Continuamos con la historia justo donde la dejamos, en el momento en que la traición se encuentra con la justicia silenciosa…
A las tres de la mañana, el sonido de la llave en la cerradura despertó a Elena. No se sobresaltó. Había estado esperando ese sonido. Escuchó los pasos pesados de Ricardo, que intentaba caminar de puntillas para no despertarla, un gesto de «consideración» que le pareció nauseabundo.
Él entró en la habitación, se desvistió en la oscuridad y se deslizó entre las sábanas. Elena sintió el olor a tabaco y a ese perfume floral que no era el suyo. Sintió cómo él se acomodaba, soltando un suspiro de satisfacción. Ricardo estiró la mano y tocó el hombro de Elena, una caricia rápida, casi mecánica.
—¿Estás despierta, mi amor? —susurró él con voz ronca. —Mmm… —fingió ella, con la voz pastosa por el supuesto sueño—. ¿Llegaste recién? —Sí, el cierre se complicó más de lo esperado. Esos auditores son unos buitres. Pero todo salió bien. Mañana seremos un poco más ricos, te lo prometo.
Elena sintió un nudo de asco en la garganta. «Mañana seremos un poco más ricos», repitió en su mente. Qué ironía. Se dio la vuelta, dándole la espalda, y cerró los ojos con fuerza.
—Me alegro por ti, Ricardo. Descansa. Te lo mereces.
Él se quedó dormido en cuestión de minutos, roncando con la tranquilidad de un hombre que no tiene conciencia. Elena, por el contrario, se quedó mirando la penumbra, contando los minutos para que amaneciera.
A las siete de la mañana, el despertador sonó. Ricardo se levantó de un salto, lleno de energía. Se duchó silbando una melodía alegre, se puso su mejor traje y se miró al espejo con orgullo.
—Elena, ¿has visto mis gemelos de plata? Los que me regalaste el año pasado —preguntó él desde el vestidor. —Están en la cajita de terciopelo, donde siempre, Ricardo —respondió ella desde la cocina, mientras preparaba un café negro y fuerte.
Él salió a la cocina, radiante. Se acercó a ella para darle un beso de despedida, pero Elena se giró justo a tiempo para que el beso cayera en su mejilla.
—¿Pasa algo? —preguntó él, extrañado por la frialdad. —Solo tengo un poco de dolor de cabeza. Ve, no quiero que llegues tarde a tu gran reunión.
Ricardo le guiñó un ojo, tomó su maletín y salió de la casa, convencido de que aquel sería el día más importante de su carrera. No sabía que, mientras él bajaba por el ascensor, Elena ya estaba al teléfono con el cerrajero.
—Cámbialas todas —dijo ella con voz gélida—. Y quiero a dos guardias de seguridad en la puerta principal a partir de las once de la mañana.
Elena se vistió con un traje sastre color azul medianoche, se puso sus tacones más altos y salió hacia el despacho de su abogado. El camino fue una neblina de pensamientos. Recordó el día de su boda, las promesas de «en las buenas y en las malas», y cómo ella había sacrificado su propia carrera para que él pudiera brillar. Había sido su contadora, su estratega, su apoyo emocional y su refugio. Y él le había pagado con una mancha de lápiz labial y mentiras baratas.
Al llegar a la oficina del abogado, el Dr. Santillán, este la recibió con una expresión de respeto y cierta pena.
—Elena, ¿estás segura de esto? Una vez que presentemos estos documentos, no hay vuelta atrás. Ricardo no solo perderá el control de la empresa, sino que podría enfrentar cargos por evasión fiscal si el socio principal decide denunciarlo.
Elena se sentó, cruzó las piernas y miró al abogado a los ojos.
—Él tomó su decisión hace mucho tiempo, doctor. Yo solo estoy tomando la mía. Él pensó que yo era el adorno de su casa, la mujer que no entiende de números ni de leyes. Es hora de recordarle quién construyó el imperio que él tanto presume.
Mientras tanto, en la imponente sala de juntas de la firma aliada, Ricardo esperaba ansioso. Sus socios potenciales, hombres de negocios con rostros de piedra, entraron a la sala. Pero no traían el contrato de licitación en las manos. Traían una tablet y una carpeta con el logotipo de la empresa de Ricardo.
—¿Algún problema, caballeros? —preguntó Ricardo, tratando de mantener su sonrisa de vendedor. —Tenemos un problema grave, Ricardo —dijo el socio principal, un hombre mayor llamado Don Aurelio—. Recibimos una información anónima esta mañana. Una serie de correos que detallan movimientos de fondos no declarados a una cuenta en las Islas Caimán. Una cuenta a tu nombre.
El color desapareció del rostro de Ricardo. Su corazón empezó a latir con una fuerza que amenazaba con romperle las costillas.
