Sabemos que no te fuiste con el tráiler: viniste por el final, y aquí está. ¿Hasta dónde puede llegar la sangre cuando se convierte en veneno?
¿Qué harías si la persona que más amas apenas puede respirar en tus brazos? Andrés lo estaba viviendo. Ahí, de rodillas en el frío piso de la sala, con Laura temblando entre sus brazos y sus ojos clavados en él.
El silencio lo aturdía más que sus propios latidos. La casa nunca se había sentido tan vacía, tan fría.
—Tranquila, mi amor, ya estoy aquí —le susurró, aunque su voz también se quebraba—. No te voy a dejar sola. respira conmigo, despacio.
Laura intentó inhalar, pero un quejido se atascó en su garganta. Sus dedos buscaron la mano de Andrés y se aferraron con una fuerza que no parecía posible en un cuerpo tan maltratado.
—Escúchame… —pidió ella con la voz hecha pedazos—. No me queda mucho tiempo, y necesitas saber la verdad.
—No digas eso. Vas a estar bien, ya voy a llamar una ambulancia…
—Andrés, óyeme.
Le apretó la mano con más fuerza. Ese gesto lo detuvo en seco. Laura no era de rendirse jamás, y verla así, tan decidida y tan frágil al mismo tiempo, le cortó la respiración.
—No te llamo para que me rescates. Te llamo para que sepas con quién estás lidiando.
Andrés sintió que la tierra se abría bajo sus pies. ¿Con quién estaba lidiando? ¿Acaso alguien la había agredido? La casa estaba en orden. No había señales de forcejeo. Solo el cuerpo de Laura, desplomado junto al sofá, y un vaso roto a unos metros.
—¿Quién te hizo esto? —preguntó con el pecho ardiendo—. Dímelo y yo mismo me encargo.
Laura negó lentamente. Sus labios estaban secos, y en su mirada se mezclaba el miedo con una pena infinita.
—No puedes encargarte, Andrés. Porque no es un extraño. No es un ladrón ni un enemigo de la calle.
Él frunció el ceño, sin entender.
—¿Entonces quién? Habla, por favor.
Laura cerró los ojos un segundo. Reunió fuerzas. Y después, mirándolo directo a la conciencia, soltó la bomba que él nunca vio venir.
—Fue una persona… de tu misma familia.
El mundo se detuvo.
Andrés sintió que las palabras no entraban. Que su cerebro se negaba a procesarlas. ¿De su familia? ¿Acaso se trataba de un primo lejano? ¿Un tío que nunca cayó bien? ¿Quién en su sano juicio le haría daño a Laura?
—¿De mi gente? —repitió como un eco, con la voz ronca—. ¿De quién hablas, Laura?
Ella abrió la boca. El nombre flotaba en el aire entre los dos, a punto de estallar.
—Fue…
Justo entonces, un golpe seco retumbó desde el fondo de la casa. La puerta trasera. Alguien acababa de entrar sin anunciarse y sin llaves.
—¿Quién anda ahí? —gritó Andrés poniéndose de pie, con el corazón disparado.
Laura lo agarró del pantalón con una urgencia terrible.
—No vayas. Andrés, no vayas… Todavía no sabes la verdad completa.
—No puedo dejarte así.
—Si sales por esa puerta, vas a enfrentarte a lo que no estás listo para ver. Pero si te quedas, te juro que te contaré todo. Todo lo que he guardado por años.
Andrés dudó. Las pisadas se acercaban por el pasillo, lentas y deliberadas. Como quien camina sabiendo que ya ganó.
—¿Quién es, Laura? —insistió con un hilo de voz—. Dime el nombre ahora.
Ella tragó saliva. La mano le tembló. Y entonces, con el último aliento que le quedaba, pronunció la frase que lo cambiaría todo:
—Es alguien que te ha sonreído a la cara desde que tienes memoria. Alguien que siempre quiso lo que tú tenías.
Andrés sintió un vacío en el estómago. Pero antes de que pudiera preguntar más, la silueta de una figura conocida se dibujó en el marco de la puerta. La luz de la cocina lo delató.
—Hola, Andrés —dijo la voz, con una calma que helaba la sangre—. Ya era hora de que nos presentáramos sin caretas.
Andrés reconoció esa voz al instante. Y lo que sintió no fue sorpresa. Fue terror.
Porque la persona que estaba frente a él era la última que Laura había querido proteger.
¿Quién era? ¿Qué había pasado? La respuesta está en la siguiente parte: la historia da un giro que no verás venir.
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