Continuamos con la historia justo en el instante en que la tensión en la habitación de hospital se volvió insoportable…
El rostro de Doña Beatriz de la Vega pasó de la indignación a una palidez ceniza en cuestión de segundos. El silencio que siguió a las palabras de la doctora fue tan denso que podía cortarse con un bisturí.
Elena, a pesar de su debilidad, sintió una chispa de esperanza. Sus ojos se clavaron en la Dra. Méndez, implorándole con la mirada que no se detuviera.
—¿De qué sustancias está hablando, doctora? —preguntó Beatriz, tratando de que su voz no temblara—. Mi nuera es una mujer joven y sana. Si había algo en su sistema, seguramente es producto de los medicamentos que ustedes mismos le han administrado.
La Dra. Méndez soltó una risa seca, carente de humor. Abrió la carpeta y sacó un informe con sellos de laboratorio de urgencia.
—Hicimos un tamizaje toxicológico completo en cuanto ingresó, como protocolo estándar en accidentes de alto impacto —explicó la doctora, elevando la voz para que el guardia de la puerta escuchara bien—. El informe muestra niveles alarmantes de un sedante de uso veterinario. Una sustancia que no se vende en farmacias comunes y que causa somnolencia extrema y pérdida de reflejos en menos de diez minutos.
Elena cerró los ojos. Recordó el té que Beatriz le había insistido en tomar antes de que saliera de la mansión hacia la ciudad. «Para los nervios del viaje», le había dicho con una amabilidad que ahora resultaba macabra.
—Eso es una acusación ridícula —espetó Beatriz, aunque sus manos ahora buscaban desesperadamente el apoyo de su bolso de diseñador—. Ella pudo haberlo tomado por su cuenta. Últimamente estaba muy deprimida, ¿verdad, Elena?
Beatriz lanzó una mirada asesina a la cama, esperando que el terror silenciara a su nuera una vez más. Pero algo había cambiado en Elena. El ver a la Dra. Méndez defenderla le dio la fuerza necesaria para emitir un sonido, un gemido que intentaba ser una palabra.
—El… té… —logró susurrar Elena, con un esfuerzo sobrehumano.
La Dra. Méndez se inclinó hacia ella. —Tranquila, Elena. No te esfuerces más. Ya lo sabemos.
En ese momento, la puerta volvió a abrirse y Julián, el esposo de Elena, entró corriendo. Se veía demacrado, con la ropa aún manchada de la sangre de su esposa tras haberla rescatado de los restos del coche.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Julián, mirando a su madre y luego a la doctora—. Me dijeron que la policía está en camino. Madre, ¿por qué estás gritando?
Beatriz corrió hacia su hijo, fingiendo un llanto desconsolado. —¡Ay, Julián! Esta mujer… esta doctora está acusándome de cosas horribles. Dice que yo le di algo a Elena. ¡A mi propia nuera! Es una locura, hijo. Solo quieren sacar dinero de nuestra familia.
Julián miró a la Dra. Méndez. Era un hombre bueno, pero siempre había vivido bajo la sombra de su madre. La fortuna De la Vega era un imperio construido sobre el control y la manipulación, y él era la pieza más preciada del tablero de Beatriz.
—Doctora, mi madre puede ser difícil, pero… ¿envenenar a Elena? Eso es imposible —dijo Julián, con la voz quebrada.
—No dije envenenar, Sr. De la Vega —corrigió la doctora—. Dije sedar. Y no es la única irregularidad. Los peritos de la policía que revisaron el vehículo en el depósito acaban de enviar un informe preliminar. Los latiguillos de los frenos fueron cortados parcialmente. Lo suficiente para que fallaran en la primera curva cerrada de la montaña.
Julián retrocedió como si le hubieran dado un golpe en el pecho. Miró a su madre, quien mantenía una máscara de indignación, pero cuyos ojos bailaban con una chispa de odio puro.
—Madre… tú fuiste la última persona que estuvo con ella en la cocina —murmuró Julián, uniendo los puntos en su cabeza—. Tú me pediste que fuera a buscar unas maletas al ático mientras ella se despedía de ti.
—¡No te atrevas, Julián! —rugió Beatriz, perdiendo toda la elegancia—. ¡Todo lo que hago es por esta familia! ¡Por nuestro apellido! Esa mujer no es de nuestra clase. Se iba a llevar la mitad de todo en el divorcio que planeaba pedirte. ¡La escuché hablando con su abogado!
El grito de Beatriz confirmó lo que todos sospechaban. Elena, desde la cama, dejó caer una lágrima amarga. No era por el dinero. Ella amaba a Julián, pero la toxicidad de su suegra se había vuelto insoportable y, efectivamente, había buscado asesoría legal para protegerse antes de alejarse.
—¿Divorcio? —preguntó Julián, mirando a Elena—. ¿Es cierto?
Elena asintió levemente, con el corazón roto.
—Pero lo que hallamos en su sangre… —interrumpió la doctora, mirando fijamente a Julián— …no es solo el sedante. Hay algo más que usted debe saber, Sr. De la Vega. Algo que hace que este intento de asesinato sea el doble de atroz.
Beatriz intentó abalanzarse sobre la doctora para quitarle el informe, pero el guardia de seguridad la detuvo con firmeza.
—¡Suéltenme! ¡No saben con quién se están metiendo! —gritaba la mujer mientras era escoltada hacia la esquina de la habitación.
Julián se acercó a la doctora, ignorando los gritos de su madre. —¿Qué más hay, doctora? Por favor, dígame la verdad.
La Dra. Méndez suspiró, mirando a Elena con una mezcla de tristeza y alegría profesional. —Lo que hallamos en los análisis de sangre, además del sedante, es una hormona muy específica. Una que se eleva solo en ciertas condiciones.
Elena contuvo el aliento. Ella sospechaba algo desde hacía semanas, pero el caos de su matrimonio y el miedo a su suegra no la habían dejado procesarlo.
—Sr. De la Vega —dijo la doctora con solemnidad—, su esposa está embarazada de ocho semanas. El sedante que su madre le suministró no solo puso en riesgo la vida de Elena, sino que está diseñado para provocar un shock sistémico que, en la mayoría de los casos, resulta en un aborto espontáneo inmediato.
Julián se desplomó en la silla junto a la cama, ocultando el rostro entre las manos. El silencio que siguió fue solo roto por los sollozos de un hombre que acababa de descubrir que su madre intentó matar a su esposa y a su futuro hijo.
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