Continuamos con la historia donde la dejamos…
Mientras Marcos sorteaba a la gente en el aeropuerto, en la mansión, el ambiente era de una calma macabra.
Elena se había servido una copa de vino tinto de la reserva especial.
Se sentó en el sofá de cuero blanco, disfrutando del silencio. Por fin se había librado de «la vieja».
Para ella, Rosa no era más que un recordatorio de los orígenes humildes de su esposo, algo que ella, nacida en «buena cuna», no podía tolerar.
—Marta, ¿ya terminaste de limpiar la cocina? —gritó Elena, con tono autoritario.
Marta salió del pasillo, tratando de ocultar su agitación.
—Sí, señora. Ya casi termino.
—Bueno, asegúrate de que no quede ni un rastro de esa mujer. Mañana mismo quiero que huelas cada rincón. Si queda olor a sus remedios caseros o a sus telas viejas, te vas tú también detrás de ella.
Marta asintió en silencio, bajando la cabeza para que Elena no viera el desprecio en sus ojos.
—Y otra cosa —añadió Elena, dándole un sorbo a su vino—. Si Marcos llama a la casa, no contestes. Yo me encargaré de hablar con él mañana cuando ya esté en Londres. Tengo que preparar bien la historia de cómo su madre decidió abandonarnos por un capricho.
Afuera, la situación era desesperada.
Doña Rosa había logrado arrastrar su maleta unos metros hasta el pequeño techo de una parada de autobús cercana, pero el viento cruzado la seguía empapando.
Sus manos estaban moradas. Intentaba frotarlas, pero el dolor de la artritis se agudizaba con la humedad.
—Dios mío, no me dejes aquí… —susurró, con los dientes castañeando—. Marcos, hijo mío, perdóname por ser una carga.
Ella no culpaba a su hijo. Rosa sabía que Marcos la amaba, pero también sabía cuánto amaba él a su esposa.
Durante años, Rosa había callado los pellizcos, los insultos en voz baja y los desplantes de Elena para no causar problemas en el matrimonio de su hijo.
«Es joven, tiene carácter», se decía a sí misma para consolarse.
Pero esto… esto era diferente. Esto era odio puro.
De repente, un par de luces iluminaron los charcos de la calle.
Un taxi se detuvo frente a la mansión.
Marta, que vigilaba desde la ventana del segundo piso, sintió que el corazón le daba un vuelco.
No podía ser Marcos, el aeropuerto estaba a dos horas de distancia, incluso manejando rápido.
Pero del taxi no bajó Marcos. Bajó un hombre joven, el hermano de Elena, quien venía a pedirle dinero, como solía hacer cada mes.
Al ver a la anciana acurrucada bajo el techo de la parada, el hombre se detuvo un segundo.
—¿Doña Rosa? ¿Qué hace usted aquí afuera con este clima? —preguntó, aunque sin mucha empatía.
—Elena… Elena me pidió que me fuera —dijo ella, con apenas un hilo de voz.
El hombre se encogió de hombros. Conocía el temperamento de su hermana.
—Bueno, ella sabrá lo que hace. Tenga cuidado, no la vayan a asaltar.
Y sin ofrecerle ayuda, entró a la casa usando su propia llave.
Dentro de la mansión, el hermano entró a la sala riendo.
—Oye, hermanita, te pasaste. Tienes a la suegra allá afuera convirtiéndose en un cubo de hielo. ¿No crees que es un poco exagerado? Si se muere, Marcos te va a colgar de las lámparas.
Elena soltó una risita cínica, sin levantarse del sofá.
—No se va a morir, esas viejas de pueblo son duras como las piedras. Además, Marcos no se va a enterar. Para cuando vuelva, ella estará en algún pueblo perdido y yo tendré una carta de despedida falsa esperándolo.
—Eres una genio del mal —dijo el hermano, sirviéndose también un trago—. Pero bueno, vine por lo mío. Necesito que me prestes…
—Shhh —lo interrumpió Elena, poniendo un dedo sobre sus labios—. ¿Oíste eso?
A lo lejos, el sonido de neumáticos chillando sobre el asfalto mojado rompió la serenidad de la noche.
Un vehículo venía a una velocidad demencial.
