Estás en la parte 2: la historia continúa justo en el momento de mayor suspenso…
El sonido de los cascos de «El Azabache» contra el suelo de tierra endurecida sonaba como tambores de guerra.
Julián se apoyó en la madera vieja del corral, sintiendo la vibración de la bestia al otro lado.
A su alrededor, el murmullo de la gente era un zumbido ensordecedor.
Don Ramiro se había acercado, rodeado de sus hombres de confianza, todos con los brazos cruzados y sonrisas de suficiencia.
—¿Te arrepientes ya, muchacho? —se burló el patrón—. Todavía puedes pedir perdón, irte de mi hacienda ahora mismo y quizás te deje conservar los dientes.
Julián no respondió.
Sus ojos estaban fijos en el semental.
El animal era una montaña de músculos negros, con una crin que parecía fuego oscuro agitándose al viento.
Sus ojos no eran simplemente los de un caballo; tenían una inteligencia salvaje, un odio profundo hacia todo lo que intentara quitarle su libertad.
Mariana había llegado hasta la valla, sostenida por dos de sus primas.
Tenía el rostro pálido como la cera y los labios le temblaban.
—Julián, mírame —suplicó ella—. No tienes que demostrarle nada a nadie. Vámonos. Ahora mismo.
Julián giró la cabeza levemente y le dedicó una sonrisa triste pero decidida.
—Si no lo hago hoy, Mariana, nunca seremos libres —dijo él—. Tu padre siempre será una sombra entre nosotros. Hoy corto esas cadenas.
El joven saltó la valla con una agilidad que sorprendió a los presentes.
En cuanto sus pies tocaron el centro del corral, «El Azabache» se detuvo en seco.
El caballo bajó la cabeza, bufando, soltando chorros de vapor por las narices.
Era un duelo de voluntades.
Julián extendió una mano, vacía de cuerdas, vacía de espuelas.
—No vengo a romperte, amigo —murmuró Julián, tan bajo que solo el animal podía escucharlo—. Vengo a pedirte que me ayudes a salvar mi vida.
Don Ramiro dio un paso adelante, impaciente.
—¡Déjate de sermones y súbete! —gritó el patrón—. ¡Corre el tiempo en cuanto pongas un pie encima!
El capataz principal, un hombre rudo llamado Esteban que secretamente respetaba a Julián, se acercó al joven con una soga.
—Ten, muchacho. Al menos que tengas de donde agarrarte —dijo en voz baja, con un tono de advertencia.
Julián tomó la soga, pero no la usó para amarrar al animal de forma violenta.
Se acercó lentamente. «El Azabache» lanzó una coz que por milímetros no le destrozó las costillas.
La gente soltó un grito de asombro. Mariana se tapó los ojos.
Julián no retrocedió.
Se mantuvo firme, hablando en susurros constantes, una técnica que su abuelo le había enseñado años atrás en los campos de la sierra.
El animal, desconcertado por la falta de violencia del hombre, permitió que Julián se acercara a su costado.
En un movimiento rápido y certero, Julián se impulsó y montó al animal.
—¡AHORA! —rugió Don Ramiro.
El cronómetro empezó a correr.
Lo que siguió fue un espectáculo de furia y valor que nadie en ese pueblo olvidaría jamás.
«El Azabache» se elevó en sus dos patas traseras, pareciendo medir tres metros de altura.
Julián se aferró a la crin y a la soga con una fuerza que parecía sobrehumana.
El caballo comenzó a corcovear, lanzando patadas al aire, girando sobre su propio eje con una velocidad violenta.
Julián volaba de un lado a otro, su cuerpo golpeándose contra el lomo del animal.
Diez segundos.
La gente gritaba. Don Ramiro apretaba los puños, su sonrisa desapareciendo lentamente.
Veinte segundos.
Julián sentía que los hombros se le iban a dislocar.
El sudor del caballo se mezclaba con el suyo, y el polvo del corral creaba una nube que apenas permitía ver la escena.
Treinta segundos.
