Continuamos con la historia justo en el momento en que la máscara de Carlos empieza a agrietarse frente a la mirada de Elena…
Carlos entró a la cocina, dejando su maletín sobre la silla. Se veía despeinado, con la corbata floja, actuando perfectamente el papel del ejecutivo agotado. Se acercó a Elena para darle un beso en la mejilla, pero ella, con un movimiento sutil que fingía ser un estiramiento, lo esquivó y se dirigió a la nevera.
—Te serví un poco de cena, está en el microondas —dijo ella, con una voz tan neutra que incluso a ella misma la sorprendió.
—Gracias, cielo. No sabes qué día he tenido. Ese contrato con los proveedores de la zona norte se complicó y tuve que ir personalmente a supervisar la entrega en las bodegas. Un desastre —mintió él, soltando un suspiro teatral.
Elena lo observó mientras él sacaba el plato de comida. Era un hombre guapo, de hombros anchos y mirada segura. Siempre había tenido esa facilidad de palabra que la enamoró. Ahora, esa misma elocuencia le parecía la herramienta de un estafador profesional.
—¿La zona norte? —preguntó Elena, apoyándose en la encimera—. Qué curioso. Pensé que me habías dicho que hoy estarías en el centro todo el día.
Carlos se tensó por una fracción de segundo, un movimiento casi imperceptible en sus hombros, pero recuperó la compostura de inmediato.
—Hubo un cambio de planes de último minuto, ya sabes cómo es esto. ¿Por qué lo preguntas?
—Por nada. Solo que hoy salí a dar una vuelta. Me sentía un poco sofocada aquí encerrada y pasé por ese barrio nuevo, «Los Olivos». Es precioso, ¿no crees? Tiene unas casas con jardines muy bonitos, ideales para familias con niños.
Carlos dejó de masticar. Sus ojos se fijaron en el plato, pero no se movieron. El silencio en la cocina se volvió tan pesado que el zumbido del refrigerador parecía un grito.
—No conozco mucho esa zona —respondió él finalmente, retomando su cena con una prisa repentina—. Es un poco lejos, ¿no?
—No tanto —replicó Elena, caminando lentamente hacia él—. De hecho, vi un auto muy parecido al tuyo estacionado frente a una de esas casas. Por un momento pensé que eras tú, pero luego me dije: «No, Carlos está trabajando en el centro, él nunca me mentiría».
Carlos soltó el tenedor. El sonido del metal contra la cerámica resonó como un disparo. Se giró hacia ella, y por primera vez en años, Elena vio miedo en sus ojos. Un miedo que rápidamente intentó transformar en irritación.
—¿A qué viene esto, Elena? ¿Ahora me estás siguiendo? ¿Me estás espiando? Si tienes algo que decir, dilo de una vez y deja de dar rodeos. Me mato trabajando todo el día para que no te falte nada y llego a casa para ser interrogado como un criminal.
El descaro de sus palabras fue como una bofetada. Elena sintió que la sangre le hervía, pero mantuvo la calma. Abrió el cajón de la cocina y sacó el recibo de la tienda de juguetes y lo puso sobre la mesa, justo al lado del plato de Carlos.
—¿Y esto? ¿También es parte del trabajo con los proveedores? ¿Comprar muñecas de colección y camiones de bomberos es una nueva estrategia de negocios? —su voz ya no era neutra; era un látigo de hielo.
Carlos miró el papel. Su rostro pasó del pálido al rojo en segundos. Abrió la boca para hablar, pero no salieron palabras. El gran orador se había quedado mudo.
—Hoy recibí una llamada, Carlos —continuó ella, acercándose hasta quedar a escasos centímetros de su rostro—. Una mujer buscaba a su esposo. Decía que sus hijos lo esperaban para cenar. Al principio pensé que era un error. Luego encontré este recibo. Y después… después fui a Los Olivos.
Carlos se levantó de la silla bruscamente, tirándola hacia atrás.
