Sé que llegaste hasta aquí porque la historia te atrapó y necesitabas saber qué pasaría con esa joven que parecía no tener salida ante tanto poder.
—»Quítate ese delantal ahora mismo, Sofía. No es una sugerencia, es una oportunidad que solo pasa una vez en la vida» —sentenció Ricardo, mientras reclinaba su cuerpo sobre la silla de cuero, expandiendo el pecho con esa arrogancia que solo dan los millones en la cuenta bancaria.
Ricardo Valenzuela no era un hombre acostumbrado a recibir un «no» por respuesta. A sus cincuenta años, su nombre era sinónimo de temor en los tribunales más importantes del país. Su traje de tres piezas, hecho a medida en Italia, brillaba bajo las luces cálidas del restaurante más exclusivo de la ciudad, un lugar donde él no era un cliente, sino prácticamente el dueño del aire que se respiraba.
Frente a él, Sofía, una joven de apenas veinticuatro años, mantenía la mirada baja, apretando con fuerza la bandeja de plata contra su costado. Llevaba seis meses atendiendo su mesa privada, soportando sus comentarios condescendientes y esa forma tan suya de mirarla, como si ella fuera un objeto decorativo más del salón.
—»Piénsalo bien» —continuó Ricardo, bajando el tono de voz a un susurro que pretendía ser seductor, pero que solo lograba ser amenazante—. «Tengo un departamento en la zona más cara, un auto que jamás podrías pagar ni trabajando cien vidas aquí, y la capacidad de poner el mundo a tus pies. Solo tienes que dejar esta bandeja, caminar conmigo hacia la salida y olvidar este sitio mediocre.»
El silencio que siguió fue denso, casi tangible. Los otros camareros pasaban de largo, evitando mirar hacia la mesa del «Gran Valenzuela». Todos sabían que cuando Ricardo hablaba, el resto callaba. Él disfrutaba de ese poder, de la capacidad de comprar voluntades con la misma facilidad con la que pedía una botella de vino de tres mil dólares.
Ricardo observó las manos de Sofía. Eran manos jóvenes, pero se veían cansadas. Él estaba convencido de que ella estaba a punto de llorar de emoción, de agradecerle de rodillas por «rescatarla» de la servidumbre. En su mente, él era el héroe de una película donde el dinero siempre ganaba.
—»Señor Valenzuela…» —comenzó ella, y su voz sonó extrañamente firme, sin el temblor que él esperaba—. «¿Usted realmente cree que todo en este mundo tiene un precio? ¿Que puede simplemente señalar algo y llevárselo porque su firma tiene peso en un juzgado?»
Ricardo soltó una carcajada seca, una que hizo que un par de comensales en las mesas cercanas se giraran con curiosidad.
—»Sofía, querida, no seas ingenua. El mundo no se mueve por ideales, se mueve por intereses. Tú eres hermosa, inteligente, pero estás desperdiciando tu vida sirviendo café a hombres como yo. Yo te estoy ofreciendo la libertad. Te estoy ofreciendo ser la reina de un imperio.»
Él sacó un fajo de billetes de su billetera de piel de cocodrilo y lo dejó sobre la mesa con un golpe seco. Era más de lo que ella ganaba en seis meses de propinas.
—»Tómalo como un anticipo. Ve por tus cosas, despídete de tu jefe y nos vamos. Mi chofer espera afuera.»
Ricardo se sentía victorioso. Había visto esta escena repetirse muchas veces en su vida, con socios, con rivales y con mujeres. Nadie resistía el brillo del oro cuando se presentaba con tanta seguridad.
Sin embargo, algo en la expresión de Sofía cambió. No hubo una sonrisa de agradecimiento, ni un brillo de ambición en sus ojos. De hecho, la joven levantó la cabeza y, por primera vez en medio año, lo miró directamente a los ojos. No era la mirada de una empleada asustada; era la mirada de un depredador que finalmente ha acorralado a su presa.
—»Es curioso que hable de imperios, señor Valenzuela» —dijo ella, mientras depositaba la bandeja sobre la mesa, justo encima del fajo de billetes, como si no valieran nada—. «Porque los imperios más grandes siempre caen desde adentro, por una pequeña grieta que nadie se molestó en reparar.»
Ricardo frunció el ceño, confundido por el cambio de tono. Su sonrisa empezó a desvanecerse.
—»¿De qué hablas? No me hagas perder el tiempo con acertijos de mesera.»
Sofía no respondió de inmediato. En lugar de eso, llevó su mano al compartimento oculto debajo de su bandeja de servicio. Con un movimiento lento y deliberado, extrajo un expediente de color azul intenso. En la portada, en letras doradas y elegantes, destacaba el sello oficial de «Valenzuela & Asociados».
El rostro de Ricardo se puso pálido, perdiendo el color bronceado de sus vacaciones en el Caribe. Ese expediente no debería estar ahí. Ese expediente estaba bajo triple llave en su oficina privada, en el piso cuarenta de la torre empresarial.
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