Estás en la parte 2: la historia continúa exactamente donde la dejamos.
Laura arrancó el auto con las manos sudadas, mientras el eco de las palabras de Carlos retumbaba en su cabeza. La noche se extendía ante ella como una pared oscura, y el camino hacia la finca El Rosal se le hacía eterno. El pueblo estaba vacío a esa hora, pero un pueblo pequeño siempre tiene vecinos espiando tras las cortinas. No le importó. Ahora lo único que existía en el mundo era llegar hasta Mateo.
Encendió la radio. Estática. La apagó con un golpe seco. Las luces del tablero iluminaban su rostro pálido, su mandíbula apretada, sus manos crispadas sobre el volante. Iba a exceso de velocidad por calles que conocía de memoria, pero que en la oscuridad parecían completamente distintas.
—Aguanta, mi amor. Mamá ya va para allá —murmuró, como si el niño pudiera escucharla.
Los minutos transcurrieron en una mezcla de eternidad y vértigo. Pasó frente a la iglesia del pueblo, luego el molino abandonado, luego la casa de doña Josefa, siempre con sus luces encendidas hasta tarde. Condujo más rápido de lo que jamás había conducido, deseando tener alas.
Al llegar al camino de terracería, la poca iluminación de las calles del pueblo desapareció por completo. La luna era la única testigo. Los matorrales rozaban los costados del auto, y los faros apenas dibujaban un túnel pálido entre la vegetación. Laura sabía que a unos minutos más adelante se encontraba la quebrada, y más allá, casi oculta entre álamos y eucaliptos, la casa de la abuela de Carlos.
La finca El Rosal. Un lugar que había ganado fama de misterioso. Lleno de historias sobre aparecidos y tesoros que nadie había encontrado. “Un lugar maldito”, decían los del pueblo, aunque la abuela de Carlos siempre lo negó con una carcajada seca.
Laura redujo la velocidad al divisar el portón de hierro oxidado. Estaba entreabierto, como si algo la estuviera esperando. Cortó el motor y por un momento quedó sumergida en el silencio denso de la noche. Sus ojos tardaron en adaptarse a la oscuridad, pero cuando lo hicieron, vio la sombra imponente de la casa que se alzaba a unos metros.
Salió del auto con las llaves apretadas en la mano. Un perro ladró a lo lejos. El viento silbaba entre los árboles. Laura avanzó con pasos inseguros por el sendero de gravilla, tratando de no tropezar con las piedras que se ocultaban entre la hierba alta.
—Mateo —llamó en un susurro, pero la palabra se la llevó el viento.
Llegó al porche, pisó las tablas sueltas, y al tocar la puerta principal descubrió que estaba cerrada con llave. Probó varias de las llaves del llavero hasta que una hizo clic. La puerta se abrió con un quejido largo, como un lamento.
El interior era un espectro de lo que había sido su juventud. Muebles cubiertos con sábanas blancas, olor a humedad y polvo. Por un momento, Laura se detuvo en la entrada, dejando que sus ojos se acostumbraran a la penumbra. La luz de la luna entraba por unas ventanas sucias, iluminando velas de pelusa flotando en el aire.
—¿Mateo? —volvió a llamar, un poco más alto, con la voz quebrada por la esperanza y el miedo.
Un ruido. Un golpe débil, como de algo que cae. Provenía del fondo de la casa. Laura se movió sin pensarlo. Atravesó el comedor, la cocina con sus azulejos viejos despegados, y llegó a una puerta que daba a lo que alguna vez fue el patio trasero.
Ahí, bajo un cobertizo desvencijado, había un pozo tapado con tablas de madera. Laura sintió que el corazón se le salía por la boca. Corrió hacia él, arrodillándose y retirando las tablas con las manos temblorosas mientras una voz pequeña y aterrada emergía desde el fondo.
—¿Mami? ¿Eres tú?
El alivio la golpeó con tal fuerza que casi se desmayó. Se asomó al pozo y supo, en el mismo instante en que sus ojos se encontraron con los de su hijo, que jamás volvería a ser la misma. Mateo estaba sentado en el fondo, abrazándose las rodillas, sucio, lleno de tierra y lágrimas. Demacrado, hundido en sí mismo, parecía un animal asustado en una jaula.
—Sí, mi amor. Sí, es mamá. Ya estoy aquí —respondió Laura con la voz destrozada, tendiendo una mano hacia el abismo.
Llamó al 911 de nuevo, explicando la situación con urgencia. Luego preguntó con la voz más firme que pudo encontrar:
—Mijo, ¿puedes pararte? ¿Sientes las piernas?
Mateo hizo un esfuerzo visible para moverse en el fondo del pozo, pero se quedó quieto. Un sollozo pequeño, desgarrador, emergió desde abajo.
