Continuamos con la historia justo en el momento en que la verdad empieza a salir a la luz…
La confesión de Mateo cayó como un balde de agua fría sobre Don Braulio, quien de repente palideció.
La gente en las gradas empezó a ponerse de pie, exigiendo saber qué significaban esas palabras.
—¿Tu dueño? —preguntó el juez de plaza, bajando desde su puesto oficial hasta la arena—. Explícate, pequeño.
Mateo suspiró, recostando su cabeza contra el flanco de Azabache, quien se mantenía como una estatua de ébano protegiéndolo.
—Hace dos años, este toro no era Azabache —comenzó Mateo, con la mirada perdida en los recuerdos—. Se llamaba «Lucero», por la mancha blanca que tiene escondida bajo la oreja izquierda.
El niño levantó con cuidado la oreja del animal, revelando una pequeña marca en forma de estrella que nadie había notado antes.
—Yo lo crié en la pequeña parcela de mi abuelo —continuó Mateo—. Su madre murió al nacer y yo le daba leche con un biberón hecho de una botella de refresco.
La multitud escuchaba embelesada. La historia de la bestia asesina se estaba transformando en un cuento de hadas frente a sus ojos.
—Él dormía en la puerta de mi cuarto. Me seguía al río como si fuera un perro. Era mi único amigo después de que mis padres se fueron a trabajar lejos.
—¿Y qué pasó? —preguntó una mujer desde la primera fila, conmovida por el relato.
Mateo miró fijamente a Don Braulio, quien intentaba escabullirse entre sus hombres.
—Pasó que mi abuelo se enfermó de los pulmones —dijo el niño, y su voz se llenó de una amargura antigua—. Necesitábamos dinero para las medicinas y el oxígeno.
El niño apretó los puños, recordando la noche en que unos hombres llegaron en una camioneta negra a su casa.
—Unos tipos llegaron diciendo que mi abuelo les debía dinero de unas semillas. Dijeron que si no pagábamos, nos quitarían la tierra.
—Eso es mentira… yo no sé de qué hablas —balbuceó Braulio, aunque su sudor lo delataba.
—Usted no fue, señor Braulio —continuó Mateo—. Usted envió a sus hombres. Se llevaron a Lucero por la fuerza. Mi abuelo lloró, yo les supliqué de rodillas, pero se lo llevaron diciendo que «carne de primera» pagaba cualquier deuda.
El niño relató cómo pasó meses buscando a su animal, recorriendo ferias y rastros, temiendo encontrarlo hecho filetes en un mercado.
—Cuando vi el cartel de la corrida de hoy y vi la foto de «Azabache», supe que era él. Reconocí su mirada de tristeza en el papel.
Mateo le explicó a la multitud que el toro no era agresivo por naturaleza, sino que había sido maltratado para que embistiera.
—Le picaban con varas, le echaban arena en los ojos antes de salir… solo querían que pareciera un monstruo para que usted pudiera cobrar las entradas —acusó el niño al promotor.
Don Braulio, sintiéndose acorralado por el juicio social de miles de personas, intentó una última jugada.
—¡Aunque sea cierto, el toro ahora es propiedad legal de mi empresa! —gritó, recuperando algo de su soberbia—. ¡Y el reto de los cincuenta millones era para alguien que no conociera al animal! ¡Esto es fraude!
La plaza estalló en un abucheo ensordecedor. La gente empezó a arrojar cojines y botellas de agua hacia el promotor.
—¡Págale! ¡Ratero! ¡Asesino! —eran los gritos que retumbaban en las paredes de piedra.
El juez de plaza levantó la mano para pedir calma, pero su rostro era severo.
—Braulio, el contrato no estipulaba que el participante debía ser un extraño para el toro. Estipulaba que debía sobrevivir diez segundos. Y este niño hizo más que eso: domó a la fiera.
Mateo aprovechó el apoyo de la gente para decir lo que realmente le importaba.
—No quiero solo el dinero, señor juez —dijo el niño, mirando a Don Braulio—. Quiero que me devuelva a mi amigo. Él no nació para morir en un ruedo.
Braulio soltó una carcajada siniestra.
—¿El toro? Ese animal vale más que tu vida, mocoso. Si quieres el dinero, tómalo y lárgate, pero el bicho se queda conmigo para la corrida de mañana.
En ese momento, Azabache, como si entendiera que su destino seguía en peligro, soltó un bufido estruendoso.
El animal se puso en guardia, raspando la arena con una fuerza tal que la tierra saltó hasta las primeras filas.
No miraba a Mateo. Sus ojos rojos de furia estaban fijos en Don Braulio.
El promotor retrocedió, tropezando con un cable y cayendo de espaldas sobre el polvo del callejón.
—¡Quítenmelo! ¡Va a saltar la barrera! —gritaba Braulio, cubriéndose la cabeza con las manos.
Los guardaespaldas, por primera vez, no supieron qué hacer. Sabían que si el toro saltaba, no habría arma que lo detuviera antes de alcanzar a su jefe.
Mateo se puso frente al toro, pero esta vez no para detenerlo, sino para hablarle con la verdad.
—Escúchame, Lucero —le dijo, usando su nombre real—. Si te quedas aquí, te van a lastimar. Si me dejas ayudarte, volveremos a casa.
El niño miró al juez de plaza y luego a la multitud que grababa todo con sus teléfonos celulares.
—Ustedes son testigos —dijo Mateo—. Este hombre se robó lo que más quería. Y ahora quiere robarme lo que gané legalmente.
Un hombre joven, vestido con traje, saltó desde las gradas. Era un abogado local que se había sentido conmovido por la escena.
—Yo lo represento, muchacho —dijo el abogado, poniéndose al lado del niño—. Don Braulio, si no entrega el dinero y el acta de liberación del animal ahora mismo, iniciaremos una demanda por robo, maltrato animal y estafa procesal. Y créame, con este video, usted no vuelve a organizar una feria en su vida.
Braulio miró a su alrededor. Estaba solo. Sus propios hombres se alejaban de él para no quedar involucrados en el escándalo.
La presión era insoportable. El odio de la multitud era casi tangible.
—¡Está bien! ¡Llévense al maldito animal! —gritó Braulio, lanzando su sombrero al suelo con rabia—. ¡Y denle el maletín con el dinero del premio! Pero que se larguen de mi vista antes de que me arrepienta.
El maletín de cuero, que contenía los cincuenta millones de pesos en billetes de alta denominación, fue llevado al centro del ruedo por un asistente tembloroso.
Mateo miró el dinero, pero no sintió alegría. Solo sentía el peso de la responsabilidad sobre sus hombros.
—Este dinero es para las medicinas de mi abuelo y para comprarle una finca donde Lucero pueda correr libre —declaró el niño.
Sin embargo, cuando parecía que todo había terminado, un grupo de hombres armados, que trabajaban para un socio oculto de Braulio, cerró las puertas principales de la plaza.
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