—Eso… eso debe ser un error. Una confusión —tartamudeó—. Mi esposa lleva la contabilidad, ella nunca permitiría… —Tu esposa —lo interrumpió Don Aurelio con desprecio— es precisamente quien figura como la única propietaria legal de los activos principales de tu empresa según los anexos que nos enviaron. Tú solo eres un administrador con poderes limitados que, por lo que vemos, has estado abusando de tu posición.
Ricardo sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—No, no entienden. Elena no sabe nada de esto. Ella es… ella es solo una ama de casa.
—Pues parece que tu «ama de casa» es mucho más inteligente de lo que crees —dijo Don Aurelio, levantándose—. La licitación queda cancelada. Y te sugiero que busques un buen abogado penalista, porque vamos a auditar cada centavo que pasó por nuestras manos.
Ricardo salió de la oficina como un alma en pena. Sus manos temblaban tanto que apenas pudo sacar las llaves del auto. Llamó a Elena una, dos, diez veces. Ella no respondió.
Desesperado, condujo hacia su «refugio», el loft donde se encontraba con Catalina. Necesitaba consuelo, necesitaba que alguien le dijera que todo saldría bien. Pero al llegar y abrir la puerta, se encontró con una escena que terminó de romperlo.
Catalina estaba empacando sus cosas. Pero no eran solo sus cosas. Estaba guardando en una maleta el reloj de oro de Ricardo, su colección de monedas antiguas y hasta los perfumes caros que él le había regalado.
—¿Qué haces? —gritó Ricardo, entrando en la habitación. —¡Ay, Ricardo! No me asustes —dijo ella, sin dejar de empacar—. Me llamó una mujer hoy. Una tal Elena. Me dijo que te habías quedado en la calle y que este apartamento ya no te pertenece. Que vendrían a desalojar en una hora. —¿Y por eso me robas? —preguntó él, incrédulo. —No te robo, querido. Cobro mis servicios por adelantado. Ya sé que no vas a tener ni para el taxi mañana.
Catalina le lanzó una mirada de desprecio, cerró su maleta y pasó por su lado golpeándole el hombro.
—Fue bueno mientras duró el dinero, «tigre». Pero yo no estoy para perdedores.
Ricardo se desplomó en el suelo del loft vacío. El silencio era ensordecedor. Por primera vez en su vida, se dio cuenta de la magnitud de su estupidez. Había cambiado una corona de diamantes por un trozo de vidrio barato, y ahora no tenía ninguna de las dos.
Pero aún le quedaba la casa. Su casa. Seguramente Elena estaría allí, llorando, esperándolo para una confrontación. Él podría convencerla. Siempre lo hacía. Usaría su encanto, le pediría perdón de rodillas, le diría que Catalina fue un error pasajero.
Con esa última esperanza, Ricardo manejó de regreso a su hogar. Al llegar, intentó meter la llave en la cerradura, pero la llave no giraba. Lo intentó una y otra vez, con una desesperación creciente.
—¡Elena! ¡Abre la puerta! —gritó, golpeando la madera con los puños—. ¡Elena, sé que estás ahí!
La puerta se abrió apenas unos centímetros, sujeta por una cadena de seguridad. Pero no fue Elena quien apareció. Fue un hombre de uniforme, un guardia de seguridad privado con cara de pocos amigos.
—El señor Ricardo, supongo —dijo el guardia con voz monótona. —¿Quién es usted? ¡Quítese de mi casa! —rugió Ricardo. —Esta ya no es su casa, señor. Aquí tengo una orden de restricción temporal y los documentos que acreditan a la señora Elena como única titular de la propiedad. Sus pertenencias personales están en esas tres cajas de cartón en la acera.
Ricardo miró hacia la calle. Allí, junto al contenedor de basura, había tres cajas rotas con su ropa, sus zapatos y sus libros. En ese momento, una ventana del segundo piso se abrió.
Elena se asomó. Estaba impecable, con una copa en la mano y una expresión de serenidad que a Ricardo le dio más miedo que cualquier grito.
—¿Elena? ¡Mi amor, por favor! —suplicó él desde la acera—. ¡Hablemos! ¡Fue un error! ¡Esa mujer no significa nada!
Elena lo miró desde arriba, como quien mira a un insecto curioso en el jardín.
—Lo sé, Ricardo. Sé que no significa nada. Lo que me duele es que tú pensaste que yo no significaba nada. Pensaste que podías entrar en mi casa con el olor de otra mujer y que yo sería demasiado tonta para notarlo.
—¡Perdóname! ¡Podemos arreglarlo!
—Ya está arreglado, Ricardo —dijo ella, con una voz que cortaba el aire—. Mañana recibes la demanda de divorcio. Y por cierto… gracias por dejar que te acomodara el cuello de la camisa ayer. Fue el último servicio que te presté. La próxima vez que necesites que alguien te arregle la ropa, espero que Catalina sea mejor que yo. Ah, no, espera… ella ya se fue, ¿verdad?
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