—No puedo, mami. No las siento. Hace mucho frío.
El pánico comenzó a expandirse por el pecho de Laura. Comprendió que había pasado demasiado tiempo en esa posición, sentado sobre cemento húmedo, a temperaturas que bajaban conforme avanzaba la noche. Sin darle tiempo al miedo, sacó el llavero de nuevo, buscando algo que pudiera servir de soga. No había nada. Solo las llaves.
Desesperada, se quitó el suéter y lo anudó a un extremo de su bufanda. Buscó en el cobertizo, entre maderas podridas y herramientas viejas, hasta hallar una soga gruesa, algo roída, pero que parecía intacta. La ató firmemente alrededor de una viga del techo del cobertizo y lanzó el extremo hacia abajo.
—Mateo, escúchame con atención —dijo, tratando de inyectar en su voz toda la seguridad que no sentía—: voy a amarrar esta soga a tu cintura. Tienes que ayudarme, tienes que intentar escalar con los brazos, ¿me entiendes?
—Mami, tengo mucho miedo —gimió el niño.
—Sé que lo tienes, cariño. Yo también lo tengo. Pero tenemos que ser valientes. Los dos juntos, como siempre. ¿Te acuerdas de cuando decías que yo era una superheroína? Hoy necesito que tú también te sientas como uno. Mi valiente, mi campeón.
Hubo un silencio, y luego un movimiento débil desde el fondo. Mateo se estaba levantando con un esfuerzo titánico. Laura logró ver sus manitas agarrándose a la soga, tratando de buscar un punto donde sujetarse. Bajó su propio cuerpo lo más que pudo, arriesgándose a caer, alargando sus brazos hasta sentir el contacto de los dedos helados de su hijo.
—Voy a ti, mi amor. Mamá está aquí. Agárrate de mi mano y sube, te tengo, no voy a soltarte.
Mateo aferró el brazo de Laura con una fuerza que lo sorprendió a ella misma. Gemía entre dientes, lloraba, pero avanzaba. Centímetro a centímetro. Con un último tirón, Laura logró izarlo apenas lo suficiente para que apoyara el pie en una pequeña repisa de piedra que sobresalía del interior del pozo.
—Uno, dos, tres —dijo ella, y ambos tiraron al mismo tiempo.
El cuerpo pequeño de Mateo salió del pozo y aterrizó sobre ella, tembloroso, entre el polvo y las lágrimas. Laura lo abrazó con tal fuerza que pensó que lo iba a quebrar. Lo apartó apenas unos centímetros para mirarle el rostro, sucio y surcado de llanto, y sintió que su corazón se rompía y se reconstruía al mismo tiempo.
—Estás bien. Estás bien, mi amor. Mamá está aquí. Ya nada te va a pasar —jadeó entre besos y caricias.
Mateo se aferró a ella como a un salvavidas. Sus brazos temblaban. Su cuerpo entero era un latido agitado. Pero en sus ojos, Laura vio el indicio de una luz: la certeza de que había sobrevivido. Lo cargó en brazos, a pesar de que ya pesaba y le dolía la espalda, y caminó de vuelta hacia la casa.
Cuando llegaron al auto, el cielo mostraba las primeras luces de un amanecer pálido. Mateo se durmió casi de inmediato en el asiento del copiloto, con la cabeza recostada sobre el hombro de Laura. Ella lo rozó apenas con los labios, se quedó un momento en silencio, contemplando su rostro en paz.
En el camino de regreso, encontró a la patrulla en la entrada del pueblo. Les explicó lo sucedido. Los oficiales se presentaron en su casa minutos más tarde y se llevaron a Carlos esposado, sin resistencia. Laura lo vio desde la ventana, escoltado hacia la patrulla, con la mirada clavada en el suelo. No le gritó. No lo insultó. Solo lo vio desaparecer entre las luces rojas y azules.
Mateo despertó dos horas después, en su cama, con su ropa limpia y el olor de la sopa que Laura le había preparado con las manos aún temblorosas. La abrazó, y le susurró:
—Sabía que ibas a venir, mami. Sabía que nunca me dejarías solo.
Laura lo abrazó de vuelta, conteniendo sus propias lágrimas. En la cocina, sobre la mesa, una taza de café se enfriaba. Pero ella no la tocó. No necesitaba nada más que en ese momento, con su hijo abrazado, con el peligro finalmente fuera de sus vidas, se sintió la persona más afortunada del mundo.
La llamada de aquella noche fue la primera de una serie de cambios que reordenarían su vida entera. Carlos enfrentaría las consecuencias de sus actos, no sin antes pedir perdón. Mateo estaría en terapia por meses, pero con cada sesión, Laura veía cómo regresaba el brillo a sus ojos.
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