Continuamos con la historia donde la dejamos, justo cuando la traición se vuelve más oscura…
Dentro de la joyería, el ambiente era de opulencia y desprecio por el dolor ajeno. Elena puso la bolsa sobre el mostrador de terciopelo. El joyero, un hombre de edad avanzada, la miró con extrañeza al ver tantos billetes de baja denominación, pero el dinero es dinero, y en ese lugar no se hacían preguntas incómodas.
—Quiero ese —dijo Julián señalando un reloj de oro macizo con incrustaciones de diamantes en la esfera—. Es el modelo de edición limitada, ¿verdad?
—Exactamente, caballero —respondió el joyero—. Son dieciocho mil dólares.
Elena ni siquiera parpadeó. Empezó a sacar los fajos de billetes que Ricardo había guardado con tanto esmero, aquellos que representaban sus privaciones, su ropa vieja, sus zapatos remendados. Cada billete entregado era una puñalada por la espalda a la mujer que agonizaba en una cama de hospital.
—Me siento tan poderosa —le susurró Elena a Julián al oído mientras el joyero contaba el dinero—. Engañé a mi esposo con lo de la cirugía de su madre y ni siquiera sospechó. Me rogó que tomara el dinero. ¡Me lo suplicó!
Julián se rió, admirando el peso del reloj de oro en su muñeca. —Eres una genia, nena. ¿Y qué vas a hacer cuando se entere de que no pagaste nada?
Elena se encogió de hombros con total indiferencia. —Para cuando se dé cuenta, ya habré vaciado la cuenta compartida y nuestras maletas estarán lejos. Que se quede con su vieja y sus deudas. Yo nací para algo mejor que ser la esposa de un albañil con ínfulas de héroe.
Mientras ellos brindaban con champaña cortesía de la joyería, la atmósfera en el hospital cambiaba drásticamente.
El monitor al que estaba conectada Doña Rosa empezó a emitir un pitido intermitente y alarmante. Ricardo, que se había quedado dormido unos minutos sujetando la mano de su madre, saltó de la silla.
—¡Enfermera! ¡Doctor! ¡Algo pasa! —gritó desesperado.
Dos enfermeros entraron corriendo y empezaron a revisar los signos vitales. El cardiólogo de turno llegó poco después, con el ceño fruncido y mirando el reloj de pared.
—¿Qué está pasando? ¿Por qué no la han bajado a cirugía? —preguntó Ricardo, con un nudo en la garganta que apenas le permitía respirar.
El médico lo miró con una mezcla de cansancio y confusión. —Señor… estábamos esperando la confirmación de pago de la administración. Dijeron que su esposa iría hace dos horas.
Ricardo sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. —Pero… pero ella fue. Yo se lo di todo. Treinta mil dólares en efectivo. Ella bajó de inmediato.
—Aquí no ha llegado ni un centavo, caballero —dijo una de las enfermeras con tono severo—. El quirófano estaba listo, el equipo médico estaba en espera, pero las políticas de la clínica son claras para casos de pacientes externos sin seguro social.
Ricardo no podía entenderlo. Quizás hubo una fila larga, quizás Elena se desmayó, quizás la asaltaron. Su mente se negaba a aceptar la posibilidad de la maldad pura.
—¡Tiene que operarla ya! ¡Yo tengo el recibo… o sea, ella lo tiene! ¡Voy a buscarla!
Ricardo salió corriendo hacia la administración. Sus gritos retumbaban en el pasillo. Al llegar a la ventanilla, la recepcionista le confirmó lo peor: nadie con el nombre de Elena o por la cuenta de Doña Rosa se había acercado en toda la tarde.
Desesperado, Ricardo sacó su celular. Llamó una, dos, diez veces. El teléfono de Elena estaba apagado. Llamó a su casa, a la casa de su suegra, a sus amigas. Nadie sabía nada.
En ese momento, un mensaje de texto llegó a su teléfono. No era de Elena. Era de un viejo amigo de la infancia que trabajaba como seguridad en el centro comercial de lujo. El mensaje incluía una foto borrosa tomada de lejos.
En la imagen, se veía a Elena saliendo de una joyería, colgada del brazo de un hombre joven y apuesto, ambos riendo mientras él presumía un reloj brillante en su muñeca.
El mundo de Ricardo se detuvo. El aire le faltaba. La bolsa que ella llevaba en la mano… era su bolsa. La bolsa con el dinero de la vida de su madre.
—No… no puede ser… —murmuró Ricardo, cayendo de rodillas en medio del vestíbulo del hospital.
En ese preciso instante, un código azul sonó por los altavoces de la clínica. «Código azul, habitación 402. Código azul».
Era la habitación de su madre.
Ricardo intentó levantarse, pero sus piernas no le obedecían. El dolor emocional era tan físico que sentía que le habían arrancado el corazón con las manos desnudas. Arrastrándose, llegó al ascensor. Cuando las puertas se abrieron en el cuarto piso, vio al doctor saliendo de la habitación.
El médico no tuvo que decir nada. Se quitó los anteojos y bajó la cabeza.
—Lo siento mucho, señor Ricardo. El tiempo se nos agotó. El corazón de su madre no resistió la espera. Ella falleció hace dos minutos.
El grito que salió del pecho de Ricardo no fue humano. Fue el aullido de un hombre que lo había perdido todo por culpa de la persona en la que más confiaba. Su madre había muerto porque su esposa prefirió un reloj de oro y un amante.
—¡Asesina! —rugió Ricardo, golpeando la pared con tanta fuerza que sus nudillos estallaron en sangre—. ¡Me las vas a pagar, Elena! ¡Te juro por la memoria de mi madre que no vas a tener dónde esconderte!
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