El sonido de un motor rugiendo se hacía más y más fuerte, hasta que terminó en un frenazo seco justo frente a la puerta principal.
Elena se levantó, extrañada.
—¿Quién podrá ser a esta hora? Algún vecino borracho, supongo.
Marta, desde arriba, sintió un escalofrío. Ella sabía quién era.
Había visto cómo Marcos, incapaz de esperar un taxi o soportar el tráfico, había alquilado un auto de lujo directamente en la terminal de llegadas y había conducido como un alma que lleva el diablo.
Se escuchó el golpe de una portezuela.
Luego, un grito que hizo que los vidrios de la mansión vibraran.
—¡¡MAMÁ!!
Marcos no entró a la casa. Primero buscó en la acera.
Vio la figura pequeña y encogida bajo la parada de autobús.
Vio la maleta empapada.
Vio a la mujer que le dio la vida temblando violentamente, con los ojos entrecerrados y la respiración débil.
—¡Mamá! ¡Perdóname! ¡Dios mío, perdóname! —gritó Marcos, cayendo de rodillas frente a ella, sin importarle el lodo ni el agua.
La tomó en sus brazos. Estaba helada.
Era como cargar un bloque de mármol.
—¿Marquitos? ¿Eres tú, hijo? —preguntó Rosa, su voz era casi un suspiro—. No te enojes con ella… ella solo quiere su casa limpia…
Esas palabras fueron como puñaladas en el pecho de Marcos.
La cargó con una ternura infinita y la llevó al auto, encendiendo la calefacción al máximo y envolviéndola con su propio saco de diseñador.
—Quédate aquí, mamá. No te muevas. Marta bajará con mantas secas. Ya todo terminó.
Marcos cerró la puerta del auto con suavidad, pero cuando se giró hacia la mansión, su rostro ya no era el del hijo amoroso.
Era el rostro de un hombre que acababa de ver lo más sagrado de su vida siendo pisoteado.
Caminó hacia la puerta. Elena, que había salido al porche al escuchar los gritos, lo esperaba con una sonrisa nerviosa, tratando de ocultar la copa de vino detrás de su espalda.
—¡Marcos! Mi amor, ¿qué haces aquí? ¿Qué pasó con tu vuelo? Yo… yo te iba a llamar… tu madre se volvió loca, empezó a gritar que se quería ir y por más que traté de detenerla…
Marcos subió los escalones lentamente.
Cada paso parecía hacer temblar la tierra.
—¿Trataste de detenerla, Elena? —preguntó él, con una voz tan baja y peligrosa que su hermano, que estaba detrás, dio un paso atrás hacia la sombra.
—¡Sí! Fue horrible, me insultó, tiró sus propias cosas… yo estaba llorando aquí adentro porque no sabía qué hacer…
Marcos llegó frente a ella. Era mucho más alto que ella, y en ese momento, su sombra parecía cubrir toda la entrada.
—Marta me llamó hace una hora, Elena —dijo él.
El color desapareció del rostro de Elena. Sus labios empezaron a temblar.
—¿Marta? Esa… esa criada miente, Marcos, me tiene envidia y…
—Marta me envió un video, Elena —mintió Marcos, aunque no necesitaba pruebas, la verdad estaba escrita en el frío que emanaba la piel de su madre—. Te vi. Vi cómo la empujaste. Vi cómo tiraste su maleta. Vi tu cara de satisfacción al cerrar la puerta.
Elena intentó retroceder, pero Marcos la tomó por la muñeca. No con violencia física, sino con una firmeza que le cortó la circulación del aire.
—Esta casa —dijo Marcos, señalando la mansión— se compró con el sudor de esa mujer. Ella vendió hasta lo que no tenía para que yo terminara la universidad. Ella es la dueña de cada ladrillo, de cada mueble y de cada centavo que gastas en tus lujos.
—Marcos, por favor, podemos hablar… fue un momento de ira… ella me saca de quicio…
—Tienes diez minutos —dijo Marcos, soltándola como si fuera algo sucio.
—¿Diez minutos para qué? —preguntó ella, confundida.
—Para sacar tus cosas. Porque hoy, Elena, vas a probar el mismo frío que le diste a ella.
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