenó El Cuervo, perdiendo la paciencia.

La Bestia apretó más fuerte. Julián empezó a ver manchas negras.

En ese estado de semi-inconsciencia, Julián recordó el rostro de su madre la noche anterior. Ella estaba sentada en su vieja mecedora, cosiendo una camisa para él.

«Hijo, eres lo más valioso que tengo. No importa cuánto nos falte, mientras estemos juntos, somos ricos».

—No… todavía no —pensó Julián.

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Con sus últimas fuerzas, Julián metió la mano en su bolsillo y sacó algo pequeño que llevaba consigo: un escapulario de tela que su madre le había dado cuando era niño.

No era un arma, pero para él, era un escudo.

En un movimiento desesperado, Julián picó los ojos del gigante con sus pulgares.

La Bestia soltó un grito de dolor desgarrador y soltó al joven. Julián cayó al suelo, tosiendo y tratando de recuperar el aliento.

El gigante estaba ciego momentáneamente, lanzando manotazos al aire con furia ciega.

Julián sabía que esta era su única oportunidad. No habría otra.

Se puso de pie, ignorando el desmayo inminente, y concentró toda su energía, todo su amor y toda su rabia en un solo golpe.

Corrió hacia el gigante y, usando la columna de hierro para impulsarse, lanzó una patada voladora directo a la sien del coloso.

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El sonido del impacto fue como el de una rama gruesa quebrándose.

La Bestia se quedó rígida por un segundo. Sus ojos se pusieron en blanco y sus rodillas cedieron.

El suelo del almacén retumbó cuando el gigante cayó inconsciente.

El silencio que siguió fue absoluto. Ni un grito, ni una burla. Solo el sonido de la respiración agitada de Julián.

El Cuervo dejó caer su cigarro, con la boca abierta. Sus hombres sacaron sus armas, temiendo que la multitud se descontrolara.

Julián se mantuvo en pie, aunque sus piernas parecían de gelatina. Miró directamente al maletín.

—Gané —dijo, con voz quebrada—. Págame.

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El Cuervo recuperó la compostura y una sonrisa siniestra se dibujó en su rostro.

—Oh, muchacho… ganaste la pelea, es cierto. Pero nadie dijo que saldrías de aquí con el dinero.

Los guardias dieron un paso adelante, rodeando a Julián. La traición flotaba en el aire.

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