Estás en la segunda parte: la historia continúa donde la dejamos…
Valeria permaneció quieta, como una estatua de sal, con el peso de sus propias palabras aplastándola. La oficina olía a cuero y madera, pero ella solo percibía el aroma de su humillación flotando en el aire.
—Yo… yo necesito pensar —dijo, con la voz quebrada.
Mateo levantó una ceja, sin prisa.
—Tienes diez minutos.
—¿Diez minutos para decidir si me quedo o me voy? ¿Así de frío eres?
—Así de frío me hiciste, Valeria. Esta mañana me diste cinco minutos para empacar cinco años. Te estoy dando diez para tomar una decisión laboral. Creo que soy mucho más generoso de lo que fuiste tú.
Ella apretó los labios, sintiendo la sangre hervir en sus venas. ¿Cómo se había atrevido él a esconderle algo tan enorme? ¿Cómo había podido portarse tan pobre, tan normal, viéndola a la cara cada mañana?
—Tú me mentiste —siseó.
—Y tú me humillaste. Yo no sé si es más grande el engaño o la crueldad.
La respuesta fue tan directa que la desarmó por completo. Valeria abrió la boca, pero ningún sonido salió. Porque en el fondo, ella sabía que sus gritos habían nacido de su ego recién estrenado, y que su ego nunca le preguntó sobre la verdadera vida de Mateo.
Con pasos torpes, salió al pasillo. El piso quince parecía un laberinto de cristal y ambición. Al fondo, la sala de inducción. Adentro, otros cuatro nuevos empleados la miraban con curiosidad mientras entraba y se sentaba en la última silla.
—¿Estás bien? —preguntó una chica joven de cabello rizado—. Te ves… pálida.
Valeria sonrió con los labios apretados.
—Estoy perfecta. Solo estoy procesando lo grande que es esta empresa.
—Dicen que el dueño es súper joven —comentó otra compañera, inclinándose para cuchichear—. Que heredó todo y que nunca aparece en los medios. Una leyenda. Nadie sabe cómo se ve.
Valeria sintió un nudo en el estómago. Si alguien le hubiera dicho esa mañana que el legendario dueño era el hombre al que llamaba «inútil» en sus peores discusiones, habría soltado una carcajada. Ahora, la risa era un lujo que ya no podía permitirse.
La capacitación fue una tortura. Duró tres horas. Tres horas de presentaciones, nombres, políticas corporativas, y una que otra mirada hacia la puerta de cristal, donde ella sabía que él estaba, detrás de la pared de vidrio, como un titiritero que acababa de mover el hilo correcto.
Cuando terminó la sesión, una asistente de recursos humanos le entregó un sobre.
—Tu plan de desarrollo profesional. El señor Mendoza lo pidió personalmente para ti.
Valeria rasgó el sobre. Dentro había una hoja con un plan de trabajo detallado: 45 días de prueba. Evaluaciones semanales. Reuniones privadas cada lunes con la gerencia.
Cada lunes. Con Mateo.
Sintió el sudor frío corriendo por su espalda. Pero algo en su interior —ese orgullo que la había llevado a la cumbre y ahora la arrastraba al abismo— le impidió renunciar.
—No me voy a dejar vencer —murmuró mientras doblaba la hoja—. Yo no soy floja. Puedo soportar esto.
Pero estaba subestimando al hombre que alguna vez roncaba a su lado en la cama.
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Los días siguientes fueron una guerra silenciosa.
Valeria llegaba temprano, perfecta, impecable. Hacía su trabajo con una precisión obsesiva. Pero Mateo encontraba siempre una forma de desestabilizarla: un correo a las 7 de la mañana, una revisión de informes que siempre tenía «algo por ajustar», una mención casual frente al equipo de un error que ella cometía en silencio.
El miércoles de la segunda semana, la llamó a su oficina.
—Cierra la puerta —dijo sin mirarla.
Valeria obedeció, aunque sus manos temblaban.
—Tu presentación de ayer fue aceptable —dijo él, con los ojos en el monitor—. Pero aceptable no es suficiente para mí. Necesito excelente.
—Lo siento, señor Mendoza.
—No me debes disculpas. Me debes resultados.
Un silencio incómodo se instaló entre ellos. Mateo siguió escribiendo en su teclado como si ella no existiera. Finalmente, levantó la vista.
—¿Te gusta tu trabajo?
Valeria tragó saliva.
—Sí, señor.
—¿Te gusta más que la vida que tenías conmigo? ¿La vida que despreciaste?
Ella bajó la vista.
—Eso no es justo.
—Nada de lo que me hiciste fue justo. Aun así, aquí estás. Tienes un buen sueldo, un bonito escritorio y el respeto de tus compañeros. Todo lo que querías. Todo lo que no tenías conmigo.
Cada palabra sonaba como una sentencia.
—¿Quieres saber qué me dolió más? —continuó Mateo, cerrando la computadora—. No fue que me echaras. Fue la forma en que lo hiciste. Con desprecio. Como si yo fuera un insecto que ya no te servía. Y me di cuenta de que nunca te conocí de verdad.
Valeria apretó los puños dentro de los bolsillos de su blazer.
—Yo no… yo no era así, Mateo.
—¿Y quién eres entonces? Porque la mujer que veo aquí parada, con la cabeza gacha, es completamente distinta a la que conozco. Y eso me asusta más que tu crueldad.
—¿Qué quieres que haga? ¿Que te ruegue perdón?
Mateo se levantó, rodeó el escritorio y se detuvo frente a ella. Estaba tan cerca que podía oler ese perfume que alguna vez amó, el que ahora le resultaba amargo.
—No quiero que me ruegues nada. Quiero que trabajes. Que demuestres que vales lo que ganas. Y cuando termines tus 45 días de prueba, decidiré si te quedo a mi lado como empleada… o te despido.
—¿Y si renuncio ahora mismo?
Mateo sonrió. Una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
—En tu contrato hay una cláusula de confidencialidad y de no competencia. Si renuncias, no podrás trabajar en ninguna empresa de este rubro durante dos años. Y Valeria… este rubro es enorme. Sería una pena para tu carrera.
—¡Me estás reteniendo! —exclamó ella, con la voz temblando entre la furia y las lágrimas.
—No te estoy reteniendo. Te estoy dando la oportunidad de enfrentar las consecuencias de tus actos. A diferencia de ti, yo sí doy segundas oportunidades.
Valeria salió de la oficina sintiendo que el piso giraba. En la cafetería del piso doce, apoyó las manos sobre la barra de mármol y respiró hondo.
—¿Señora Mendoza? ¿Se siente bien?
Era la recepcionista de recursos humanos. Valeria forzó una sonrisa.
—Sí, solo un poco de cansancio.
—Ah, entonces le va a encantar saber que le tienen una prueba especial esta semana. El señor Mendoza quiere que usted dirija la reunión de junta el viernes. Frente a toda la directiva.
Valeria abrió los ojos con horror.
—¿Toda la directiva?
—Sí. Y hay rumores de que estará presente la madre del señor Mendoza. Esa mujer es muy estricta, dicen. No perdona fáciles errores.
El corazón de Valeria se hundió hasta el sótano de la empresa.
Mateo no solo jugaba con ella. Estaba dispuesto a humillarla delante de su familia, exactamente como ella lo había humillado delante de su propia vida.
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