«El Azabache», enfurecido por no poder derribar al jinete, comenzó a correr hacia las maderas del corral con la intención de aplastar la pierna de Julián contra los troncos.
—¡Cuidado! —gritó Esteban.
Julián reaccionó a tiempo, encogiendo la pierna justo antes del impacto, pero el movimiento casi lo hace caer.
Quedó colgando de un lado, con solo una mano sujetando la crin.
Mariana cayó de rodillas, rezando con una intensidad que le desgarraba la voz.
—¡Protégelo, Dios mío! ¡No te lo lleves!
Cuarenta segundos.
Julián, con un esfuerzo supremo que hizo que sus músculos se marcaran bajo la camisa empapada, logró incorporarse de nuevo sobre el lomo del semental.
El animal estaba exhausto de rabia, pero no se rendía.
Dio un salto mortal hacia adelante, cayendo con fuerza sobre sus cuatro patas, un movimiento diseñado para romper la columna del jinete.
Julián sintió un crujido en su espalda, un dolor agudo que le nubló la vista.
Vio manchas negras. Sintió que el mundo se desvanecía.
«Suéltate», le decía una voz en su cabeza. «Ya es suficiente».
Pero entonces, a través de la neblina del dolor, vio el vestido blanco de Mariana.
Vio la esperanza en sus ojos.
Cincuenta segundos.
Don Ramiro estaba pálido. Su reloj de oro brillaba bajo el sol poniente, marcando el fin de su poder.
—¡Tíralo! ¡Tíralo, maldita bestia! —susurró el patrón, sus palabras cargadas de un odio que ya no podía ocultar.
Pero Julián ya no estaba peleando contra el caballo.
En esos últimos segundos, algo cambió.
Julián dejó de tirar de la soga.
Envolvió sus brazos alrededor del cuello del animal y apoyó su mejilla contra la piel caliente y húmeda del semental.
—Por favor… —susurró contra la oreja de la bestia—. Solo diez segundos más. Por ella.
El caballo, inexplicablemente, dejó de corcovear.
Se quedó quieto en el centro del corral, respirando agitadamente, con las patas temblando por el esfuerzo.
El silencio que siguió fue más fuerte que los gritos de antes.
Cincuenta y siete… cincuenta y ocho… cincuenta y nueve…
—¡TIEMPO! —gritó Esteban con una voz que tronó en todo el valle.
Julián se deslizó suavemente del lomo del animal.
Sus piernas fallaron y cayó al suelo, pero se mantuvo consciente.
«El Azabache» no lo atacó. El animal simplemente se alejó unos pasos y lo miró con un respeto que ningún humano le había dado antes.
Julián levantó la mirada hacia el palco improvisado de Don Ramiro.
El joven estaba cubierto de polvo, sangre y sudor, pero sus ojos brillaban con la luz de la victoria.
—He cumplido, patrón —dijo Julián, con la voz rota—. Ahora, cumpla usted.
Don Ramiro se quedó paralizado. La humillación era total.
Todos los invitados lo miraban, esperando. Los peones, los amigos, la familia.
El patrón bajó la mirada hacia el papel que tenía en la mano, las escrituras que había traído para burlarse y que ahora eran la sentencia de su propia derrota.
Pero Don Ramiro no era un hombre que supiera perder con gracia.
Sus dedos se cerraron sobre el papel, arrugándolo.
—¿Crees que un minuto de suerte te hace un hombre digno? —dijo Don Ramiro, su voz temblando de furia contenida—. Esto fue un truco. Usaste alguna droga, algún hechizo…
Un murmullo de indignación recorrió a la multitud.
—¡Él ganó legalmente, papá! —gritó Mariana, corriendo hacia el corral—. ¡Todos lo vimos!
Don Ramiro saltó la valla, entrando al corral, pero no para felicitar a Julián.
Se acercó a él con la mano alzada, dispuesto a golpearlo, a borrar esa mirada de triunfo de su rostro.
Pero algo se interpuso en su camino.
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