—Elena, puedo explicarlo… no es lo que parece…
—¡No te atrevas! —gritó ella, y por fin la rabia estalló—. ¡No te atrevas a decirme que no es lo que parece! Vi cómo alzabas a ese niño. Vi cómo besabas a esa mujer. Vi la vida que construiste a mis espaldas con mi dinero, porque sí, Carlos, no soy tonta. He revisado las cuentas compartidas. Esos «malos negocios» que tuvimos el año pasado fueron simplemente tú comprando esa casa y pagando esa vida doble.
Él se hundió. Literalmente. Se dejó caer de nuevo en la silla, ocultando el rostro entre las manos. Durante varios minutos, el único sonido en la habitación fue la respiración agitada de ambos.
—Se llama Sofía —dijo él finalmente, con una voz quebrada que no conmovió a Elena—. La conocí hace seis años en un viaje. No fue planeado, Elena. Simplemente sucedió. Cuando quedó embarazada del primero, no tuve el valor de dejarla, pero tampoco de dejarte a ti. Las amaba a las dos de formas diferentes.
—¡No hables de amor! —le espetó ella—. El amor no es una estafa. El amor no es condenar a una mujer a una mentira de diez años mientras tú juegas a la casita en otro lado. ¿Ella lo sabe? ¿Sabe Sofía que eres un hombre casado, o ella también vive en una burbuja de cristal que tú mismo fabricaste?
Carlos guardó silencio. Su cobardía era total.
—Ella cree que estamos divorciados desde hace años —susurró él—. Cree que vivo en un apartamento pequeño y que trabajo mucho para pasarles la pensión.
Elena sintió náuseas. No solo la había engañado a ella; había creado una red de mentiras tan compleja que involucraba a dos mujeres y dos niños inocentes. Era un arquitecto del engaño.
—Mañana mismo quiero que te lleves tus cosas —dijo Elena con una frialdad que la sorprendió a ella misma—. No me importa a dónde vayas. Si quieres irte con tu «otra familia», hazlo. Pero te advierto una cosa, Carlos: esa casa en Los Olivos está a nombre de la empresa de consultoría que fundamos juntos, y yo soy la socia mayoritaria.
Él levantó la vista, aterrado.
—Elena, no puedes hacer eso… los niños…
—Los niños tendrán lo que necesiten, porque yo no soy como tú —lo interrumpió ella—. Pero tú… tú te vas a quedar sin nada. Mañana hablaré con mis abogados. Y pasado mañana, iré a visitar a Sofía. Ella merece saber quién es el hombre con el que comparte su cama.
—¡No! —suplicó Carlos, poniéndose de rodillas—. ¡A ella no la metas en esto! Se va a morir si se entera, tiene problemas de salud, el impacto la mataría…
Elena lo miró con un desprecio infinito. Verlo allí, arrodillado, suplicando por la mujer a la que también le había mentido, era la imagen más patética que había visto en su vida.
—Tuviste seis años para pensar en su salud, Carlos. Tuviste seis años para pensar en mi dolor. Ahora, sal de mi vista. Duerme en el sofá si quieres, pero mañana al amanecer, no quiero ver ni un solo rastro de ti en esta casa.
Él intentó tocarle la mano, pero ella se retiró como si fuera a quemarse con ácido. Subió las escaleras sin mirar atrás, con el corazón martilleando contra sus costillas. Al entrar en su habitación, cerró la puerta con llave y se derrumbó sobre la cama. Lloró, pero no fue un llanto de tristeza, sino de liberación. El monstruo ya no estaba en el armario; estaba en la sala, y ella acababa de encender todas las luces.
Sin embargo, a mitad de la noche, un pensamiento la asaltó. Carlos era un hombre desesperado, y los hombres desesperados son capaces de cualquier cosa para no perder sus castillos de naipes. Elena escuchó un ruido en la planta baja, un ruido sutil, como de alguien abriendo un cajón que no debería abrirse.
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